Álbum Ilustrado
Elena Odriozola, ‘Lecciones de cosas’ y alguna cosa más
Un botón, un dado, el frisbee, el matamoscas, la hucha… son objetos cotidianos en los que pocas veces reparamos. Sin embargo, cuando los observamos con atención resultan verdaderamente fascinantes. ‘Lecciones de cosas’ es una invitación al juego, la especulación y la creación. Tomando como inspiración el género pedagógico de las «Lecciones de cosas», que gozó de gran popularidad a finales del s. XIX y principios del XX, en sus páginas se entrecruzan el libro informativo, el de actividades, la meditación filosófica y el humor tontorrón. Una lectura que no acaba en la última página, sino que, por el contrario, llevará a los chavales a escribir, dibujar, pensar, imaginar… Un libro de Elena Odriozola y Gustavo Puerta Leisse que edita Ediciones Modernas El Embudo. Con Elena hemos charlado un poco más sobre este proyecto, y de alguna cosilla más.

¿Dónde está el origen de este proyecto? “Me resulta difícil decirlo. La idea surgió de Gustavo Puerta, el editor de Ediciones Modernas El Embudo. Es un libro inspirado por aquellas Lecciones de cosas que fueron habituales por los años 30. Él había tenido algún ejemplar en casa y lo leyó desde pequeño. Tengo la sensación de que es un libro que siempre quiso hacer, le hacía especial ilusión. Y luego esa ilusión me la contagió a mí. La idea del libro es que veamos los objetos cotidianos como si nunca antes los hubiéramos visto”, nos cuenta Elena Odriozola.
¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? “Encontrarán cosas maravillosas: desde cuáles son las partes de un frisbee (y te puedo asegurar que son muchas y sorprendentes) a cómo coser un botón a cuatro manos, o cómo hacerte un amuleto egipcio con una pastilla de jabón, cómo hacer un arreglo floral… y montones de cosas más. Hice más de 600 ilustraciones. También encontraréis 10 páginas de bibliografía comentada y un bonito colofón”.

¿Cómo fue el trabajo previo al libro? Me refiero a esa fase de investigación, de pruebas, no sé si de dibujos en algún cuaderno… “Lo más importante fue dar con los dos personajes. Estaba claro desde el principio que al ser un libro tan ilustrado, con dibujos de todo tipo, esas figuras tenían que ser muy sencillas, de líneas muy limpias -continúa Elena Odriozola-. No tengo muchas pruebas de esos personajes, la verdad. Desde el principio los tuve bastante claros. No suelo usar cuadernos para hacer pruebas, aunque tengo unos cuantos, todos están en blanco. No es mi forma de trabajar. Directamente empiezo a dibujar en el papel de boceto, de poco gramaje. Luego lo paso a limpio utilizando una mesa de luz”.

“En cuanto a la investigación, esta se fue dando a medida que avanzábamos en el libro, e iba desde buscar los árboles con los que se pueden fabricar las cucharas de madera para hacer un bosque, a determinar cuál es la función de cada una de las herramientas de una navaja suiza, pasando por adentrarnos en la iconografía del juego de la oca”.
¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? ¿Qué hay de nuevo o diferente con respecto a otros trabajos? “Son ilustraciones que están hechas a rotulador, una técnica que apenas había utilizado y que no controlaba. O que no controlo. Simplemente porque no me llamaba mucho la atención, no tenía mucho interés para mí. Estaba claro desde el principio que sería un libro a dos tintas, y creo que era la mejor forma de hacerlo. Una de ellas tenía que ser bastante oscura, sobre todo al tener que utilizarla también para el texto, y decidir que sería el color marrón fue bastante fácil. Escoger la otra tinta costó algo más, pero estaba claro que tenía que ser un color cálido -confiesa Elena Odriozola-. Resulta curioso que me acabe de dar cuenta, mientras estoy escribiendo ahora, de que el lápiz también hubiera sido una buena opción. Pero ni me lo planteé”.

“He tenido que hacer cosas como una cesta, un cuadro de Caravaggio o del Bosco…entre otras muchas cosas, y sin un método concreto. Cada vez que empezaba a pasar a rotulador una de estas imágenes pensaba que no iba a ser capaz, pero me ponía a ello y disfrutaba mucho haciéndolo. Una de las cosas más difíciles del libro fue que requería distintos tipos y géneros de ilustración: científica, descriptiva, pictórica, humorística… y tenía que haber una coherencia entre todas ellas, de modo que nada pareciera estar fuera de lugar. Creo que para mí esto fue algo totalmente nuevo, porque nunca había hecho libros así”, asegura Elena Odriozola.

Cuéntanos un poco más sobre el trabajo de elaboración de este libro. “Fue un libro que nos llevó mucho tiempo hacer, creo que unos cuatro años. Yo de vez en cuando tenía que dejarlo para hacer otros trabajos. Y también hubo épocas en las que se me atascaba, me costaba muchísimo ponerme con él, para desesperación de Gustavo. No fue fácil, tuve bastantes resistencias. Pero en la etapa final, cuando todavía quedaba algo menos de la mitad para acabarlo, me metí de lleno sin darle demasiadas vueltas a la cabeza, pensando sólo que lo tenía que terminar… y la cosa cambió. A partir de ahí fue todo más rodado”.
Nos gustaría que nos contaras también algo sobre tu trabajo en ‘En el bosque’, del que la editorial ha publicado recientemente una nueva edición. “Desde la editorial Libros del Zorro Rojo me propusieron, allá por el año 2017, ilustrar un texto de Ana María Matute: el extracto del discurso leído el 18 de enero de 1998 con motivo de su ingreso en la Real Academia Española. Se titulaba ‘En el bosque’ y me pidieron que hiciera un álbum. Una vez leído, y aunque me gustó mucho, me di cuenta de que yo no era capaz de hacer un álbum con ese texto. Después de leerlo muchas veces, supe que lo que quería contar se resumía en la última frase del texto: Es la historia de todas las historias que siempre quise y quiero contar. A mi entender, la mejor forma de contar esa historia era a través de un miriorama”, afirma Elena Odriozola.

“¿Hay una fórmula mejor de contar tantas historias? Hice nueve tarjetas. Da igual en qué orden se pongan, todas juntas forman una sola ilustración. Depende de en qué orden se pongan, la historia que cuenta cambia. Las distintas combinaciones dan lugar a más de trescientas mil escenas. También hice un cuadernillo que va aparte, donde va el texto acompañado de unas pocas ilustraciones, a una sola tinta. Las tarjetas y el librito van metidos en una caja. Utilicé pinturas acrílicas para pintar la historia, sobre papel sumi-e (imprescindible para mí desde hace mucho tiempo). Lo apliqué con pincel y con el dedo (algo también habitual en mi trabajo, lo del dedo). El color dorado de fondo, el camino naranja y las copas de los árboles azules unifican todas las tarjetas. La parte trasera también está ilustrada, al modo de las cartas de una baraja. En cuanto al cuadernillo, tanto el texto como las ilustraciones las dibujé con un lápiz de color azul oscuro”.

“Este año, coincidiendo con el 100 aniversario del nacimiento de Ana María Matute, se ha publicado una nueva edición conmemorativa. Me pidieron que renovara la portada: utilicé un color más vivo para el fondo e hice una ilustración que es una continuación de la anterior: el árbol que era un retoño ahora ha crecido, con la presencia de los mismos personajes. Para mí era importante que las dos portadas tuvieran relación, no le hubiera visto ningún sentido a hacer algo completamente distinto -asegura Elena Odriozola-. También se ha mejorado la aplicación del dorado del fondo de las ilustraciones. Es muy de agradecer que, al proponer mi visión del proyecto, la editorial me dijera “adelante”.
¿En qué trabajas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Estoy trabajando en un nuevo libro para la editorial, todavía estamos empezando y va para largo. Tanto, que le llamamos nuestro pequeño Escorial. Aunque quiero creer que pueda salir a finales del año que viene. Por ahora sólo puedo decir que es un proyecto que me propuso Gustavo y que me entusiasmó (como tantas otras veces cuando me propone ideas y que para mí es tan necesario). Te puedo adelantar que lo estoy pintando con lápices de colores, van a ser más de 365 ilustraciones y está inspirado en los frescos de un edificio del Renacimiento”.
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Pedro Oyarbide ilustra ‘El rayo que no cesa’
‘El rayo que no cesa’ es la obra más representativa y lograda de Miguel Hernández. Resultado y testimonio de una profunda crisis vital, sus páginas exploran la vivencia del amor, un amor doloroso, intenso y frustrado que deviene una herida constante. A la riqueza poética de Miguel Hernández se suma aquí la sensibilidad artística de Pedro Oyarbide, quien acompaña estos versos desgarradores con ilustraciones igualmente potentes, profundizando en la simbología hernandiana.
Los treinta poemas de ‘El rayo que no cesa’ adquieren una dimensión inédita en esta edición profusamente ilustrada que invita a una lectura renovada, donde palabra e imagen dialogan para intensificar la emoción, el tormento y la belleza de un libro esencial de la literatura española. Una edición de Lunwerg sobre la que hablamos un poquito más con Pedro Oyarbide.

Lo primero, cuéntanos cómo llega a tus manos este proyecto. “Venía de hacer ‘El Principito’ con Lunwerg. En principio habíamos empezado a darle forma a otro libro ilustrado muy diferente, una colección de cuentos del siglo XIX, pero el proyecto estaba algo estancado y por mi parte no terminaba de fluir. La editora me dio libertad para proponer otros títulos y ‘El rayo que no cesa’ me vino enseguida a la cabeza. Siempre me ha gustado la poesía de Miguel Hernández y sabía que ese libro tenía ingredientes más que suficientes para construir una propuesta visual interesante”.
¿Cómo era tu relación con esta obra de Miguel Hernández antes de abordar este proyecto? “Hasta entonces había leído sobre todo poemas sueltos, más que un poemario completo. Pero había algo en Miguel Hernández que siempre me había atraído, tanto o más que su obra: su personalidad, su historia y, por supuesto, la fuerza y la belleza de su poesía”, nos cuenta Pedro Oyarbide.

¿Cómo dirías que ha cambiado esa relación con el título y con la figura del poeta? “Ha cambiado mucho. Para afrontar el libro me leí bastante sobre la biografía del poeta, el marco histórico, etc. Descubrir con más profundidad su trayectoria y, especialmente, su tristísimo final, hizo que conectara todavía más con sus versos”.
¿Cómo fue el trabajo previo al libro? Me refiero a esa fase de investigación, documentación, pruebas o dibujos en algún cuaderno. “Fue un proceso bastante natural, muy parecido al que sigo con otros libros -continúa Pedro Oyarbide-. Leí el poemario mientras tomaba notas y hacía algunos bocetos rápidos. Aunque el resultado está muy pensado, en cierto modo puedo decir que fue un trabajo bastante intuitivo. Los poemas me evocaban imágenes con mucha facilidad. Al tratarse de un libro de amor, hay elementos que aparecen una y otra vez, así que quizá el mayor reto fue evitar la redundancia y encontrar maneras distintas de representar esas ideas sin repetirme”.

¿Es la primera vez que ilustras poesía? ¿Qué tal ha sido la experiencia? “Sí, es la primera vez. Ha sido un proceso diferente a cualquier otro. Desde el principio tuve claro que quería que todas las páginas estuvieran ilustradas y que los textos estuvieran redibujados a mano. Ha sido un trabajo muy exigente y, por momentos, extenuante, ya que son 120 páginas ilustradas, pero también uno de los más gratificantes que he hecho”.
¿Tus versos favoritos?
«Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.»
Vuelven una y otra vez a mi cabeza.

¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? ¿Qué hay de nuevo o diferente respecto a otros trabajos? “Creo que lo más característico del libro, aparte de mi estilo, que ya es bastante reconocible, es haber redibujado toda la rotulación de texto a mano -asegura Pedro Oyarbide-. Jugué con la propia tipografía incorporando recursos visuales: letras que se desploman, palabras que interactúan con las ilustraciones o que pasan a formar parte de la composición. Quería que el texto también fuera imagen”.
“Por otro lado, creo que la portada tiene mucha fuerza. Está basada en un relieve de un mausoleo del Cementerio Monumental de Milán. ‘El rayo que no cesa’ es un poemario de amor que Miguel Hernández escribió para su mujer, Josefina Manresa. Resulta casi premonitorio -o quizá simplemente consciente de la realidad de la época- porque escribe con un enorme desgarro y solemnidad, como si se anticipara a una muerte temprana y a una despedida inevitable de su amada. Por eso me pareció natural reinterpretar esa imagen. La portada incorpora una ventana troquelada que deja ver el retrato de Miguel Hernández, atravesado literalmente por un rayo. Ese retrato forma parte de una segunda cubierta interior, de modo que ambas imágenes dialogan entre sí. Creo que, como objeto, el libro ha quedado muy rotundo, atractivo y coherente con el espíritu de la obra”.

¿Con qué técnicas trabajaste? “Desde hace años todo mi trabajo es digital. Utilizo una tableta Wacom Cintiq y trabajo principalmente con Photoshop e Illustrator”, afirma Pedro Oyarbide.
Danos algunas pinceladas sobre el proceso de realización de este libro. “Fue un proceso largo y muy inmersivo. Cada poema requería encontrar un equilibrio entre respetar el texto y aportar una lectura visual propia, sin invadir su significado. Más que ilustrar cada verso de forma literal, intenté construir una atmósfera que acompañara al lector y ampliara la experiencia de la lectura. También hubo mucho trabajo de composición para integrar texto e ilustración de manera orgánica en cada doble página”.

¿En qué trabajas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Ahora mismo estoy esperando la publicación de otro de los trabajos que he terminado recientemente y al que le tengo muchísimas ganas: una edición ilustrada de ‘La sombra del viento’, de Carlos Ruiz Zafón. Es un proyecto muy especial para mí y estoy deseando que vea la luz”.
Álbum Ilustrado
Verónica Aranda y su trabajo en ‘Bienvenida, amiga ardilla’
Cascabilla la ardilla tenía su nido en el hueco de un árbol y todo preparado para el invierno: una cálida cama hecha de hojas, una despensa a rebosar de frutos secos y cientos de semillas escondidas en lugares secretos del bosque… Ya falta poco para que se instale el invierno y Cascabilla ha trabajado duro para estar preparada. En su apacible nido, en lo alto del árbol, la ardilla ve caer las últimas hojas de otoño cuando, de repente, el tronco cae al suelo. ¡No puede ser! ¡Los castores lo han talado! Cascabilla está desconsolada. ¿Y ahora qué? Con estas palabras la editorial Cuento de Luz nos presenta ‘Bienvenida, amiga ardilla’, una emocionante aventura a través del bosque que construyen Daniel Cañas y Verónica Aranda, con la que hablamos de este álbum ilustrado.
¿Cómo llega a tus manos este proyecto? “Hace años que conozco a Daniel Cañas y, desde el primer día, habíamos tenido la intención de publicar algo juntos. Pero siempre iban surgiendo cosas y nunca encontrábamos el momento de ponernos manos a la obra con nuestro proyecto. Durante una etapa en la que yo tenía menos carga de trabajo pensé: “ahora es el momento”. Así que le escribí y le pedí que me enviara algunos de sus últimos cuentos. El de la Ardilla fue el que más me encajó y enseguida lo visualicé con mis ilustraciones”.

¿Qué es lo que más te gustó de este proyecto? ¿Qué te pareció la historia de Daniel la primera vez que la leíste? “Lo que más me gustó fue que los protagonistas fueran animales y que la historia transcurriera en el bosque. Soy una gran amante de la naturaleza y es lo que más disfruto dibujando -confiesa Verónica Aranda-. También me llamó la atención la estructura repetitiva del cuento, porque me pareció muy dinámica y divertida para los pequeños lectores. Además, transmite valores como el compañerismo, el respeto y la gratitud, algo que considero muy importante aprender desde edades tempranas”.
¿Qué se van a encontrar los lectores en sus páginas? “Animales. Muchos animales escondidos por aquí y por allá. En todos los libros que ilustro intento cuidar mucho los detalles para que los niños puedan entretenerse observando cada página. Pero en este álbum quise implicarme al 200%. Y si se fijan bien, incluso encontrarán una pequeña subtrama entre dos pájaros carpinteros que desarrollé para enriquecer todavía más la historia”.

¿Qué nos cuentas de las ilustraciones? ¿Qué dirías que tienen de característico? “Pues como he dicho anteriormente, creo que mis ilustraciones se caracterizan principalmente por la cantidad de detalles que contienen. A nivel de color, me gusta trabajar con gamas cromáticas vivas y luminosas, y sobre todo jugar con las luces para crear escenas cálidas y envolventes”, nos cuenta Verónica Aranda.
¿Con qué técnicas trabajaste? “Yo soy digital 100%, desde el storyboard hasta el arte final. Trabajo únicamente con Photoshop, en una tablet con pantalla grande. Aun así, me gusta conservar cierta sensación tradicional en el acabado, por eso trabajo con muchos pinceles y texturas diferentes que aportan ese aspecto más orgánico y “hecho a mano”.

¿Qué has aprendido con este proyecto? “Siempre que ilustro un libro termino aprendiendo cosas nuevas relacionadas con su temática. En este caso descubrí algún que otro dato curioso sobre las ardillas, los pájaros carpinteros, los castores o las liebres. Por ejemplo, me sorprendió muchísimo la memoria que pueden llegar a tener las ardillas: son capaces de recordar los escondites donde almacenan su alimento creando mapas mentales y ayudándose con marcas visuales del entorno”, afirma Verónica Aranda.
Háblanos un poco del proceso de elaboración del libro. “En este álbum, la forma de trabajar fue muy distinta a la de otros encargos editoriales que había hecho anteriormente, porque Daniel y yo iniciamos el proyecto de una manera totalmente libre, sin la presión de una fecha de entrega. Fue un proceso que se cocinó a fuego lento durante dos años”.

“Primero realicé un storyboard para distribuir el texto en las distintas dobles páginas y decidir qué escenas podían ilustrarse mejor. Después empecé a trabajar en los bocetos a tamaño real, siempre contando con el feedback de Daniel. Precisamente, una de las cosas más bonitas de este proyecto fue la comunicación constante entre nosotros. Hubo un intercambio de ideas muy enriquecedor y, de alguna manera, ambos fuimos alimentando creativamente el trabajo del otro”.
“Cuando ya tuvimos una maqueta sólida, decidimos presentarla a algunos premios de álbum ilustrado, entre ellos el Premio Lazarillo, aunque finalmente no hubo suerte. Más adelante, Daniel -que ya tenía relación con la editorial Cuento de Luz y había publicado otros álbumes con ellos-, les enseñó nuestro proyecto. La editora quedó tan encantada que nos dio el sí prácticamente al momento. Gracias a ellos, nuestro cuento terminó convirtiéndose en realidad dos años después de haber comenzado este viaje”, asegura Verónica Aranda.

¿En qué andas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Hace poco se publicó el último libro que he tenido el placer de ilustrar, Joel i el Drac Ocult, escrito por Laura Borao y editado por Edelvives. Y ahora mismo estoy en una etapa un poco más pausada, ya que estos últimos meses han sido bastante intensos tras la compra de mi primera vivienda. Además, trabajo a jornada completa como maquetadora en una editorial y entre unas cosas y otras apenas me queda tiempo. Aun así, espero poder retomar pronto el dibujo y empezar nuevos proyectos”.
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Mar Azabal nos muestra los ‘Tesoros en los bolsillos’
‘Tesoros en los bolsillos’ es una invitación poética a disfrutar sin prisas de lo cotidiano, lo pequeño, lo cercano, y a llenar los bolsillos de experiencias para compartir. Representa la curiosidad de la infancia, su capacidad de asombro y sorpresa, su habilidad para percibir belleza en lo más simple. Así es como de “cosas útiles e inútiles, bonitas y raras, cosas ni bonitas ni raras” se llenan los bolsillos de la niña que protagoniza estos poemas ilustrados de verso libre. Un trabajo de Isabel Cobo y Mar Azabal que edita Kalandraka. Con Mar hemos hablado sobre su trabajo en este libro.

Lo primero, cuéntanos cómo llega a tus manos este proyecto. “Kalandraka se puso en contacto conmigo y me propuso ilustrar el poemario; ellos creían que yo encajaba para ilustrar los poemas de Isabel. Me pasaron el texto y me encantó”.
¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? “Es una belleza de poemario. Se centra en lo cotidiano, en la naturaleza, en las cosas pequeñas que nos rodean, en objetos que a los ojos de un adulto son insignificantes, pero que a los ojos de un niño son verdaderos tesoros. Creo que es un poemario que no tiene edad; a través de sus páginas se nos invita a disfrutar sin prisas de lo cercano”.
“Los adultos pueden identificarse con la protagonista; yo lo hice, me vi reflejada en ella -confiesa Mar Azabal-. Sus miedos, sus sueños, sus anhelos eran los mismos que los que yo sentí cuando fui niña y pueden ser los mismos que siente cualquier niña o niño en la actualidad; son emociones atemporales, se sienten de niño y de adulto”.

“A mí me encanta, aun a día de hoy, guardar tesoros en los bolsillos, por ejemplo, piedras con formas peculiares. El verano pasado recogí de la playa dos trozos de cerámica; no sé a qué objetos habrán pertenecido, pero a mí me encantaron sus bordes pulidos por la arena, sus colores azules, blancos y amarillos. Ahora me acompañan, como muchos tesoros, en mi estudio, y cuando los miro, me imagino historias que podrían formar parte de ellos. Entre sus páginas encontrarán algunos de mis tesoros de niña, como por ejemplo las canicas, que acompañan al resto de tesoros que nos regala Isabel”, nos cuenta Mar Azabal.
¿Qué te parecieron los poemas de Isabel tras una primera lectura? “Delicados, sugerentes. Los leí y mi mente se llenó de imágenes; aún hoy, cuando los vuelvo a leer, acuden a mí montones de imágenes”.
¿Cómo fue el trabajo previo al libro? Me refiero a esa fase de investigación, de documentación, de pruebas, no sé si de dibujos en algún cuaderno… “Lo primero que hice fue probar qué técnica me servía mejor para trabajar las ilustraciones. La primera ilustración que hice fue la que acompaña al poema Semillas; probé con la acuarela porque quería algo muy delicado, pero no me gustó el resultado. Decidí entonces usar el pastel y, al ver la ilustración finalizada, me gustó el efecto que daba. Decidí que trabajaría las ilustraciones con grafito y pastel y algún toque con lápiz de color. La siguiente ilustración que realicé fue la de la tiza y ya me quedó claro; la imagen tomaba un aspecto etéreo con el fondo de pastel difuminado, era como si la propia tiza de la niña estuviese siendo utilizada para dibujar el libro y eso me convenció del todo”, asegura Mar Azabal.

¿Qué poema te resulta más atractivo? “Mi poema preferido no va acompañado de ilustración; lleva por título Acerca de guardar. Pero tengo que decir que me gustan todos y que todos me generan imágenes y eso me encanta”.
¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? ¿Qué hay de nuevo o diferente con respecto a otros trabajos? “Sólo había ilustrado un poemario y era para adultos; es la primera vez que ilustro poesía para niños y me he sentido muy bien haciéndolo, aunque como ya he comentado es un poemario para todas las edades”.

“Es totalmente distinto al trabajo que hay que realizar para un álbum ilustrado. No tienen nada que ver, la narrativa visual es totalmente diferente -afirma Mar Azabal-. A parte en los álbumes suelo usar técnicas mixtas, mezclo mucho; el trabajo es muy artesanal. En los últimos años he trabajado en proyectos muy diferentes unos de otros. He ilustrado novelas para adultos y he trabajado la ilustración fuera del mundo del libro, lo que me ha llevado a usar cada vez más la tableta gráfica; antes me resultaba imposible dibujar desde cero en digital, siempre tenía que tener un papel, algo físico, tangible, del que partía; ahora, dependiendo de los tiempos de entrega, ese paso prácticamente ha desaparecido”.
“En ‘Tesoros en los bolsillos’ ha sido como volver a mis inicios, a la línea simple del grafito. Más que algo nuevo, es una vuelta a mi esencia, a esas ilustraciones en las que, sin estar ligadas a un texto, había cierto aire poético, delicado, a las ilustraciones con las que comencé a darme a conocer”.

Danos algunas pinceladas sobre el proceso de realización de este libro. “Lo primero que hice fue un boceto de las ilustraciones que acompañarían los textos, algo así como un storyboard de todas las ilustraciones, para intentar dar continuidad a las ilustraciones. Tras decidir qué técnica iba a utilizar, comencé a dibujar distintas versiones de algunas de las ilustraciones que acompañarían a los poemas. Me resultaba muy agradable dibujar con una línea tan sencilla y tan mía; no sabría cómo explicarlo: es la primera vez que al afrontar un encargo de editorial me he sentido como si dibujase para mí, sin la presión que supone que esas ilustraciones van a ser después expuestas al público”, nos cuenta Mar Azabal.

“Como te decía, algunas ilustraciones tienen varias versiones distintas; se las mostré a la editorial y ellos seleccionaron las que mejor se ajustaban al texto. Solo una de ellas, la primera, me dio dolor de cabeza, porque la editora me comentaba que la posición de uno de sus brazos era forzada y yo me empeñaba en cambiar el que no era, hasta que al repasar las ilustraciones con la editora, coincidimos físicamente, ella señaló el brazo que tenía el fallo. Es la única ilustración que he repetido para corregir, y no una vez, sino cinco veces”.
¿En qué trabajas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Estoy trabajando con una novela clásica ilustrada para adultos y con un encargo para una asociación de un agenda. Los trabajos van llegando poquito a poco; lo importante es que no dejen de llegar, y que sean satisfactorios”.
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