Cómic
Joaquín López Cruces, Enrique Bonet y ‘El otro mundo’
Verano de 1933. Un reducido grupo de estudiantes y maestros llega a Neveros, una remota aldea de la Alpujarra, enviados por el gobierno de la Segunda República para desarrollar allí uno de sus proyectos culturales más ambiciosos: las Misiones Pedagógicas, con las que quiere hacer llegar a los campesinos un inmenso patrimonio cultural al que nunca han tenido acceso -la música, el teatro, la poesía, el arte…-. En sesiones cargadas de magia, les descubrirán el cine y sus asombrosas proyecciones; les ofrecerán charlas sobre sus derechos y deberes como ciudadanos de la República, y les dejarán el rastro imperecedero de una biblioteca de libros y discos de pizarra. Con mucho esfuerzo, los viajeros se irán ganando la complicidad y el entusiasmo de los aldeanos, especialmente de los niños; pero también la hostilidad y la desconfianza de quienes ven amenazadas sus ideas, sus creencias y sus formas tradicionales de vida…

‘El otro mundo’, editado por Astiberri, se inspira en la experiencia real de la Misión Pedagógica desarrollada en varios pueblos de la Alpujarra granadina en agosto de 1933, entre cuyos miembros se encontraban el cineasta José Val del Omar y el escritor y poeta Antonio Sánchez Barbudo. Enrique Bonet y Joaquín López Cruces indagan en los efectos del choque cultural entre dos mundos que siempre se habían dado la espalda, y en el enfrentamiento entre los anhelos de transformación social y la feroz resistencia al cambio y la pérdida de privilegios. Con ellos hablamos una mañana, en una cafetería junto al Arco de Elvira, en Granada, en una cafetería con libros que gestiona una familia gazatí. En las siguientes líneas tenéis algunas pinceladas y reflexiones alrededor de este trabajo.
¿Cuántos encuentros como este, aunque solo entre los dos, ha habido? “Alguna que otra, pero también muchas digitales, evidentemente, con mucho WhatsApp y mucho correo electrónico”, comenta Enrique Bonet. “Recuerdo que tuvimos la primera reunión, eso ya lo hemos contado varias veces, y esto fue por culpa de Munuera, fue el que nos lió. Fue en una reunión con varios dibujantes y cerveza -continúa Joaquín López Cruces-. Llevaba tiempo queriendo hacer un cómic largo, porque desde el primero que hice, hace más de 30 años, solo había hecho cosas más pequeñitas. Tenía mi propio proyecto, pero nada, eso de trabajar en solitario es muy complicado. Y fue Munuera el que me dijo que Enrique tenía un proyecto muy interesante”.
‘Le pedí a Enrique que me contara, pero me extrañó también un poco, porque siendo dibujante, y le dije: “¿no lo quieres hacer tú?” Y me dijo, no, no, estupendo”. “Yo llevaba tiempo dándole vueltas a la cabeza, con esta idea, con este proyecto de las misiones. Llevaba casi un año reuniendo documentación, pero no arrancaba con el guión”, apunta Enrique. “Si lo dibujas tú, no me lo pienso.Porque Joaquín, él lo sabe, ha sido uno de mis referentes o de mis maestros”.

¿El proceso de documentación? Enrique Bonet: “Yo había reunido mucha documentación escrita, empecé a informarme sobre las misiones, porque en internet había muchísima información, muchos artículos, y luego un libro que fue la fuente fundamental de información, tanto para mí como para Joaquín, que es un catálogo de una exposición que hizo la Residencia de Estudiantes hacia 2006, muy rico en imágenes y fotos. Es un libro muy bien editado. Fue un incentivo también para empezar a meterme en el mundo gráfico. Porque a mí esta idea surge gráficamente. La primera idea fue viendo imágenes que encontré por casualidad, y vi las primeras imágenes de un pequeño documental rodado por Val del Omar. Y esas primeras imágenes fueron las que me abrieron la pista y lo que me motivó a hacer la historia”.
“También unida al tema de la Alpujarra -continúa Joaquín López Cruces-, que es un mundo que conozco bastante. He ido muchas veces y me parece también muy sugerente para dibujarlo”. En este momento comentamos cómo se refleja la singularidad de esta comarca granadina en una doble página, en la que Joaquín nos traslada casi a vista de pájaro a la plaza del pueblo… “Sí, eso fue gracioso, hacer la doble página fue una sugerencia de un amigo, de Javier de Isusi, el dibujante. Le enseñé las páginas que llevaba, y esa ilustración era una media página. Y me dijo, “estás loco, ponlo más grande, eso merece más”. Entonces, empecé a pensar, hice la prueba, y claro, tenía razón. Pero eso me obligó a retroceder, para que eso fuera una doble página, tuve que volver al principio y rehacer muchas cosas. Pero se lo agradezco, porque es una doble página que le gusta mucho a la gente. Además al lector le ayuda a descansar un poco, a situarse, a entender ese momento, hay como un cambio de ritmo, narrativamente funciona muy bien”.

Una de las esencias de la historia es ese momento previo a la Guerra Civil, en el que ya algo se palpa en el ambiente. “Realmente el objetivo de la historia es contar ese momento en el que ya la gente no se ponía de acuerdo, la gente no hablaba, sino que empezaba a haber un enfrentamiento en el que el diálogo parece que era imposible”, señala Enrique Bonet. Y, claro, el papel de las misiones era todo lo contrario, era la idea de llevar la cultura, el diálogo, la razón, de extenderla a todos los rincones, y te encuentras con esa realidad donde el país ya empezaba a estar dividido y partido. Que, además, tiene unas lecturas muy contemporáneas también, desgraciadamente. Quizás no era la intención, alprincipio, no teníamos esa idea, pero luego te das cuenta de que estamos casi reflejando un momento”.
“Una cosa que me ha gustado mucho, a la hora de todo el desarrollo del libro, es que muchas de las cosas que han ido ocurriendo con el libro han sido, no digo casuales, sino que la propia estructura de la historia, los propios elementos que Joaquín iba aportando, van construyendo la historia. Al final, es todo como muy orgánico”.

“No había cosas premeditadas, sino que han sido hallazgos que hemos ido encontrando, conforme el guión se iba construyendo y la historia iba creciendo también gráficamente. Aparte que yo he hecho una cosa que creo que no hay que hacer, que es que lo he dibujado por orden y página por página, y la primera parte incluso sin que se hubiera acabado el guión. Por eso, quizás, tiene ese aspecto orgánico, que ha ido desarrollándose”, indica Joaquín López Cruces.
“Él me ha sugerido cambios de dibujo, yo le he sugerido cambios de guión… Yo tenía una estructura básica desde el principio, que fueran tres días, tres actos, sabía cómo empezaba, cómo acababa, sabía más o menos lo que pasaba en medio, pero el desarrollo de todo eso lo fui desgranando poco a poco. Lo del color, también fue surgiendo. Me gustó mucho cuando Álex Romero dijo que parecía hecho por una sola persona, lo lees y no se nota que hay dos autores, y eso me encanta porque yo también lo veo así, y además pienso que esa es la magia de trabajar con alguien”.

Después hablaremos un poco más del uso del color, pero me gustaría también que habláramos de la figura del maestro. “Hay una frase cuando llegan al pueblo y los recibe el maestro, es el que recibe a la misión, porque las autoridades estaban en otras cosas, y uno de los componentes de la misión dice: “nadie mejor que un maestro para representar a la República”. Creo que esa es una de las claves también de la historia, el papel que hizo la República en ese sentido”, nos comenta Enrique Bonet. “Era un apoyo, todo ese suministro de libros, era para apoyar a la escuela y al maestro, para que tuviera herramientas. Las misiones, yo las veía como una extensión de la escuela pública, de ese intento que hizo la República y en el que invirtió muchísimo esfuerzo en dignificar el papel de los maestros, en crear escuelas, y que esas escuelas enseñaran de una determinada manera. Y las misiones eran un poco una extensión de esa política”.

“A mí lo que me gustaba de los proyectos de las misiones, entre otros, como el de La Barraca, que es más conocido, es que éste era un plan sistemático y un plan muy bien pensado, muy bien programado, muy planificado, y con una intención a muy largo plazo -continúa Enrique-. Lo que siempre pedimos en las políticas culturales, que no se suele hacer, aquí era una cosa muy a largo plazo, sabiendo que esto no iba a dar un resultado inmediato. Eran semillas. Y lo que contamos nosotros, la misión ha pasado por ese pueblo, ha dejado una semilla, y algo va a pasar ahí, personificado en esta niña, en Lucía, lo que recibe, pero no solo ella, porque el resto de los niños también, al final cambia su vida”.

Vamos con el color, que lo marcan la niña, Lucía, el pelo de María y el fantasma… “Es como una V, porque es Lucía la que se relaciona con las otras dos -nos cuenta Joaquín López Cruces-. Fíjate que ni siquiera en el guión estaba eso, tampoco son exactamente protagonistas, porque María es una más de las misiones. Pero a mí me gustó, ya que teníamos una pelirroja, que es la que da ese color rojo, unirla con las otras, me parecía que era interesante. Al principio, yo pensaba hacerlo en blanco y negro, pero claro, una pelirroja en blanco y negro, cómo se indica, cómo se cuenta, es relevante que sea pelirroja, porque también añade ese punto de extrañeza a los lugareños… Pensé hacerla a dos tintas, hice bastantes pruebas, a ver cómo quedaba, pero en el fondo era como un reto para mí, porque siempre he sido más dibujante de líneas, de blanco y negro. Al final me obligué a trabajar con una paleta pequeña. Que no fuera blanco y negro, pero mitigarlo de manera que el rojo destacara”.

¿Y las técnicas? “Hice bocetos a lápiz, pero en una libreta aparte, y luego las páginas están dibujadas directamente en un iPad. A veces fotografiaba los bocetos con el mismo iPad o escaneaba alguna cosa, si lo tenía muy trabajado prefería escanearlo y lo calcaba”, afirma Joaquín López Cruces.
¿Y el fantasma? “Bueno, esta es una historia de ficción, estamos fabulando, estamos en un mundo donde se van a mezclar elementos mágicos con elementos reales y quería jugar desde el principio en ese terreno, no de la fantasía, pero sí donde, como fabulador, nos permitía hacer cualquier otra cosa. Y si conseguíamos que el lector ya desde el principio entrara en ese juego, pues ya eso nos daba una herramienta. Tenía claro desde el principio que quería mezclar el tema de la magia, quería que aparecieran elementos mágicos y en la Alpujarra eso también estaba muy presente”, asegura Enrique Bonet. “Y en ese mundo pensé rápidamente en este fantasma, que nos permitía, por un lado, tener el contacto con la niña, como la niña era muda, la niña no hablaba, el único personaje con el que mantiene cierto diálogo es con este fantasma, aunque ella no habla, pero hay un diálogo entre las dos, y permitía introducir esas pinceladas de lo que está por venir, del futuro y también esa referencia al pasado sangriento de la Alpujarra. Con todas esas claves se va construyendo ese personaje. Y luego la aportación de Joaquín, que fue fundamental, a la hora de darle forma a ese fantasma, que yo lo había imaginado de una manera totalmente distinta…”.

“Yo, en vez de poner a una señora andando, la envolví en sudarios, me documenté en esculturas griegas, porque era lo que me sugería a mí alguien envuelto así, en vendas, no iba a poner a la momia, pero tampoco a una señora muy bien arreglada. Esta mujer se ha despertado, la han sacado de ahí, pues estará envuelta así… Y luego, no sé, la primera vez que la puse andando, la subí unos centímetros por encima del suelo, y ya la hice que volara y todo. Pero yo pienso que sí, que si eres un fantasma, qué menos que puedas volar, no tienes esas limitaciones que tenemos en vida”, sonríe Joaquín López Cruces.
‘El otro mundo’ cuenta además con un sugerente apéndice de 16 páginas escrito por Enrique Bonet, que incluye diverso material gráfico y ubica lo que fueron las Misiones Pedagógicas que se desarrollaron en la Segunda República española. Un extra sobre el qué, y el quién es quién de aquel proyecto de promoción de la cultura que llegó a miles de pueblos y aldeas de España y que se desmanteló con la instauración de la dictadura franquista al fin de la guerra civil. También en esta parte del libro podemos disfrutar de los bocetos de Joaquín… “Tenía claro que quería meter algún tipo de complemento, de contextualización de las misiones -afirma Enrique Bonet-. Porque eso me permitía, también, no tener que explicar cosas en el tebeo. Habrá gente que se lea esto y quiera saber algo más, pero no se lo voy a contar en la historia”.


“La mayoría de bocetos son de la libreta, claro. Así es como yo trabajo, subo aquí las paginitas que hago antes de meterme en faena. Primero los hago sin páginas ni nada para ver si funciona la lectura de las viñetas, luego ver cómo encajan en la página… Tiene una parte que siempre es más rica el boceto”, añade Joaquín López Cruces.
Cómic
Antonio J. Jiménez y el miedo a las bombas literales y metafóricas
La vida de varios personajes se cruza un día cualquiera, un 22 de marzo, en el que, como en todos, el sol viene por el este y, antes de que se vaya por el oeste, habrá quien se enamore, quien pierda a un amigo, quien cuide de su madre enferma, quien nazca, quien llegue al trabajo tarde y cansado de todo. Un día en el que todo puede cambiar, mientras en otro lugar (siempre en otro lugar), las bombas caen, y el fin del mundo parece posible. Mientras los medios de comunicación informan de los conflictos que asolan medio mundo, varios personajes nos muestran cortes de su cotidianeidad: sus trabajos, sus relaciones sociales, sus desamores. En el futuro, en forma de un magistral prólogo, la amenaza se materializa en forma de bombas cayendo y vidas en peligro. El fin del mundo que nadie quiere ver.
Cada capítulo de ‘Viene del Este’ recorre las 24 horas del día y aborda una problemática contemporánea: el individualismo; la ceguera mental; la enajenación que provocan las nuevas tecnologías; la percepción selectiva. Mecanismos de evasión para seguir con la vida. De este cómic hablamos con su autor, Antonio J. Jiménez.

Lo primero, cuéntanos cómo nace este proyecto. “La forma primigenia de este proyecto era la de una recopilación de las distintas historias cortas que había ido dibujando desde que empecé a hacer cómics. Muy pronto, debido a mis propias inquietudes, esto derivó en algo mayor: el contar un día completo en una ciudad indeterminada, a través de las rutinas entrelazadas de sus habitantes. Este escenario común, temporal y físico, me permitía añadir muchas más capas de información a las tramas básicas de esas historias que ya tenía dibujadas. Además, al entrecruzarlas, todas se enriquecían recíprocamente”.
¿Qué encontrarán los lectores en las páginas de este libro? “Salvando las distancias, un espejo de la sociedad actual, con sus defectos y sus virtudes. Condensado, como decía antes, en el paso de un día completo en una ciudad occidental. Creo que en función del diálogo que el lector mantenga con el libro, el reflejo de ese espejo será más fidedigno o distorsionado”, afirma Antonio J. Jiménez.
Actualmente y desde hace, por desgracia, bastante tiempo, ese sonido de bombas se escucha en muchos puntos del mundo. ¿Cómo influye todo eso también en este cómic? “Vivimos tan sobreinformados que cada vez es más difícil hacernos reaccionar. Las palabras se repiten hasta el punto que han perdido su significado, como dice el prólogo. Estamos insensibilizados. Parte de este libro se ha construido a partir del miedo a las bombas literales y metafóricas de las que nos advierten constantemente; pero también a partir de la reflexión sobre la indiferencia que hay cuando las bombas no caen sobre nuestras propias cabezas”.
Todo esto se refleja también en tu trabajo de una forma singular, por ejemplo con las noticias de la radio que en el cómic se convierten en frases que atraviesan las viñetas… Háblanos un poco de este recurso. “Hilando con la pregunta anterior, el contexto informativo de aquel día concreto fue vital en mi proceso creativo. Las noticias que podemos ver de fondo en las historias no alteran las tramas de los personajes, pero sí provocan un runrun de fondo, que pretende trastocar el cómo el lector se relaciona con el libro -continúa Antonio J. Jiménez-. Como en nuestro día a día: puede que nuestra rutina sea la misma hoy que dentro de tres semanas, lo que cambia de ese día es el cómo percibimos la realidad del mundo a través de los móviles, noticias, informativos, publicidad, etc.”

¿Cómo fue el trabajo previo al libro? Me refiero a esa fase de investigación, de documentación, de pruebas, no sé si de dibujos en algún cuaderno… “Como dije al principio, algunos de los capítulos ya estaban dibujados como historias cortas. Una vez que decidí que quería que todas formaran parte de algo mayor, empezó una revisión y reestructuración de estas, manteniendo la esencia original de cada una. Esta revisión incluyó una sincronización de todas en el tiempo, junto con algunas nuevas que terminaron de hilarlo todo. Con un guión más o menos armado, elegí el día en el que sucedería la historia: el 22 de marzo de 2024. En este se daban varias condiciones que me resultaban evocadoras. Así, recopilé toda la información que pude sobre los eventos que discurrieron por aquellas 24 horas. Y con todo esto, empecé a dibujar. Finalmente en la novela gráfica ha acabado entrando una pequeña parte de todo lo recopilado, pero creo que a mí, a nivel vital, me influenció en mi proceso creativo. De algún modo mitifiqué el día”.
¿Qué dirías que ha sido lo más difícil a la hora de acercarse a este proyecto? “La propia constancia que supone hacer algo largo. El sacar tiempo y dedicación para ver cómo avanza muy poco a poco. Sacar adelante un proyecto así me ha hecho relacionarme con él de una manera, en ocasiones, obsesiva. Llegue exhausto al final del proceso”, confiesa Antonio J. Jiménez.

¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? ¿Qué hay de nuevo o diferente con respecto a otros trabajos? “Creo que este libro me ha servido para terminar de definir mi propia voz. A nivel artístico siempre he tenido el mismo estilo, pero aquí he podido experimentar con muchos tipos de composiciones de página, microcambios estilísticos, uso del color o calidad de línea. Además de definir el cómo se pueden contar infinidad de cosas a través de una escena aparentemente cotidiana”.
Una de las cosas que más nos llaman la atención y también más nos gustan es ese salirse de la viñeta tradicional, hay muchas páginas que son una sorpresa, pueden ser los planos cenitales siguiendo los pasos de algún personaje, los sonidos, los tamaños cambiantes de las viñetas, bocadillos que se cortan, los mensajes de WhatsApp,… danos algunas pinceladas de estos recursos. “La idea formal de la que parte el libro es que cada historia jugara con una estructura básica de viñetas, que fuera distinta entre ellas, en función de cómo se percibía el paso del tiempo en cada rutina. Esta estructura la rompo siempre que es necesario, a favor de la narración. De ahí que haya ciertas sorpresas para el lector, como las que comentas. Del mismo modo, quería que el libro reflejara esa sobreestimulación en la que estamos inmersos, ese querer profundizar en algo que nos ha llamado la atención, pero perder el hilo de pensamiento porque un nuevo estímulo nos llega por otro lado”, nos cuenta Antonio J. Jiménez.

Y otro recurso son esos cuadrados que te llevan como a otra escena, a otro espacio, a otra historia… “Ese recurso es algo que me sale de manera muy natural. Es un modo de hacer una descomposición más detallada del tiempo o de un espacio, contando varias cosas en paralelo, algo que solo permite el cómic. Volviendo a esa sobreestimulación de la que hablaba antes, este recurso podría ser una síntesis de cómo percibimos la realidad actualmente, con capas y capas de información”.
Y las páginas de la librería… juegas con la distribución de la página y con portadas de otros cómics y libros que esbozas, podríamos decir, pero que son identificables, al final parece que las viñetas son estanterías… Háblanos un poco de cómo se te ocurrió esta idea y del modo de resolverla… “Dicha doble página es una pincelada a la cantidad de novedades que salen hoy día, con una calidad indudable, y que a veces pasan desapercibidas por el ritmo de publicación frenético de algunas editoriales. El porqué están dibujadas así prefiero no revelarlo pues, por poco que el lector se fije en las páginas previas y posteriores, intuirá la razón. En general en el libro no hay ninguna decisión estilística y narrativa que no estén ahí sin una razón, descubrirlas es parte del juego que propongo, y de algún modo va en contra de ese consumo rápido en el que nos están domesticando. Aun así, siendo consciente de la realidad, intenté hacer un libro que fuera agradable desde su primera lectura”, asegura Antonio J. Jiménez.

¿Con qué técnicas trabajaste? “Debido a que viajo bastante y mi zona de trabajo suele cambiar constantemente, estoy acostumbrado a hacer todo en digital. Aunque, ya que al principio trabajaba en analógico, en mi método sigo las fases típicas del proceso de hacer un cómic: guión, storyboard, lápices, tinta y color. No obstante mantengo un diálogo bastante fluido entre todas estas partes, permitiéndome improvisar más o menos en función de cómo quiero contar cada página”
¿En qué trabajas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Actualmente he retomado la fase de investigación y guión de un proyecto que tenía a medias antes de embarcarme con ‘Viene del Este’. Puedo decir que está conectado con él y en algunos aspectos es su antítesis, pero está en una fase muy precoz como para dar más pistas. Todo ello lo estoy compaginando con diversos encargos de ilustración que voy recibiendo”.
Cómic
Javier de Isusi nos traslada a ‘El año en que fuimos reyes’
‘El año en que fuimos Reyes. Tomo 1’ es lo nuevo de Javier de Isusi, ganador del Premio Nacional del Cómic 2020 con La Divina Comedia de Oscar Wilde. Ya podemos leer el tomo 1 de este cómic que edita Astiberri. Es una historia ambiciosa que nos transporta a Babilô, una ciudad universitaria y efervescente, meca de la disciplina artística del Esquinismo y lugar de origen de revueltas sociales. Con Javier charlamos un poquito más sobre este proyecto.

¿Dónde está el embrión de toda esta historia, dónde está esa chispa que te hace empezar a trabajar en este proyecto? “Pues es una chispa múltiple, tiene varios orígenes, por eso es una historia con tantas capas. La primera chispa tuvo lugar hace 25 años, cuando yo era un estudiante que estaba haciendo el Erasmus. Fue un año muy especial, un año en el que yo también fui rey de alguna manera y en ese momento me surgió la idea de hacer alguna vez un cómic de lo que estaba pasando. Pero no lo hice porque no sabía cómo abordarlo, no soy muy de autobiografías”.
“Unos años después, hace 15 años, desarrollé un proyecto en el que contaba una revolución desde el punto de vista de unos estudiantes -continúa Javier de Isusi-. De alguna manera estaba queriendo vivir ese mayo del 68 que no me tocó. Presenté el proyecto a Astiberri, pero reconozco que no estaba muy bien armado y me lo rechazaron. Volví sobre él intentando darle una vuelta, pero ocurrió algo absolutamente inesperado: el movimiento del 15-M, que resultó ser tremendamente similar a lo que yo estaba imaginando para mi cómic. Recuerdo mi incredulidad al pasar por entre las carpas del 15-M, era como ver materializado lo que yo había inventado, pero mucho más interesante porque era real. Así que mi proyecto se fue al cajón. Ya no era necesario contarlo”.

“Ahora mismo me parece que vuelve a ser interesante, incluso necesario. En un momento dado se me ocurrió juntar esas dos historias de las que he hablado y otras que también me danzaban alrededor y así surgió esta historia con tantas capas… y tantas páginas”.
¿Qué se van a encontrar los lectores que empiecen a pasar las páginas de este cómic? “A mí me gustaría que vivan, en unas páginas, la experiencia de compartir piso con los cuatro protagonistas. Que se conviertan en el quinto inquilino del piso, podríamos decir”, asegura Javier de Isusi.
¿Tú compartirías piso con alguno de ellos? “Con los cuatro. De hecho, es un poco lo que estoy haciendo. Cuando haces una historia de alguna manera la estás viviendo. Y llevo aquí metido en el piso con ellos ya como mínimo dos o tres años”.
Y sigues con ellos, porque claro, este es el tomo 1, imagino que estás trabajando en el segundo… Estoy en el segundo. Y sí, sigo con ellos”.

Javier, hay mucho de arquitectura también en este libro. Ese concepto de ciudad y Bilbao tiene mucho que ver también, ¿no? “Sí, ya en el propio nombre de Babilô están las letras de Bilbao cambiadas de orden, es una especie de Bilbao de otra dimensión. Aquí desarrollo otra de las ideas que tenía en la cabeza, que era hacer una ciudad que podría ser la Bilbao que nunca existió. En Babilô lo que he hecho ha sido poner edificios que se proyectaron para Bilbao, pero no se hicieron, o edificios que sí se hicieron, pero se derribaron. Incluso planes urbanísticos que se diseñaron, pero que no se llevaron a cabo. Lo que hago es jugar con esa ciudad que es mi ciudad, donde nací y crecí, pero como si nos la encontráramos en una dimensión paralela: se parece mucho a Bilbao, pero es distinta. También tiene cosas de Lisboa, de Praga, de Roma incluso. Aquí me he permitido sacar mi vena más arquitectónica; yo estudié arquitectura, pero no ejercí apenas la profesión.

En el cómic se habla del Esquinismo. Uno de los ejercicios que hacen los estudiantes es buscar figuras en la forma de los edificios. No sé si tú eras de esos que veías figuras en las nubes, en las montañas… “Sí, la verdad que sí. No es que haya sido un virtuoso encontrando formas, conozco a gente que se le da mucho mejor que a mí, pero me parece divertido encontrar figuras en las montañas, en las rocas, en todo. Pero el concepto de Esquinismo, en realidad, no lo inventé yo, sino que lo saqué de un relato de la escritora mexicana Laia Jufresa, a la cual homenajeo: la única profesora interesante de la facultad de Esquinismo del cómic se llama Laia. Tengo una relación especial con este relato suyo de “El esquinista”. Le pedí permiso para usarlo y ella accedió entusiasmada. Todos los fragmentos en los que mi personaje Maesa Laia habla del Esquinismo y de la historia del Esquinismo, están sacados de su relato”.
Si hablamos un poquito del dibujo, ¿qué hay de diferente con respecto a otros trabajos anteriores, Javier? “Es el primero en el que yo hago bitono, en este caso negro y amarillo. En otros cómics también he utilizado solo dos colores, pero, al final, aunque yo usara solo dos tintas, se mezclaban y daban otros tonos, por lo cual la impresión era en cuatricomía. Pero este es bitono estricto y eso le da un aspecto diferente a otros cómics que he hecho, es más… fuerte”, asegura Javier de Isusi.

¿Y por qué el amarillo, Javier? “Cuando me planteé el bitono, era por economía de tiempos, pensé que tardaría menos. Podía haberlo hecho en blanco y negro, pero me pedía algo más de luz; es una historia que para mí tiene mucha luz, de ahí el color amarillo. Y además la combinación de negro y amarillo es muy enérgica. Es un libro en el que hay mucha energía, hay luz, pero también hay sombras”.
¿Con qué técnica trabajaste en este proyecto? “Es básicamente la misma que he usado desde hace años: lápiz y acuarela. Es verdad que en cada uno de los libros lo hago de manera un pelín distinta, pero muy parecida, al fin y al cabo. Me gusta mucho trabajar con acuarela porque crea unas texturas que permiten que la acuarela trabaje un poco por mí”.
Cómic
Silvia Bezos nos sube al metro en ‘Manos de pobre’
De lunes a domingo, durante sus trayectos en metro, la protagonista de ‘Manos de pobre’ reflexiona sobre la desigualdad, el acceso al conocimiento y la cultura del esfuerzo, con un discurso cargado de humor y referencias pop que convergen en cómo las estructuras sociales moldean nuestras aspiraciones. Obra ganadora del Premio Aristas de Novela Gráfica PANG!, este cómic de Silvia Bezos está editado por la editorial Aristas Martínez. Con Silvia hemos charlado un poquito más sobre este proyecto.

¿Cómo nace este proyecto? “Cuando me da por un tema, puedo ser bastante obsesiva. “Manos de Pobre” nace de la necesidad de contarle al mundo mis reflexiones diarias en lo relativo a la diferencia de clase en un país como España y cómo esta afecta a todos los ámbitos de nuestra vida”.
¿Qué se van a encontrar los lectores en sus páginas? “El cómic nos adentra en los pensamientos de una mujer de origen humilde e intelectualmente inquieta a lo largo de siete viajes en Metro, uno por cada día de la semana -nos cuenta Silvia Bezos-. Sus pensamientos mundanos acabarán por derivar en un análisis subjetivo de los privilegios de clase. Durante este viaje veremos cómo se intercalan situaciones cotidianas, anécdotas, pensamientos banales y sesudas conclusiones con un toque cómico”.

¿Qué hay de Silvia en la protagonista de este cómic? “Para sorpresa de nadie, muchas. Las dos venimos de familias humildes, somos obsesivas, inquietas y detectamos patrones con facilidad. Ella quizás lo ha tenido un poco más jodido que yo. En el “espectro de la clase obrera”, ella está más cerca de la pobreza”, confiesa Silvia Bezos.
¿Qué ha supuesto el Premio Aristas? “Primero, un subidón de motivación. Las últimas 50 páginas, que eran las que faltaban por acabar cuando recibí el premio, las hice a la velocidad de la luz. Después, un reconocimiento que no esperaba, una sorpresa absoluta. Y por último, la confirmación de que soy autora de cómic, que es algo que aún me cuesta creer, pero me enorgullece muchísimo”.

¿Qué nos cuentas de las ilustraciones? ¿Qué dirías que tienen de característico? “Gráficamente destacaría la aparición de metáforas visuales para representar los pensamientos de la prota, la expresividad, los colores vivos y un leguaje diferencial entre la realidad y las reflexiones. Creo que acompañan bien el espíritu vibrante de la historieta”, asegura Silvia Bezos.

¿Con qué técnicas trabajaste? “Esto puede sorprender un poco, pero hice todo el cómic en Illustrator. Conozco muy bien la herramienta y, cuando lo empecé, estaba embarazada. Sabía que no iba a tener mucho tiempo entre criar, trabajar y la vida misma, así que me lo puse fácil. Está dibujado a mano con Cintiq, pero en Illustrator, que te permite aprovechar dibujos mucho más fácilmente que otras herramientas. Los primeros bocetos los hice a mano, pero enseguida cambié a digital”.

¿Qué has aprendido con este proyecto? “He aprendido a estructurar un batiburrillo enorme de ideas y a ser tenaz a la hora de sacar un proyecto ambicioso (y a priori no remunerado) adelante”.
Háblanos un poco del proceso de elaboración del libro. “Aunque venía del mundo del dibujo y la animación, necesité un empujón inicial. Para ello me apunté a un curso fantástico de novela gráfica de “Billar de Letras” en Madrid, con profes como Roberto Massó, Ana Penyas, Juan Berrio, José Robledo y Cristina Durán, entre otros. Fueron cuatro meses, si no recuerdo mal, pero suficiente para sentirme más preparada para afrontar un proyecto así. Después fue cuestión de organizarme. Primero las ideas y después el tiempo. He madrugado muchísimo durante años para sacar esto adelante”, afirma Silvia Bezos.

¿En qué andas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Sigo con mi trabajo en comunicación visual en ONU-Agua. Trabajo online para Ginebra y me siento súper privilegiada de usar mis habilidades gráficas para campañas como la del Día Mundial del Agua. Respecto a proyectos personales, tengo una idea de cómic que me ronda la cabeza desde hace un par de meses, y estoy deseando ponerme al lío”.
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