Entrevistas
Concha Pasamar nos habla de ‘Tiempo de otoño’
Tiempo de otoño es un álbum atemporal que recorre la belleza de los momentos aparentemente insignificantes y anima a vivirlos desde una mirada atenta al presente. Esa consciencia de lo pequeño que consigue suspender la fugacidad del instante se muestra aquí en un breve itinerario por los estímulos y sensaciones que la llegada del otoño provoca en la protagonista. Los cambios en el entorno y la naturaleza, que modifican también nuestras rutinas diarias, se presentan en un lenguaje poético, con ilustraciones en las que los colores se dosifican y acompañan un dibujo suelto y expresivo a carboncillo. La paleta cálida y la técnica natural refuerzan así el sentido de los textos que, sin mencionarlo, apuntan al hecho de que vivir es un recorrido en el tiempo. Este no es sino una sucesión de pequeños presentes llenos de sentido. Con estas palabras presenta la editorial Bookolia este álbum ilustrado, un trabajo de Concha Pasamar, con la que hemos charlado.

¿Cómo nace este proyecto? Concha Pasamar: “En esto ‘Tiempo de otoño’ no difiere de mi anterior libro como autora: surgió como trabajo personal del curso de álbum ilustrado de Marián Lario y, de hecho, es anterior a ‘Cuando mamá llevaba trenzas’, aunque se haya publicado más tarde. Pasó algo parecido en este caso: dejé preparado texto, storyboard, y algunas definitivas, y ahí quedó todo. La idea de “mover” el proyecto no era entonces prioritaria, y siempre tenía algo más entre manos que me justificaba en la postergación de la tarea de enviarlo a editoriales. En fin, el libro fue también fruto de un proceso de aprendizaje en el que elegí hablar de las sensaciones que esta estación produce y producía en mí. Me apeteció más emprender un álbum íntimo que fabular. Aunque hubo algunos ejercicios más propiamente narrativos e infantiles en aquel curso, elegí como asunto del álbum aquello de lo que me apetecía hablar en ese momento -era otoño, y el cambio me encanta, pero también me pone algo nostálgica-: los momentos sencillos, su belleza y su densidad”.
¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? “Creo que hallarán algunos puntos de conexión en aquello que experimentamos si vivimos en un entorno con estaciones bien marcadas, pero eso es tal vez lo más superficial. Creo que encontrarán, sobre todo, una llamada a vivir con atención al detalle, a dotar de intensidad a lo cotidiano. Esa intensidad, creo, puede compensar lo fugaz del paso del tiempo; al menos, a mí me permite prolongar el tiempo de otra manera, hacia el interior. Creo que el libro puede ser como un pellizquito para que uno se detenga más a menudo a disfrutar de una luz, una sensación, una compañía… Al parecer, encontrarán también algo de poesía en la combinación de imagen y texto, pero eso no lo he dicho yo 😉.”

¿Cómo son y cómo eran tus otoños? “Bueno, eran muy normales, en realidad -nos confiesa Concha Pasamar-. Como para todos, creo, suponían la vuelta a la rutina escolar, que nunca fue un motivo de tristeza para mí: se terminaban algunos privilegios del verano, pero llegaba el reencuentro con los amigos, los cuadernos nuevos, el frío en la cara, los colores cálidos, las salidas a buscar setas, el calor del hogar…; en fin, lo que aparece en el libro. Y no son muy diferentes ahora, la verdad: mi vida ha seguido siempre el ciclo escolar. Primero como alumna y luego como profesora, el año se renueva para mí al llegar el otoño (también literalmente, porque mi cumpleaños a menudo coincide exactamente con el equinoccio)”.
¿Qué fue lo más difícil en este proyecto? “Desde el punto de vista de la creación, no recuerdo que fuera un proyecto especialmente difícil de sacar adelante…No había ninguna presión y vi la forma que quería que tuviera enseguida. En el texto sí es cierto que hubo una reelaboración, porque primero hice una versión mucho más escueta, algo poética, pero más conceptual y por ello más opaca. Creo que fue bueno que Marián me señalara que podría ganar con mayor carga narrativa -aunque realmente tampoco hay mucha en la versión final-”.
¿Cómo estás llevando este último año extraño que hemos vivido y que seguimos viviendo? “Bueno, no puedo quejarme, porque he seguido trabajando; con cambios que requieren tiempo y esfuerzo, pero trabajando y en contacto también físico con los alumnos -nos cuenta Concha Pasamar-. Eso es mucho. También me ha acompañado hasta el momento la salud, a mí y a los míos. Y eso es muchísimo. Por lo demás, tengo la paradójica sensación de que el tiempo va a la vez despacio -no hay apenas hitos que despunten en las rutinas- y deprisa -¿ha transcurrido ya un año sin hacer nada especial en todo este tiempo?-. Siento que hay aspectos positivos, que me he refugiado aún más en lo sencillo y en la naturaleza, pero es inevitable el cansancio: echo de menos la compañía de muchas personas queridas, y la sensación de libertad. No es que quiera hacer nada demasiado especial -ahora mismo encuentro especial viajar a más de 50 km de mi casa, ver a mis amigos, asistir a un concierto, celebrar con la familia- ; pero sí me gustaría recuperar esa sensación de saber que si quisiera podría hacer todo eso, que ha ganado en significado, e incluso algo más”.

¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? Nos llama la atención también el uso del color que has hecho… ¿Con qué técnicas trabajaste? “Tal vez su naturalidad y su calidez, en varios sentidos. Creo que dibujé este libro de una manera muy intuitiva; cuando lo hice solo había hecho un curso breve de composición (era toda mi formación en ilustración) y no había abierto nunca un programa de ilustración digital -ni tenía intención de hacerlo, qué ilusa-. El carboncillo es un material que se ajusta bien a mi dibujo suelto, que permite rápidamente contrastes, que llena y que siempre me gustó (mi madre dibujaba con carboncillo a veces y lo probé muy pronto). Este álbum fue mi primer proyecto de ilustración, y me sentía más cómoda en una paleta limitada –sigo estándolo-, así que pensé que la calidez de la estación la podría poner el papel, la expresividad el trazo del carbón y los toques de color el pastel. Me costó mucho más dar con la forma para ‘Cuando mamá llevaba trenzas’. Digamos que en el uso del color me reconozco más aquí”.
¿Qué hay de diferente respecto a otros trabajos? “Realmente, no lo sé bien. Yo lo siento un trabajo muy muy mío –en la línea de ilustración que luego tuvieron también las imágenes de 9 Lunas (Poemas para esperarte), de Mar Benegas (Litera)-. Como cronológicamente es el primero y no pensaba tampoco en su publicación, desde mi perspectiva diría que lo que este álbum tiene de especial para mí es que fue un acercamiento totalmente libre y personal al género -afirma Concha Pasamar-. Desde ese mismo punto de vista, casi diría que los diferentes son algunos de los que vinieron después, aunque se publicaran antes, sobre todo aquellos en los que utilicé una paleta amplia y viva – digital o manual-. Si hablamos del álbum en su conjunto, podría decirse que tal vez sea más sensorial -aunque igual de íntimo- que ‘Cuando mamá llevaba trenzas’”.


Háblanos un poco del proceso de elaboración de este libro. “Como he comentado, seguí a rajatabla las pautas del curso de álbum durante unas semanas en las que estudié personaje y ambientes, hice y revisé el storyboard y llegué a terminar unas siete u ocho ilustraciones. Luego el libro quedó en barbecho y seguí con mis cosas”.
“Se lo mostré a Luis Larraza, de bookolia, si no recuerdo mal, mucho después, tras terminar ‘Cuando mamá llevaba trenzas’, y lo quiso publicar –tengo que agradecer esa confianza en estos álbumes de sensaciones-. Así que tuve que retomar las ilustraciones restantes varios años después (en otoño de 2019) -continúa Concha Pasamar-. Temí que mi manera de hacer hubiera cambiado, pero creo que el propio material me condujo enseguida al mismo trazo. Como ya todo estaba planteado, fue rápido –el material se presta también a ello, creo-. A continuación replanteé las guardas, la página de créditos/portada y la cubierta. Además, preparé numerosas sugerencias para enlazar la lectura y la experiencia, que están accesibles a través del QR de la cubierta.

¿Qué dirías que has aprendido con este proyecto? “Lo aprendí casi todo sobre la elaboración de un álbum en cuanto a su estructura y su proceso, también sobre el engarce de texto e imagen en el libro álbum”.
¿En qué estás trabajando ahora? “He entregado ya las ilustraciones para un álbum de Paula Merlán con Cuento de Luz y estoy terminando de dar forma con Luis Larraza, de bookolia, a un romancero de Paloma Díaz-Mas; ambos libros verán la luz a principios de este otoño. Dos trabajos muy ilusionantes y diferentes que me han hecho disfrutar mucho, de maneras muy distintas. También estoy en fase de documentación y planificación de un libro de no ficción para A Fin de Cuentos sobre un tema apasionante -tiene que ver precisamente con el poder transformador de la palabra escrita-, y retomando un proyecto precioso -ya encauzado- con texto de Pablo Echart, que saldrá con Triqueta en 2022”.
“Y sin preverlo, resulta que de otro curso fantástico de Marián Lario ha salido una nueva idea a la que he conseguido poner palabras y un primer storyboard, y parece que ya ha encontrado casa -afirma Concha Pasamar-. Voy escribiendo también otras cosas, sin prisa…Veo con claridad que, si se riega y se cultiva con constancia, la creatividad no deja de dar brotes, aunque haya estado en letargo mucho tiempo, como en mi caso”.
“Y recibo otras propuestas interesantes e ilusionantes, pero una llega a lo que llega y debo dosificar. Mi trabajo me impone muchas limitaciones porque la docencia y la investigación –actividades que tienen también sus dosis de creatividad- terminan siempre robando espacio al tiempo libre, especialmente en estos dos últimos cursos tan extraños y demandantes, así que iremos poco a poco con unas cosas y otras, porque sencillamente vivir también es importante”.
Cómic
Fran Mariscal une problemas sociales y fantasía en ‘Moribundo’
Novelista de terror en cierne, Egon trata de mantenerse a flote mientras su vida entera se va a pique. La causa de su caída se llama Liz Tombstone y es la única heredera del antiquísimo clan de vampiros que gobierna la localidad de Hollow Hill. Juntos, Liz y Egon han establecido una relación tóxica que solo puede conducir a un destino peor que la muerte. Fran Mariscal debuta con una historia angustiosa y sobrenatural a medio camino entre el horror y el delirio, una historia que expresa al mismo tiempo el miedo a la separación y la esperanza de construir una vida mejor. Norma Editorial publica este cómic. Sobre ‘Moribundo’ hablamos en las siguientes líneas con su autor.

¿Dónde está el origen de este proyecto? “Nace, precisamente, de una depresión que tuve a raíz de una ruptura de pareja que fue muy nociva, y que termina en una depresión. Estuve yendo a una psicóloga, con terapia, rodeado de la familia, todo para salir del bache. Y fue durante estas sesiones donde la propia psicóloga me sugirió la idea de que yo expresara, purgara ese malestar que tenía, mediante la escritura. Como la escritura no era mi medio de expresión, decidí hacerlo mediante el dibujo. Hice algunas páginas, pero no lo continué porque no estaba en condiciones en ese momento de hacer realmente nada”.
“Pasó el tiempo, me recuperé, rehice mi vida, con todo lo que conlleva una recuperación, que es un proceso lento. Cuando ya me vi más capacitado, retomé aquellas páginas y sentí la necesidad de terminar ese tebeo para ya purgar del todo lo que tenía ahí dentro. También para utilizarlo a modo de cuento, como podría ser un cuento de los hermanos Grimm, con metáforas y con alegorías de los peligros que de adultos nos podemos encontrar, por ejemplo, lo que puede ser una depresión, o una relación de pareja tóxica y relaciones, en general, nocivas”, nos cuenta Fran Mariscal.

“Yo no quería hacer una crónica ni una historia autobiográfica, así que me lo llevé a mi terreno y encontré la figura del vampiro, un ejemplo perfecto para hablar de esto mismo que he comentado, y así nace Moribundo”.
Si tuvieras que definirlo en una o dos frases, ¿qué se van a encontrar los lectores en las páginas de este cómic? “Se van a encontrar una historia con tintes góticos sobrenaturales, con una estética que bebe mucho de autores como Dave McKean, como Bill Sinclair, como Jorge González, y que bebe mucho, sobre todo, de esa gran época que fueron los cómics de vértigo, en mi opinión, y van a encontrar una historia con una doble lectura”, asegura Fran Mariscal.
Si hablamos del dibujo, de las ilustraciones, ¿qué dirías que tienen de característico? A simple vista con ilustraciones como desdibujadas… “Sí, y creo que también está entrando por los ojos precisamente por el apartado gráfico. Sí que es mi primera obra como autor completo, pero con el tema de los lápices, sí que tenía más seguridad en mí mismo. Entiendo que gráficamente pueda sorprender, porque se ve diferente a lo que hay ahora”.

Has hablado de que te sientes cómodo con los lápices, ¿con qué técnicas sueles trabajar o con qué técnicas has trabajado en concreto en este proyecto? “Vengo de darle mucha caña a lo que es el tema tradicional y de mancharme las manos con pintura y técnicas mixtas, pero sí que es verdad que en ‘Moribundo’ y en los últimos trabajos que he ido realizando he optado por trabajar en digital, más que nada por la versatilidad y por la velocidad con la que se puede trabajar -continúa Fran Mariscal-. Siendo Moribundo un cómic tan extenso, haberlo hecho todo en tradicional habría sido muy laborioso y, sobre todo, que me habría llevado mucho más tiempo. Entonces opté por hacerlo en digital. El que me conoce sabe que yo trabajo el digital de la misma manera que en tradicional, voy pintando encima y voy aplicando mis texturas, uso mis pinceles, o sea, que más o menos es lo mismo, solo cambia el medio, la herramienta”.

Hay una cosa que me ha llamado mucho la atención, y es ese recurso que utilizas cuando rompes en pedazos la línea que separa las viñetas. “No puedo decir que sea original, no lo es, ya había un cómic de Batman, en el que cuando las cosas se iban poniendo un poco tensas o desagradables, pues las viñetas se rompían y parecían que formaban parte de la propia ilustración, como si fuera un collage, y eso en su día me sorprendió bastante. En Moribundo lo vi como un recurso que podía ir bien y que le podía aportar un punto más interesante, eso de romper lo que son las viñetas, al final las viñetas separan las acciones de la historia y muchas veces son elipsis de tiempo”, asegura Fran Mariscal.
“Entonces, siendo un cómic, digamos, tan onírico y tan personal, me parecía interesante que se rompieran todos los esquemas posibles y que precisamente el lector, cuando ve una página en la que se están rompiendo esas celdas que encasillan las acciones, se quede desconcertado también, y creo que eso sí que lo he conseguido”.

Me estás contando que al final es un proyecto que es bastante personal. ¿Es más fácil de trabajar con ello, porque es algo que evidentemente has vivido, o es más difícil porque realmente te expones al lector? “Creo que un poco de ambas, la verdad. Creo que no sería capaz de contar una historia de algo que no conozco, de lo que no tengo información o algo con lo que no me sienta cómodo. Pero, por otro lado, también durante el proceso de la creación del cómic, sí que había momentos en los que me incomodaba un poco contar alguna cosa, porque al final sí que eran muy parecidas a como realmente a mí me ocurrieron. Tenía que buscar alguna manera de contar cosas sin entrar en el morbo, porque es algo que a mí no me interesaba, yo realmente con esta historia no quería hablar de mí, ni de mi expareja, ni de nadie, al final quería hacer algo lo más genérico posible, pero teniendo alma, que no quedara un producto vacuo, y que, sobre todo, el lector se pudiera sentir identificado o que le pudiera ayudar si está pasando por algo parecido o conoce a alguien que haya vivido algo parecido”, nos cuenta Fran Mariscal.

Ahora estás volcado con la promoción de Moribundo, que acaba de salir, como quien dice, pero no sé si tienes algún proyecto ya en mente y no sé hasta dónde nos puedes contar. Pues sí, ahora estoy volcado con esto, pero sí que ya empecé con otro proyecto, que es un western. Es un género que a mí me gusta mucho y creo que se pueden contar historias también crudas e historias de violencia, de venganza, pero quiero darle mi toque de terror, volcar mis inquietudes ahí. De momento lo tengo en pausa. Ahora toca Moribundo”.
Cómic
Agustina Guerrero nos invita en ‘Hoy’ a cambiar la mirada
¿Qué pasaría si una mañana decidieras cambiar el rumbo de tu día? Si por una vez dejaras de lado todos los planes que has ido elaborando en tu cabeza con milimétrica perfección. Si te propusieras huir de la hiperconectividad, de las prisas y de las tareas que te autoimpones.
A veces es necesario bajar el ritmo: detenerse, caminar sin destino, sumergirse en el presente y mirar. Mirar es una elección, nos recuerda Agustina Guerrero en esta novela gráfica que transcurre en una transformadora jornada en Barcelona: un día dedicado a dejarse llevar, a escuchar las historias que la ciudad tiene que contarle y a abrirse a que surja lo inesperado. Porque son precisamente esos momentos en los que uno se permite observar, sentir e improvisar los que dejan una mayor huella en la memoria y le dan sabor y sentido a la vida. En las siguientes líneas charlamos con Agustina sobre ‘Hoy’, su último trabajo, que edita Lumen.

¿Cómo surge la idea de las diapositivas? “Pues, porque sucedió. Me las encontré y me dije, tengo que hacer algo con este tesoro. A la hora de escribir y de dibujar, siempre parto de hechos reales. Me cuesta mucho escribir ficción. Y están en el libro, estas diapositivas, que además son maravillosas, están también manifestando en cierto modo el paso del tiempo, y que el personaje esté caminando por esas calles y por esos lugares, y reconociéndolos, pero 50 años después. Me parecía que era como tener presente el paso del tiempo, y también utilizar estas diapositivas como mapa, que la vayan guiando”.
Tanto el título como, bueno, un poco a donde nos va llevando también la historia en este libro, se habla de aprovechar y de disfrutar el ahora, el presente. Y que muchas veces, como le pasa a la protagonista, como te pasa a ti, empiezas a pensar mucho en todo lo que hay que hacer, en el futuro, en cosas que pasarán o no pasarán, y hay que pararse más y disfrutar del presente, ¿no? “Sí, de hecho, es la intención del libro. El libro no se iba a llamar así, se iba a llamar de otro modo. Y dándole vueltas también a la historia y a la esencia que tiene el libro, que es justamente esto, disfrutar, darle valor a lo cotidiano, a cada día. No sé, me da la sensación de que vivimos cada día tan aceleradamente, siempre esperando las vacaciones, siempre esperando el fin de semana para descansar… Y me parece que los días van pasando, que esto no es para siempre”, asegura Agustina Guerrero.

“Y la finalidad del libro es esta, es como que estar bien de vacaciones, en un lugar bonito, es relativamente fácil. Pero me parece más interesante cómo cada uno habita lo cotidiano, y con qué ojos, y con qué mirada lo hace. Entonces, para mí, la intención del libro es esta”.
Hay una frase en el libro, de Gloria Fuertes, que es magnífica, me parece magnífica. Dice así: «O te subes al carro o tendrás que empujarlo. Ni me subí ni lo empujé. Me senté en la cuneta y alrededor de mí, a su debido tiempo, brotaron las amapolas». “Maravillosa, sí, es maravillosa esa frase. De hecho, creo que encaja a la perfección con el libro, es bellísima. Y además me encanta Gloria Fuertes también, así que, es fantástico que esté en las páginas de este libro”, afirma Agustina Guerrero.
¿Con qué técnicas has trabajado en este libro? “Yo desde hace ya muchos años trabajo en digital. Mis primeros libros eran todos analógicos, pero llegó un momento en el que empecé ya a trabajar más en digital. Es un proceso largo, porque al principio es como que trabajo en el ordenador, dibujando y escribiendo a la vez, como que las historias, lo que escribo y lo que dibujo, tienen que ir a la vez. No es que yo hago el guión y luego dibujo. Voy dibujando los bocetos, y luego una vez que está toda la página acabada, con su texto, con sus dibujos, lo traslado al iPad. Entonces ahí empieza el siguiente paso, que es pasar a limpio, de bocetos que están muy acabados. Muchas veces mi editora dice: bueno, pero Agustina, esto ya se puede publicar. Y digo, no, que ahora hay que pasarlo a limpio. Es como que lo rehago, pero puliendo mucho los detalles, los colores”.

Háblame un poco del uso del color en este libro, que sí que es súper llamativo. “La verdad que respecto a la paleta de colores, al principio yo tenía claro que quería que estuviese el azul. Me traslada a Barcelona, a ese ambiente marítimo, y el rosa tan potente, que para mí el rosa simboliza la felicidad, la alegría -continúa Agustina Guerrero-. De hecho, el rosa está presente cuando el personaje está bien. Porque el libro comienza con todos los colores fríos, con los azules. Y solo el rosa aparece cuando el personaje se siente en calma, cuando se siente bien. Cuando empieza a dar el paseo, el rosa ya es protagonista. Como que siento que los colores también comunican, se relacionan entre sí, y me parece que no se ponen al azar”.

“En este caso los he pensado mucho. Y bueno, el amarillo que solo sale prácticamente en su camiseta, que es esa luz, que sale como de su pecho, ¿no? Que dentro de esa ropa oscura que lleva, pues adentro tiene un brillito. Y el rojo, que aparece con otro carácter, en detalles, pero creo que muy acertados para mí”.
En el libro aparecen diferentes espacios de Barcelona, por donde vas paseando. No sé si ahí aparece alguno de tus sitios favoritos, o quizá hay alguno que no aparece y donde también te gusta escaparte, a descansar, a mirar, a observar, a escuchar… “Para mí uno de mis sitios favoritos, que aparecen en el libro, son los Jardines del Larival, donde está el Teatro Grec. Para mí recorrer esos jardines es como salir del bullicio y meterte como en una selva, porque está llena de plantas diferentes, de silencio. Pero bueno, intenté mostrar una Barcelona más de barrio, como que son los espacios que yo recorro cuando estoy bien, cuando me apetece. No suelo ir al centro y meterme allí, por esas calles”, nos cuenta Agustina Guerrero.

Al final hablas de vivencias, de cosas que son reales, que han pasado de verdad. ¿Es más fácil cuando hablas de algo que has vivido, que conoces perfectamente, o al mismo tiempo quizá es más difícil porque te expones también más al lector, te abres más al lector? “Sí, ahora, a día de hoy, me resulta fácil. Todos mis libros son autobiográficos. Tuve como mucho temor a dar este paso, abrirme. Pero con el libro ‘El viaje’, creo que hubo un cambio respecto a todos los libros que venía haciendo. En ‘El viaje’ el personaje, mi manera de contar, cogió otra dirección”.
“Tengo que reconocer que antes de lanzar ese libro tenía mucho miedo. Mis anteriores libros surgían más desde el humor, y aquí dí un giro. De todos modos la forma de exponerme no deja de ser algo que yo voy controlando. No deja de ser también poner en duda qué existe, qué no, en lo que cuento. No deja de ser una novela gráfica en donde voy explicando y contando lo que a mí me apetece. Te digo que me cuesta más exponerme en persona, ir a presentaciones, entrevistas, y hablar de ello, que dibujarme desnuda, por ejemplo. Poner mi cuerpo real frente a las personas y tal, es algo que había evitado. Bueno, ahora me estoy animando más, pero ese tipo de exposición es la que más me cuesta y la que más cuido también. De hecho, en mis redes prácticamente no salgo, muestro solo mis dibujos, porque eso lo quiero preservar, porque eso sí que me da más vértigo”, confiesa Agustina Guerrero.

Volviendo un poco a los dibujos, me gustaría que me hablaras también un poco del uso de diferentes perspectivas, no sé si hablar de planos cinematográficos de alguna manera… “Sí, mi amiga me dice: “juegas mucho con la cámara, como los encuadres”. Tú piensa que en este libro aparece prácticamente siempre el mismo personaje, entonces el ritmo también se va ganando y generando a través de los encuadres, porque si no, resultaría un libro muy monótono”.

“Además también para mí el mostrar las ilustraciones desde diferentes ángulos, es hacer una especie de guiño a que cuando uno pasea, cuando tienes los ojos puestos en mirar los detalles, miras para arriba, miras para abajo, miras para el costado, como que hay toda una mirada de 360 grados que quise también plasmarla en el libro. También con los detalles, que es un libro que tiene mucho detallito, que mi intención es que te den ganas, al cerrar el libro, de decir: quiero ir a mirar mi barrio con otros ojos. Es como un entrenamiento, una entrada en calor de la mirada. Yo siempre digo que este libro hay que mirarlo lento, para que cuando lo cierres digas, ostras, nunca me había percatado de este árbol que hay aquí. Como que la mirada se entrena también”, comenta Agustina Guerrero.

Hay muchas ilustraciones que nos encantan, que es verdad que te atraen, que te quedas mirándolas, observándolas. Hay una página en concreto en la que estás como dentro de una burbuja. Es como una pompa, como una pompa de jabón. Estás como en tu mundo y de pronto la cotidianidad o el día a día, rompe esa burbuja… “Sí, esta doble página me gusta mucho. En el libro yo no quiero demostrar que uno tiene que dejar de ser lo que es. Yo, por ejemplo, soy una persona que soy muy controladora, que me anticipo, que me gusta tenerlo todo organizado, saber lo que va a suceder. Ya forma parte de mí eso. Pero sí que es verdad que, claro, cuando ya se pasa al exceso, y cuando ya controla toda tu vida y tu cabeza no para de pensar y de analizar y de planear, es tóxico, me resulta tóxico a mí. Entonces, es la idea de buscar esos espacios o esas cosas que te hagan anclarte en el presente, como por ejemplo en este caso las plantas, que me llevan a esta burbujita, o salir en furgoneta, que me ponen a una Agustina que se deja fluir, digamos, que se deja improvisar. Y es lo que yo intento hacer ahora, como recuperar esas burbujitas, y que haya muchas a lo largo de la semana”.
Álbum Ilustrado
Ana Santos y la vida en el bosque de ‘Bambi’
La novela ‘Bambi’, de Felix Salten, es un canto a la vida a la vez que la historia de aprendizaje y de superación de un cervatillo que, desde que nace, se enfrenta a las dificultades y peligros que acechan en el bosque. El animal se encuentra inmerso en un majestuoso entorno, poblado por otras especies que cohabitan en aparente armonía, pero en lucha constante por sobrevivir. A esto se le une la presencia humana que irrumpe en su hábitat con nuevas y mortíferas amenazas… A la vez que refleja el comportamiento animal y el mundo natural de manera extremadamente vívida y realista, Salten hace reflexionar al lector en torno al crecimiento, a las relaciones, a los miedos… en definitiva, construye una bella y profunda metáfora de la condición humana. Lunwerg publica una nueva edición de este clásico atemporal, ilustrada por la artista Ana Santos, con la que charlamos en las siguientes líneas sobre este proyecto.

Lo primero, cuéntanos cómo nace este proyecto. “Este proyecto nace de la propuesta de Lunwerg para ilustrar ‘Bambi, una vida en el bosque’, el clásico de Felix Salten. Desde el principio me pareció un reto precioso, sobre todo porque es una historia que todos creemos conocer, pero el cuento original tiene una profundidad y una sensibilidad muy distintas. Me ilusionó poder reinterpretarlo desde mi mirada, con respeto por su esencia, pero aportando también mi propio enfoque visual. Fue una oportunidad para trabajar en un proyecto distinto a lo que habitualmente suelo hacer”, nos cuenta Ana Santos.
¿Qué encontrarán los lectores en las páginas de este libro? “Van a encontrarse con la historia original de Bambi, no con la versión que tenemos tan asociada al imaginario de Disney. Es un relato más realista, más cercano a la naturaleza, al paso del tiempo y a la vida misma. Pero también es una historia llena de ternura, de aprendizaje y de conexión con lo salvaje. En cada capítulo hay dos ilustraciones que acompañan el tono del texto y busca reflejar esa atmósfera del bosque y sus personajes, sin edulcorarla, pero desde la belleza real y la sensibilidad”.

¿Cómo te enfrentas a un clásico tan universal? “Con mucho respeto e incluso, ¡algo de miedo! -confiesa Ana Santos-. Cuando una historia ha sido tan retratada y tan reconocida, parece difícil aportar algo nuevo. Pero decidí no pensar tanto en eso y centrarme en lo que yo podía contar, en cómo sentía a los personajes y los paisajes. Más que intentar competir con otras versiones, traté de entender la historia desde dentro, conectar con su mensaje y dejar que eso guiara las imágenes. No quería centrarme solo en Bambi y darle protagonismo también a muchos de los personajes que salen en el libro”.
¿Cómo era tu relación con esta historia antes del proyecto y cómo ha cambiado después? “Antes conocía lo básico y lo que todos conocemos: la muerte de la madre de Bambi y poco más. Aunque me encantan los clásicos de Disney, reconozco que Bambi nunca la había visto, porque me daba mucha pena, (no quería pasarlo tan mal como con la muerte de Mufasa…). Tampoco conocía el cuento original y pensaba que era una historia más infantil, pero al leer el clásico me encontré con una obra muy profunda, que habla del ciclo de la vida, de la pérdida, del aprendizaje, del respeto por la naturaleza, de la valentía. Ahora la siento como una historia muy humana, con un gran mensaje de fondo”.

¿Cómo fue el trabajo previo al libro? “La primera fase fue leer el cuento, tomar notas y simplificar la idea principal de cada capítulo -continúa Ana Santos-. Luego hice una recopilación grande de referencias visuales, de ciervos, otros animales del bosque, paisajes. Me gusta crear carpetas con muchas imágenes de apoyo, y desde ahí empiezo los bocetos digitales. A partir de esos bocetos selecciono las ideas”.
¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? “Creo que tienen un tono más sobrio y naturalista que en otros trabajos míos. He querido alejarme de lo decorativo o dulce para buscar algo más real, más “terrenal”. Me apetecía que el lector sintiera el bosque, las texturas, la atmósfera, y que los animales transmitieran emociones auténticas. Ha sido un trabajo más narrativo y emocional que otros, y eso me ha gustado mucho”.

¿Con qué técnicas trabajaste? “Al principio de cada proyecto hago algunas pruebas y exploro qué puede encajar mejor. Tras probar entre acrílico y óleo me decanté por éste último, y en algunas ilustraciones utilizo tinta. Suelo trabajar en técnica mixta, pero en este caso el libro me pedía algo más matérico y profundo -asegura Ana Santos-. El óleo me permitió crear texturas, luces y ambientes muy orgánicos”.

¿Podrías contarnos algo más sobre el proceso de realización? “Después de la fase de documentación y bocetos, pasé a la pintura al óleo, trabajando cada ilustración de manera independiente, incluso en algunas en las que hay varios personajes, los suelo pintar de manera independiente a un tamaño grande que me permite detallar mejor al óleo. Por último, finalizo la composición en Photoshop. Intenté mantener coherencia entre todas, pero también que cada una tuviera su propia atmósfera según el momento del libro. Fue un proceso largo, de mucha observación”.

¿En qué trabajas ahora? ¿Algún nuevo proyecto? “Ahora mismo estoy empezando un nuevo libro junto a otra autora. Estamos en la fase de documentación y bocetos, que es la que más disfruto, porque todo está por construir. Si todo va bien, se publicará el próximo año”.
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