Entrevistas
Concha Pasamar nos habla de ‘Tiempo de otoño’
Tiempo de otoño es un álbum atemporal que recorre la belleza de los momentos aparentemente insignificantes y anima a vivirlos desde una mirada atenta al presente. Esa consciencia de lo pequeño que consigue suspender la fugacidad del instante se muestra aquí en un breve itinerario por los estímulos y sensaciones que la llegada del otoño provoca en la protagonista. Los cambios en el entorno y la naturaleza, que modifican también nuestras rutinas diarias, se presentan en un lenguaje poético, con ilustraciones en las que los colores se dosifican y acompañan un dibujo suelto y expresivo a carboncillo. La paleta cálida y la técnica natural refuerzan así el sentido de los textos que, sin mencionarlo, apuntan al hecho de que vivir es un recorrido en el tiempo. Este no es sino una sucesión de pequeños presentes llenos de sentido. Con estas palabras presenta la editorial Bookolia este álbum ilustrado, un trabajo de Concha Pasamar, con la que hemos charlado.

¿Cómo nace este proyecto? Concha Pasamar: “En esto ‘Tiempo de otoño’ no difiere de mi anterior libro como autora: surgió como trabajo personal del curso de álbum ilustrado de Marián Lario y, de hecho, es anterior a ‘Cuando mamá llevaba trenzas’, aunque se haya publicado más tarde. Pasó algo parecido en este caso: dejé preparado texto, storyboard, y algunas definitivas, y ahí quedó todo. La idea de “mover” el proyecto no era entonces prioritaria, y siempre tenía algo más entre manos que me justificaba en la postergación de la tarea de enviarlo a editoriales. En fin, el libro fue también fruto de un proceso de aprendizaje en el que elegí hablar de las sensaciones que esta estación produce y producía en mí. Me apeteció más emprender un álbum íntimo que fabular. Aunque hubo algunos ejercicios más propiamente narrativos e infantiles en aquel curso, elegí como asunto del álbum aquello de lo que me apetecía hablar en ese momento -era otoño, y el cambio me encanta, pero también me pone algo nostálgica-: los momentos sencillos, su belleza y su densidad”.
¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? “Creo que hallarán algunos puntos de conexión en aquello que experimentamos si vivimos en un entorno con estaciones bien marcadas, pero eso es tal vez lo más superficial. Creo que encontrarán, sobre todo, una llamada a vivir con atención al detalle, a dotar de intensidad a lo cotidiano. Esa intensidad, creo, puede compensar lo fugaz del paso del tiempo; al menos, a mí me permite prolongar el tiempo de otra manera, hacia el interior. Creo que el libro puede ser como un pellizquito para que uno se detenga más a menudo a disfrutar de una luz, una sensación, una compañía… Al parecer, encontrarán también algo de poesía en la combinación de imagen y texto, pero eso no lo he dicho yo 😉.”

¿Cómo son y cómo eran tus otoños? “Bueno, eran muy normales, en realidad -nos confiesa Concha Pasamar-. Como para todos, creo, suponían la vuelta a la rutina escolar, que nunca fue un motivo de tristeza para mí: se terminaban algunos privilegios del verano, pero llegaba el reencuentro con los amigos, los cuadernos nuevos, el frío en la cara, los colores cálidos, las salidas a buscar setas, el calor del hogar…; en fin, lo que aparece en el libro. Y no son muy diferentes ahora, la verdad: mi vida ha seguido siempre el ciclo escolar. Primero como alumna y luego como profesora, el año se renueva para mí al llegar el otoño (también literalmente, porque mi cumpleaños a menudo coincide exactamente con el equinoccio)”.
¿Qué fue lo más difícil en este proyecto? “Desde el punto de vista de la creación, no recuerdo que fuera un proyecto especialmente difícil de sacar adelante…No había ninguna presión y vi la forma que quería que tuviera enseguida. En el texto sí es cierto que hubo una reelaboración, porque primero hice una versión mucho más escueta, algo poética, pero más conceptual y por ello más opaca. Creo que fue bueno que Marián me señalara que podría ganar con mayor carga narrativa -aunque realmente tampoco hay mucha en la versión final-”.
¿Cómo estás llevando este último año extraño que hemos vivido y que seguimos viviendo? “Bueno, no puedo quejarme, porque he seguido trabajando; con cambios que requieren tiempo y esfuerzo, pero trabajando y en contacto también físico con los alumnos -nos cuenta Concha Pasamar-. Eso es mucho. También me ha acompañado hasta el momento la salud, a mí y a los míos. Y eso es muchísimo. Por lo demás, tengo la paradójica sensación de que el tiempo va a la vez despacio -no hay apenas hitos que despunten en las rutinas- y deprisa -¿ha transcurrido ya un año sin hacer nada especial en todo este tiempo?-. Siento que hay aspectos positivos, que me he refugiado aún más en lo sencillo y en la naturaleza, pero es inevitable el cansancio: echo de menos la compañía de muchas personas queridas, y la sensación de libertad. No es que quiera hacer nada demasiado especial -ahora mismo encuentro especial viajar a más de 50 km de mi casa, ver a mis amigos, asistir a un concierto, celebrar con la familia- ; pero sí me gustaría recuperar esa sensación de saber que si quisiera podría hacer todo eso, que ha ganado en significado, e incluso algo más”.

¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? Nos llama la atención también el uso del color que has hecho… ¿Con qué técnicas trabajaste? “Tal vez su naturalidad y su calidez, en varios sentidos. Creo que dibujé este libro de una manera muy intuitiva; cuando lo hice solo había hecho un curso breve de composición (era toda mi formación en ilustración) y no había abierto nunca un programa de ilustración digital -ni tenía intención de hacerlo, qué ilusa-. El carboncillo es un material que se ajusta bien a mi dibujo suelto, que permite rápidamente contrastes, que llena y que siempre me gustó (mi madre dibujaba con carboncillo a veces y lo probé muy pronto). Este álbum fue mi primer proyecto de ilustración, y me sentía más cómoda en una paleta limitada –sigo estándolo-, así que pensé que la calidez de la estación la podría poner el papel, la expresividad el trazo del carbón y los toques de color el pastel. Me costó mucho más dar con la forma para ‘Cuando mamá llevaba trenzas’. Digamos que en el uso del color me reconozco más aquí”.
¿Qué hay de diferente respecto a otros trabajos? “Realmente, no lo sé bien. Yo lo siento un trabajo muy muy mío –en la línea de ilustración que luego tuvieron también las imágenes de 9 Lunas (Poemas para esperarte), de Mar Benegas (Litera)-. Como cronológicamente es el primero y no pensaba tampoco en su publicación, desde mi perspectiva diría que lo que este álbum tiene de especial para mí es que fue un acercamiento totalmente libre y personal al género -afirma Concha Pasamar-. Desde ese mismo punto de vista, casi diría que los diferentes son algunos de los que vinieron después, aunque se publicaran antes, sobre todo aquellos en los que utilicé una paleta amplia y viva – digital o manual-. Si hablamos del álbum en su conjunto, podría decirse que tal vez sea más sensorial -aunque igual de íntimo- que ‘Cuando mamá llevaba trenzas’”.


Háblanos un poco del proceso de elaboración de este libro. “Como he comentado, seguí a rajatabla las pautas del curso de álbum durante unas semanas en las que estudié personaje y ambientes, hice y revisé el storyboard y llegué a terminar unas siete u ocho ilustraciones. Luego el libro quedó en barbecho y seguí con mis cosas”.
“Se lo mostré a Luis Larraza, de bookolia, si no recuerdo mal, mucho después, tras terminar ‘Cuando mamá llevaba trenzas’, y lo quiso publicar –tengo que agradecer esa confianza en estos álbumes de sensaciones-. Así que tuve que retomar las ilustraciones restantes varios años después (en otoño de 2019) -continúa Concha Pasamar-. Temí que mi manera de hacer hubiera cambiado, pero creo que el propio material me condujo enseguida al mismo trazo. Como ya todo estaba planteado, fue rápido –el material se presta también a ello, creo-. A continuación replanteé las guardas, la página de créditos/portada y la cubierta. Además, preparé numerosas sugerencias para enlazar la lectura y la experiencia, que están accesibles a través del QR de la cubierta.

¿Qué dirías que has aprendido con este proyecto? “Lo aprendí casi todo sobre la elaboración de un álbum en cuanto a su estructura y su proceso, también sobre el engarce de texto e imagen en el libro álbum”.
¿En qué estás trabajando ahora? “He entregado ya las ilustraciones para un álbum de Paula Merlán con Cuento de Luz y estoy terminando de dar forma con Luis Larraza, de bookolia, a un romancero de Paloma Díaz-Mas; ambos libros verán la luz a principios de este otoño. Dos trabajos muy ilusionantes y diferentes que me han hecho disfrutar mucho, de maneras muy distintas. También estoy en fase de documentación y planificación de un libro de no ficción para A Fin de Cuentos sobre un tema apasionante -tiene que ver precisamente con el poder transformador de la palabra escrita-, y retomando un proyecto precioso -ya encauzado- con texto de Pablo Echart, que saldrá con Triqueta en 2022”.
“Y sin preverlo, resulta que de otro curso fantástico de Marián Lario ha salido una nueva idea a la que he conseguido poner palabras y un primer storyboard, y parece que ya ha encontrado casa -afirma Concha Pasamar-. Voy escribiendo también otras cosas, sin prisa…Veo con claridad que, si se riega y se cultiva con constancia, la creatividad no deja de dar brotes, aunque haya estado en letargo mucho tiempo, como en mi caso”.
“Y recibo otras propuestas interesantes e ilusionantes, pero una llega a lo que llega y debo dosificar. Mi trabajo me impone muchas limitaciones porque la docencia y la investigación –actividades que tienen también sus dosis de creatividad- terminan siempre robando espacio al tiempo libre, especialmente en estos dos últimos cursos tan extraños y demandantes, así que iremos poco a poco con unas cosas y otras, porque sencillamente vivir también es importante”.
Álbum Ilustrado
Mariana Alcántara: “Mi trabajo es encontrar la voz de cada libro”
Hacía tiempo que teníamos muchas ganas de charlar con la ilustradora Mariana Alcántara. Son muchos sus trabajos recientes y sus reconocimientos, y lo que intentamos en las siguientes líneas es reflejar un pequeño repaso por algunos de sus álbumes ilustrados, para conocer un poco mejor el trabajo que hay detrás de ellos.
¿Dónde está el origen de ‘Nadadores’? “Este es un libro que nació en el sentido contrario en el que los ilustradores habitualmente damos inicio a un proyecto de libro: el editor tiene un texto y busca a un ilustrador. Luego el ilustrador si acepta el proyecto, analiza el texto, genera bocetos y después crea las ilustraciones finales. En este caso, el libro se inició con mis ilustraciones. Yo quería participar en el concurso de Sharjah en los Emiratos Árabes y fue una época en la que recién había comenzado a trabajar con Mónica Bergna, editora de Alboroto Ediciones. Estábamos haciendo el libro Enciclopedia de Medicina Fantástica, curiosamente uno de los últimos libros publicados. Era un viernes cuando estaba mostrándole mis avances de la semana, mientras tenía a un lado la carpeta con cinco ilustraciones originales de los nadadores. Mi plan era enviar el paquete terminando la reunión. No recuerdo exactamente de qué hablábamos, pero salió el tema del concurso: saqué las piezas y Mónica las observó en silencio. Al final le brillaban los ojos y me preguntó si me gustaría que hiciéramos un libro. Así que al final del día, mis imágenes iban en camino a Sharjah y al mismo tiempo viajaban a la bandeja de correo electrónico de María José Ferrada”.

“María José es una autora que admiro mucho, aunque en ese momento yo no conocía bien su trabajo -nos cuenta Mariana Alcántara-. Pero cuando semanas después, Mónica me mostró el texto que había escrito a partir de mis imágenes, me fui de espaldas. Fue como si ella supiera el origen de mi historia como nadadora: brazada a brazada, verso a verso. Hasta los 8 años yo había sido una niña que anhelaba que me llevaran de vacaciones para meterme a la alberca. Pero cuando entré a clases de natación, tuve una temporada de rebeldía: le inventé a mi papá que ya no quería ir porque era muy costoso. Lo cierto es que estaba sufriendo el método poco pedagógico de un maestro que me jalaba hacia el agua, sin que le importara si antes había tomado aire o no, y luego tuve una infección de oído muy molesta, que con mi lógica infantil, me curé echándome gotitas de agua en las orejas. Años después ya casi entrando a la adolescencia, durante el verano, estuve sentada con los pies adentro del agua, esperando a que me salieran aletas o que se me quitara el miedo, lo que pasara primero. Recuerdo ese color azul turquesa que se movía con el brillo del sol, se me antojaba tanto transformarme en pez y al fin conocer el secreto para fundirme en el agua”.

“En la preparatoria decidí que quería aprender a nadar. Encontré una pequeña alberca profunda para buceo, en donde también daban clases de natación. El agua de nuevo, estuvo de mi lado, pues fue durante una temporada de tormentas que los otros alumnos no podían llegar a tiempo y gracias a eso, tuve clases personalizadas. Adquirí tanta seguridad que incluso aprendí a nadar hasta la parte más profunda, en donde el azul se convierte en negro. Después probé otras albercas de agua templada, fría, algunas lejanas y olímpicas, hasta que encontré la más poética, la que se convertiría en mi alberca perfecta: aquella cuya techumbre me parecía la piel de un pez mientras nadaba de dorso. Tal vez ese es el origen del libro Nadadores -confiesa Mariana Alcántara-. En las ilustraciones quise plantear el sentimiento de libertad que se siente al nadar. Me sorprendía observar cómo tantas personas tan distintas, nos transformamos en algo más adentro de la alberca. Se siente como entrar a una danza rítmica infinita y formar parte de la energía grupal, como en un cardumen”.

¿Cuál fue tu impresión cuando viste a tus nadadores impresos en gran formato en Sharjah? “He tenido la oportunidad de visitar varias veces el Festival de Lectura para niños en Sharjah en los Emiratos Árabes Unidos: he recibido en dos ocasiones uno de los premios para la Exhibición de Ilustradores (en 2018 y 2023) y en el 2021 fui porque me invitaron a ilustrar un libro como parte de un proyecto sobre las similitudes entre México y Sharjah, en donde participamos varios ilustradores de ambos países”.
“Tengo un gran aprecio por el concurso de Sharjah, pues no sólo marcó un punto de inflexión en mi carrera porque fue el primer certamen internacional que gané, sino que también fue el primer viaje que hice fuera de mi país. Así que cuando me contactaron para informarme que habían elegido mis ilustraciones para que fueran la imagen de la feria, acepté inmediatamente. El paso siguiente fue vectorizar las ilustraciones para que las pudieran imprimir correctamente en gran formato, esto significaba volver a dibujar un personaje de 15 x 6 cm hecho en carboncillo, pero ahora debía ser aproximadamente de 150 x 60 cm y digital. Aunque me hubiera encantado estar en la exhibición para ver mis imágenes en gigantografía, no pude estar ahí. Pero pude ver algunos videos en internet en donde niñas y niños imitaban los estiramientos que los nadadores realizan antes del entrenamiento. Eran los mismos ejercicios que yo realizaba mientras pensaba que estaría bueno hacer un libro sobre nadar. Fue una experiencia mágica. Para mí representa uno de esos momentos en los que siento que mi trabajo tiene sentido porque los dibujos cobran vida gracias a los lectores”, asegura Mariana Alcántara.

Este libro de nadadores fue reconocido en Bolonia, y en la edición de 2025 tu portfolio fue el ganador. ¿Qué supone para ti la Feria de Bolonia? “Durante mi carrera como ilustradora, la Feria de Bolonia ha sido un referente, como un faro para seguir en la niebla mientras nado en mar abierto. Fue hasta el 2025 gracias al premio de portafolio que pude asistir por primera vez. Sin embargo, siempre me mantuve al tanto de lo que sucedía en la Feria a la distancia, tanto como era posible”.
“Había planeado el viaje durante años, pero en el fondo quería asistir con un objetivo claro. Viajar a Italia desde México supone una gran inversión para una trabajadora freelance y no es una decisión sencilla. Así que cuando miré la convocatoria del concurso de portafolio cuyo premio era ganar un viaje a Bolonia, tuve la intuición de participar. Trabajé en mi portafolio con la confianza de mostrar los mejores proyectos que había realizado a lo largo de 10 años de carrera: casi 20 libros ilustrados, de los cuales 3 de ellos también había escrito y numerosos proyectos de ilustración de poesía o portadas de libros; casi todos ellos dirigidos al público infantil y juvenil. Viajé a la FIL Guadalajara para presentarme al concurso, llevé un ejemplar de cada uno de mis libros más representativos y tuve la entrevista con Arianna Squilloni, editora de A buen paso”.

“Después de un par de meses en que todas las noches, antes de dormir, imaginaba la posibilidad de viajar a Italia, me notificaron que era la ganadora. ¡Por fin conocería Bolonia! Durante la Feria tuve la oportunidad de firmar algunos de mis libros que han sido publicados en Europa y conocer a sus editores: Nadadores en su versión en italiano (Nuotatori), publicado por Raum Italic; Futuro, por SM España y La soledad de los peces, por Diego Pun en España. Todos ellos con poesía de María José Ferrada. También observé muchos libros interesantes, fueron tantos que lo único que no me gustó fue tener tan poco tiempo. Lo que más me conmovió fue darme cuenta de que aunque era la primera vez que estaba ahí, mis libros habían llegado antes y ya estaban hablando por mí”.
Otro libro premiado en Bolonia es ‘Río Viento’. ¿Cómo afrontaste este proyecto? ¿Qué vamos a encontrar en sus páginas? ¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? “Sí, Río Viento fue un poema que Ana Laura Delgado, la editora de El Naranjo me invitó a ilustrar. Llevábamos un par de años intentando coordinar nuestros calendarios para que yo ilustrara un segundo libro para su editorial. Así que me ofreció el texto de Río Viento que estaba dirigido a los lectores más pequeños y me pareció una gran oportunidad para ilustrar mi primer libro en cartoné, que desde hace un tiempo es un formato que me llama la atención”, nos cuenta Mariana Alcántara.

“Para iniciar con la exploración, yo tenía muy claro que quería dibujar con el viento de por medio y no me refiero solamente al que entra por mi ventana cuando estoy trabajando, que en algunas ocasiones empuja mi pincel lleno de tinta e imprime una inesperada mancha en el papel; sino que necesitaba que el viento fuera protagonista de las ilustraciones. El poema de Adolfo Córdoba me recordó de inmediato al río Magdalena que había visitado en años anteriores en el Festival Épico, un encuentro de literatura infantil y juvenil en Barranquilla, Colombia. Me sorprendió que el viento estuviera tan unido al río y que me despeinara las ideas conforme me acercaba a la orilla”.

“Después de varias lecturas de análisis, me preguntaba si el texto de Adolfo no sería mejor recibido por lectores mayores, pues yo misma me confundía entre los versos de río y de viento, pero confié en la visión editorial y en adoptar la indeterminación como una herramienta creativa. Entonces dirigí mis esfuerzos para crear un segundo relato a través de las ilustraciones, que ofreciera detalles concretos sobre lo que estaba pasando en el poema: aves que se transforman en peces, peces que son pájaros y niños que vuelan. Para los primeros experimentos trabajé con gotas de pintura acrílica y una espátula con la que emulaba la acción del viento, como si un soplido provocara que una gota dejara un camino de pintura. Con ese método salieron aves y peces, azules y verdes. Descubrí muy pronto que esas manchas eran cuerpos con plumas o escamas y que podían transformarse en aves o peces sólo con cambiar la cabeza. Estos experimentos le encantaron a Ana Laura, sólo que todavía no tenían la estética que imaginábamos para los primeros lectores. A partir de entonces, me concentré en simplificar las formas y suavizar los rasgos”, afirma Mariana Alcántara.

“Seguí perfeccionando este modo de dibujar hasta que una tarde en la mesa de trabajo, salió un pequeño pez con escamas de círculos. Luego dibujé un pájaro que tenía el cuerpo compuesto por líneas y entonces todo me hizo sentido: seguramente esas líneas antes del viento eran círculos. Los personajes de los niños los resolví mirando ese par de imágenes brújula que me guiaron para resolver todas las ilustraciones con el mismo registro estético y técnico”.
“A la par de este proceso, también experimenté con diversos formatos: propuse un libro en acordeón leporello, otro con una página desplegable y jugué con el encuadre horizontal y vertical. Éste último descubrimiento me llevó a entender que la dualidad presente en el texto, podía también llevarla al formato y proponer ambos: vertical para hablar del viento (globos que vuelan alto, árboles despeinados y aves lejanas); y por otro lado el formato horizontal para hablar del río (el horizonte que se extiende, peces, ranas y niños que se sumergen). Además esta estrategía coincidía justo en el centro, en donde el texto de Adolfo pregunta —¿No me crees? que es el parteaguas para que los lectores giren el libro y continúen el viaje al otro mundo”.

“Soy muy afortunada de colaborar con El Naranjo, es una gran editorial mexicana que me permitió tener una libertad creativa enorme en este libro, me encanta trabajar así. Cada semana el proyecto iba cambiando y me acompañaron en el proceso sin limitar las posibilidades. Creo que gracias a su visión editorial y al gran equipo que formamos, obtuvimos el premio BolognaRagazzi para primeras infancias en la Feria de Bolonia en 2026”.

¿Qué hay de nuevo o diferente con respecto a, por ejemplo, Astronautas? “Este libro publicado por Lecturita Edicionestambién nació a partir de las ilustraciones. Yo había hecho una serie de cinco imágenes para un concurso y aunque no tuvieron buena suerte, las mantuve durante varios años en las primeras páginas de mi portafolio porque me interesaba que se convirtieran en un libro. Esta fue una historia que encontré al inicio de la pandemia en 2020, ese año inolvidable. Recuerdo que hubo una expedición de la NASA a Marte: Mars 2020, y tuve mucho tiempo disponible para seguir el evento por internet, con la emoción de una niña. También descubrí el sitio web de la estación internacional espacial, en donde pude seguir su ubicación en tiempo real”, recuerda Mariana Alcántara.

“Todos estos hallazgos me llevaron a imaginar cómo sería la estación internacional o un transbordador espacial y también a diseñar tres astronautas con trajes poco convencionales, inspirados en los disfraces del Ballet Triádico de Oskar Schlemmer de la Bauhaus. Luego metí a estos personajes en la nave, cerré la puerta y los llevé al espacio exterior en donde se encontraban con unos planetas extraños entre los que había un tomate. Porque en mi cabeza yo quería contar la verdadera historia de la luna, desmentir o explicarme a mí misma por qué se dice que es de queso y eso me llevó a pensar en pizza. Era un juego de cosas circulares”.
“Desde hace algún tiempo yo quería colaborar con Lecturita y en la FIL Guadalajara hablé con la editora Celina Alonso. Le gustó mucho esta serie y le envió las imágenes a Sandra Siemens. Cuando recibí el texto me llevé una gran sorpresa: era muy diferente a lo que yo había imaginado, pero la nueva historia me gustó. Habla de un niño llamado Gregorio que le gusta todo lo relacionado al espacio. Encontré un reflejo con esa versión mía de 2020 que se obsesionó con el tema. En este proyecto el reto más significativo consistió en olvidarme de la historia anterior, rescatar las imágenes que podía utilizar como guía para crear otras y analizar el nuevo texto con la mente abierta”.

“Fue un proceso interesante porque pude hacer énfasis desde la ilustración en la creación de los trajes espaciales, por ejemplo. En este punto, encontré un reflejo del pasado, que remontaba hasta mi formación como diseñadora industrial y aquella versión mía que, en una temporada, anheló también dedicarse al diseño de modas. Hay un personaje que agregó Sandra, que me gustó mucho, es una niña que se hace amiga de Gregorio. En el texto ella no tiene nombre, pero durante mi investigación encontré que la primera mujer astronauta se llamó Valentina Tereshkova y que en 1963 orbitó la Tierra en una nave llamada Vostok 6. Así que en la parte en la que Gregorio le hace un traje a su amiga para que lo acompañe al planeta Gregorius, escribí Valentina en las anotaciones y medidas que escribiría un modista o un diseñador. Me imaginé que esta niña podría llamarse así y para mi fue una forma también de hacer justicia feminista”.
¿Cómo afrontas el trabajo de cada libro? Nos referimos a ese trabajo previo, no sabemos si de bocetos en algún cuaderno, … “Cada libro para mí es como subir una montaña o como nadar en el mar abierto: requieren un buen entrenamiento antes de adentrarse en ellos y también exigen humildad -asevera Mariana Alcántara-. El hecho de haber experimentado con montañas, mares o libros en el pasado, no me hace experta en el próximo. Yo creo que lo único que nos piden estos entornos es respeto. Es así como inicio cada proyecto: no intento cruzarlo con el mismo método del anterior. Sé que mi trabajo es encontrar la voz de cada libro. Así que lo único que tengo en la cabeza antes de empezar es que necesito investigar mucho, muchísimo. Intento que las fuentes sean variadas: novelas, cuentos, películas, obras de arte, entrevistas sobre el tema a algunas amigas o recuerdos de viajes. Intento alimentarme de tantos referentes como sea posible, para estar muy cercana al tema del libro”.

“Algunas veces destino una libreta para cada proyecto. Hay otros proyectos que empiezo con experimentos de técnica. También escribo textos propios alternos al libro en cuestión. La única regla que me impongo a mi misma es ser libre y dejarme llevar por la curiosidad”.

¿Con qué técnicas te gusta trabajar? “Es una pregunta compleja, creo que me gusta trabajar con técnica mixta. Intento dibujar con materiales poco convencionales porque pienso que el dibujo es una energía que existe también fuera de los lápices. No me interesa que el libro que estoy haciendo se parezca al anterior, todo lo contrario. Me encanta que cada uno tenga una voz particular. Me aburro rápido de una técnica, me gusta sentirme al borde del abismo de mi mesa de trabajo en cada proyecto. Es así como me mantengo a la expectativa de lo que pueda descubrir y también siento los pies en la tierra. Intento que el miedo a la hoja en blanco sea la primera herramienta para trabajar y después de varios experimentos me sorprendo a mí misma del resultado; incluso me pregunto si fui yo quien hizo ese dibujo. No siempre llego a ese estado creativo, pero cuando sucede, lo atesoro como una gran experiencia -confiesa Mariana Alcántara-. Ese fue el caso para la serie de ilustraciones llamada Fue un miércoles, con la que recibí el primer lugar en la Exposición de Ilustradores en Sharjah Children’s Reading Festival en los Emiratos Árabes Unidos en 2023, que meses después se convertiría en el libro La soledad de los peces publicado por Alboroto Ediciones”.

¿Cómo fue trabajar en proyectos con nombres como María Jose Ferrada o Adolfo Córdova? “Intento no pensar mucho en el nombre de los autores mientras trabajo, de otra manera no podría dibujar ni una raya. Únicamente me limito a leer el texto y buscar una conexión emocional desde algún punto de mi historia como lectora, ilustradora, escritora y habitante del mundo. Una vez que comienzo con el proceso de ilustración, leo muchas veces el texto. Lo analizo, le hago preguntas, incluso lo contradigo. Este proceso es muy personal. He descubierto que soy demasiado empática y hablar con los autores en las primeras etapas del proyecto supondría ceder a favor de sus ideas y adoptarlas como propias, antes de generar mi propuesta”.
“Cuando el libro está listo, recibo algunos comentarios de los autores a través de la editorial y es hasta mucho después, cuando tenemos la fortuna de coincidir en algunas presentaciones del libro, que conversamos. A mí me parece que los conozco de toda la vida, o bueno, siento que es como platicar con un amigo de quien sé muchos detalles. Supongo que es por el análisis tan exhaustivo que hago a sus palabras o porque su texto y mis ilustraciones conviven mágicamente en los libros. Para mí representa un honor compartir libros con María José y Adolfo. También he tenido la oportunidad de ilustrar textos de Martha Riva Palacio Obón, Pedro Mañas, Sandra Siemens, Fran Nuño, Sara Camhaji y Mónica Rodriguez”, afirma Mariana Alcántara.

En cambio en ‘El libro mentiroso’, todo el trabajo es tuyo… “Como autora integral he realizado cuatro libros, con el Fondo de Cultura Económica en México primero fue La voz ciega y después vino El libro mentiroso. El proceso de escribir e ilustrar es un camino interesante: algunas veces escribo la historia de un tirón, en otras primero encuentro la imagen, o bien, inicio indagando en un tema que me interesa desde el bocetaje de ideas sin saber muy bien si se convertirán en parte del texto o de la imagen. Es un proceso que disfruto mucho, porque puedo seguir editando el texto y la imagen en cualquier parte del proceso. Aunque durante ciertos momentos del proyecto imagino que sólo estoy ilustrando el texto de alguien más para investigar, contradecir y cuestionar con libertad”.
“El libro mentiroso surgió también a partir de un concurso, en este caso el Valladolid Ilustrado en España, donde gané el primer premio en el 2019 con una serie sobre las mentiras. Mi motivación personal para este libro fue continuar con esta historia que había planteado en dos imágenes hechas con la técnica de collage, en donde utilicé un papel color magenta que dejaba transparentar la verdad que ocultaban los personajes. Inventar este efecto mágico tipo rayos X fue el recurso que encontré para hablar de las mentiras”.

“Durante mi investigación encontré un artículo en internet que decía que los humanos mentimos alrededor de unas cien veces al día. Cierto o no, me pareció fascinante, y con esto en mente salí a dar uno de mis paseos habituales. En el camino observé a las personas y me pregunté si en ese momento estarían diciendo alguna mentira para cumplir con la cuota diaria de la que hablaba el artículo. Fue así como me di cuenta que los disfraces y algunos accesorios que usamos a diario, como pintarse las uñas o el cabello, son una manera silenciosa de ocultar la verdad. ¿Por qué algunas mentiras son socialmente aceptadas y otras no? Luego fui más lejos y me inventé el juego de descifrar qué había dentro de los sombreros de las personas ¿tal vez un ratón? y de los abrigos ¿en realidad eran tres niños uno encima de otro?”
“Con este recurso visual en mente inicié el proceso de escritura. Experimenté con diversas voces, personajes y lugares para encontrar la historia. Entre los múltiples borradores que escribí, había uno que descarté porque me parecía que era adecuado para un público mayor, pero para mi sorpresa, Horacio de la Rosa y Susana Figueroa, editores del FCE, lo eligieron como el ganador, porque lo había escrito inspirada en una nota periodística, con una voz similar a esa primera noticia que había detonado el proyecto. Después busqué al personaje principal y me di cuenta que en la palabra mentiroso ya había alguien escondido. Entonces busqué al oso más adecuado y cuando leí que los osos polares en realidad tienen la piel oscura, pero se ven blancos porque su pelaje es transparente y refleja el entorno, supe que lo había encontrado”.
“Es un libro lleno de detalles que me encantan. Lo hice como un homenaje a la magia del dibujo porque es así como la protagonista encuentra al oso: dibujándolo en la pared y entonces empiezan a inventar mentiras. Al final se descubre que son ellos los verdaderos creadores del libro. Mi intención principal es que sea una puerta abierta a inventar historias: crear una buena mentira puede ser el inicio de una historia de ficción. También me interesa provocar preguntas: ¿mentir siempre es malo?, ¿por qué a los niños se les exige decir la verdad y los adultos les ocultan cosas? Finalmente mentir es algo natural y los libros deberían ser un terreno libre de censura”.
Álbum Ilustrado
Rut Pedreño nos acompaña en ‘Parque de perros’
Como todos los días, un chico y su perro salen a pasear por el parque, pero un pequeño ser aparece y en un instante se separan. De pronto, cada uno debe emprender la búsqueda del otro entre caminos extraños y criaturas desconocidas. Editado por La Granja Editorial, ‘Parque de perros’ es un viaje silencioso sobre la añoranza, la amistad y la belleza de reencontrarse. Un trabajo de Rut Pedreño, con la que charlamos un poquito más sobre este libro.

¿Dónde está el origen de este proyecto? “Parque de Perros surge primero como un proyecto de cinco ilustraciones que realicé para presentarlo a la convocatoria Iberoamérica Ilustra de 2021, en la que fue seleccionado para formar parte del catálogo. En los siguientes años rescaté este trabajo y desarrollé unas 15 páginas a mayores y lo imprimí como fanzine para moverlo en ferias de autoedición. Fue allí donde conocí a la editorial La Granja que mostró interés en publicarlo, y aunque esto quedó un poco en el aire, me gustó tanto su línea editorial y el cuidado que le ponen a todos sus libros, que siempre tuve de fondo la idea de trabajar con ellos. Cuando en 2024 me concedieron una de las Ayudas INJUVE a la Creación para producir el libro, quise aprovechar para darle un cierre a la historia y no dudé en ponerme en contacto con ellos. El libro finalmente consta de 80 páginas”.

¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? “Es un libro mudo que nos cuenta la historia de cómo un chico y un perro se separan por accidente durante un paseo y lo que sucede mientras se buscan. Una historia sobre la amistad que se desarrolla en un mundo que se mueve entre lo real y lo onírico, apareciendo algunos personajes o criaturas fantásticas y lleno de metáforas visuales”, nos cuenta Rut Pedreño.
Háblanos un poco del formato del libro. “Gracias a las ayudas de INJUVE pude tener más control sobre el acabado final del libro invirtiendo la mayor parte del dinero en la producción del propio libro. Quería que el libro tuviera valor como objeto y que el formato y elección de papel aportará; es por ello que elegí un formato pequeño, muy parecido al del fanzine inicial y un papel poroso. Creo que esto le ha dado un carácter especial y una calidez que lo distingue de otras publicaciones. Puede que también surgiera inconscientemente de mi predilección por los objetos y cosas minúsculas”.

¿Cómo fue el trabajo previo al libro? Me refiero a esa fase de investigación, de pruebas, no sé si de dibujos en algún cuaderno… “Como ha sido un proyecto que se ha alargado mucho en el tiempo, ha tenido muchas fases distintas. Pero sí, el germen está en pequeños bocetos en mis cuadernos, casi todos con tinta en blanco y negro. Al pensar en el libro, decidí que quería hacer algo distinto a lo que ya tenía y desmarcarme de las ilustraciones del fanzine dibujándolo desde 0”.
“Desde hace un tiempo estoy retomando el trabajo con medios tradicionales -continúa Rut Pedreño-, venía de trabajar prácticamente en exclusiva en digital y llegó un punto en el que sentí que estaba perdiendo esa parte de los procesos en el que te permites jugar y experimentar, que para mi, es lo que da sentido a crear. Me propuse usar el libro como ejercicio para recuperar esto, pero al ser un proyecto largo tenía que ponerme algunas pautas. Garabateé el storyboard en un cuaderno y aproveche este inicio del libro que ya tenía claro gracias al zine para hacer pruebas con distintos materiales y papeles hasta que encontré el tono y las paletas de color. Como siempre, tuve que estar compaginando este proyecto personal con encargos, por lo que tuve que realizar las páginas en poco tiempo para llegar a la fecha de entrega, creo que esto ayudó también a que el dibujo se vea más fresco y espontáneo”.

¿Por qué un libro sin palabras? “Al partir de estas 5 primeras ilustraciones que hice para la convocatoria, el fanzine del que surge también era mudo y quise mantenerlo y poner el foco en la narrativa visual y lo plástico. Cuando trabajo en proyectos suelo hacer muchas anotaciones escritas, sin embargo tengo una tendencia natural a querer contar más desde la imagen que desde el texto, supongo que es algo que va con mi forma de ser. Me gusta huir de lo explícito y hacer una historia muda es perfecto para ese fin, de este modo obligo al lector a detenerse en el dibujo y a hacer su propia interpretación de lo que está sucediendo”, asegura Rut Pedreño.
¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? ¿Qué hay de nuevo o diferente con respecto a otros trabajos? “Como comentaba antes, creo que tienen un aspecto más fresco, menos perfeccionista y por mi parte, estoy muy contenta, porque era el objetivo. He trabajado con paletas de color limitadas, que es algo que no hago siempre pese a tener predilección por algunos tonos. También ha sido mi retorno a realizar un libro con medios tradicionales. También ha habido un cambio en la temática y enfoque, sobre todo viniendo de hacer “Al otro lado de la Vía” que es un libro que tiene un tono más intimista y realista, en este caso es una historia cercana a la fábula y al cuento, con elementos fantásticos. Me ha gustado mucho la sensación de descubrir un mundo nuevo. Se ha convertido en un proyecto muy especial del que he aprendido mucho y siento que ha marcado un antes y un después en la manera en la que quiero enfrentar mis próximos proyectos”.

¿Con qué técnicas trabajaste? “Principalmente gouache acrílico, aunque también usé ceras, pigmento acuarelable, lápices de color y rotuladores acrílicos”, nos cuenta Rut Pedreño.
Cuéntanos un poco más sobre el trabajo de elaboración de este libro. “Ha sido un proyecto que se ha extendido mucho en el tiempo y ha tenido muchas versiones y enfoques, creo que esto permitió que, cuando me puse manos a la obra con el libro, me fuera posible hacerlo dejándome llevar e ir descubriendo lo que sucedía en la historia según dibujaba con cierta improvisación”.

¿En qué trabajas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Este año se publicará un cómic infantil nuevo con Katia Klein como guionista. Es un libro muy colorido que da continuidad a Tuli, el protagonista de los libros de cartón de 0-3 años que sacamos junto a Combel a principio de año, para que niños un poco más mayores que están empezando a leer puedan seguir disfrutándolo. Por otro lado, sigo con mi trabajo como ilustradora, y espero poder trabajar pronto en algún proyecto personal nuevo”.
Álbum Ilustrado
Marina Montero nos acerca a la ‘Mecánica ilustrada’
¿Por qué una pelota vuelve al suelo cuando la lanzas? ¿Cómo consigue una noria mantenerse en movimiento? ¿Qué tienen en común una tortilla, un satélite, una bicicleta y una montaña rusa? La mecánica clásica es la rama de la física que estudia el movimiento de los cuerpos y las fuerzas que actúan sobre ellos. Aunque pueda parecer una disciplina compleja, sus principios están presentes en casi todo lo que hacemos cada día. Con un lenguaje accesible, mucho humor y unas ilustraciones llenas de personalidad, Marina Montero convierte conceptos como la gravedad, la inercia, la energía o las leyes de Newton en experiencias visuales fáciles de comprender y difíciles de olvidar. Premio Andersen de iIlustración 2026, ‘Mecánica ilustrada’ es un álbum que edita Zahorí Books y que estará en librerías los primeros días de septiembre. Con su autora hemos charlado un poquito más sobre este maravilloso libro.

¿Dónde está el origen de este proyecto? “El origen de este libro está en el proyecto final de un curso de ilustración que realicé en la Escuela Minúscula. Aunque, pensándolo bien, creo que la semilla se plantó mucho antes, cuando dibujaba e ilustraba mis propios apuntes durante primaria y secundaria para motivarme con el estudio. El dibujo siempre fue clave en mis procesos de aprendizaje, sobre todo en las materias científicas, a pesar de que al terminar el bachillerato me decantase por las Bellas Artes”.
“Cuando me enfrenté al proyecto final del curso, volví a los manuales escolares de física que tan tediosos me parecían en su momento y, de repente, descubrí un universo fascinante -continúa Marina Montero-. No me preocupaba tanto comprender el contenido denso, sino que me cautivaron los diagramas y ese lenguaje visual científico tan cuadriculado, encontré una belleza inesperada en él. Tuve claro que quería apropiarme de esa estética, llevármela a mi terreno y explorar algo nuevo. El detonante fueron unas ilustraciones de máquinas simples del siglo XVIII que me parecieron hermosas. A partir de ahí nació la idea de crear una especie de glosario ilustrado de principios físicos. Tras presentarlo, hice una breve tirada en fanzine con Another Press y funcionó muy bien. Después lo presenté al Serpa Award y, gracias a la mención especial, contactaron conmigo unos editores italianos (Quinto Quarto) que vieron el potencial del proyecto para convertirse en un libro de física para niños”.

¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? “Encontrarán una introducción algo particular a la mecánica clásica, que viene siendo la física de las cosas que podemos ver y tocar: aquella que no es ni macro ni microscópica y que no viaja a la velocidad de la luz. Se trata de un recorrido por algunos de los principios fundamentales de la mecánica clásica: levantarse de la cama, entrar en el metro, recalentarse unos espaguetis, dar la vuelta a la tortilla… Quiero decir: las máquinas simples, las leyes de newton, la ley de gravitación universal, los tipos de movimientos, las fuerzas… y que son explicados a través de situaciones cotidianas aparentemente absurdas o banales. Además, la editorial me pidió añadir breve repaso histórico para conocer a los pensadores que formularon estas ideas”, asegura Marina Montero.
¿Qué ha supuesto el reconocimiento en Bolonia? ¿Y el premio Andersen? “Honestamente, ni siquiera imaginaba que esta idea pudiera llegar a publicarse en formato libro, así que todo lo que ha venido después me ha sorprendido enormemente. Estoy muy feliz por estos reconocimientos y porque se haya valorado el trabajo. Sobre todo, me alegra ver que se apuesta por propuestas inusuales y por la visión subjetiva del creador. Siento que en este proyecto he podido ser muy fiel a mí misma”.


¿Cómo fue el trabajo previo al libro? Me refiero a esa fase de investigación, documentación, de pruebas, no sé si de dibujos en algún cuaderno… “Realmente fue la fase más lúdica del proceso -confiesa Marina Montero-. Elaboré un listado con los principios y fenómenos físicos que deseaba incluir. Los buscaba en manuales para analizar cómo se representaban visualmente y leer su definición teórica. A partir de ahí, el reto consistía en buscar analogías o momentos cotidianos que encajaran con ese principio físico para integrarlos en la composición”.
“Una vez resuelto esto, tocaba plasmar en la ilustración los diferentes vectores y magnitudes. Finalmente, tomaba la definición científica original y la modificaba para que dialogara con la escena cotidiana. Fue como realizar un ejercicio de estilo como hizo Raymond Queneau en 1947 con su obra Ejercicios de estilo, que era un referente que tenía muy presente en la cabeza en ese momento y que descubrí gracias a una clase con la ilustradora Ana Bustelo. Como es natural, también descarté muchas ideas por el camino. Algunos ejemplos cotidianos no lograban sintetizar bien el principio físico o resultaban menos sugerentes”.


¿Cuál ha sido tu mayor descubrimiento tras todo ese proceso? “He aprendido muchísimo en el camino y me cuesta elegir un solo descubrimiento. Sin embargo, algo bellísimo ha sido comprobar que es posible trabajar con editores que confían plenamente en tu criterio y en tu visión artística. Antes de este proyecto, no me proyectaba como «autora» de libros ni pensaba que tuviera grandes historias que contar, me veía más como una ilustradora de encargo. Este proceso me ha demostrado que sí tengo una voz propia y que, curiosamente, lo que me interesa narrar a menudo está estrechamente ligado a la ciencia”, afirma Marina Montero.
¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? ¿Qué hay de nuevo o diferente con respecto a otros trabajos? “Creo que lo que caracteriza a estas piezas es el nivel de síntesis que he alcanzado, el cual dialoga muy bien con el código gráfico y técnico de la ciencia. Es un registro que no había explorado en proyectos anteriores y me sorprende lo bien que funciona en este contexto. También resultó novedoso para mí plantear una estructura en el diseño de la doble página: en el lado izquierdo presento los «ingredientes» (la definición, la fórmula, los personajes, las “variables” en juego), mientras que la página derecha funciona como la «resolución» visual del problema”.

¿Con qué técnicas trabajaste? “Combiné técnicas digitales y analógicas. Siempre me gusta que mis ilustraciones contengan un componente táctil. En este caso, incorporé texturas de grafito, pinceles y tinta realizadas sobre papel -nos cuenta Marina Montero-. Después las integré digitalmente para aportar un acabado más orgánico. El digital me permite trabajar con la agilidad y rapidez necesarias para abordar un proyecto de este tipo. Para proyectos de otra naturaleza, sigo prefiriendo la pausa y la plasticidad del papel”.
Cuéntanos un poco más sobre el trabajo de elaboración de este libro. “Dediqué mucho tiempo a la investigación, especialmente cuando llegó el momento de ampliar la parte científica. Tuve que repasar conceptos y detenerme a comprender a fondo nociones que ya había olvidado. Precisamente eso es algo que valoro enormemente de esta experiencia, el haber recuperado el interés por materias que en su día me parecieron más ajenas. Poder mirarlas hoy con otra perspectiva y transformarlas en una propuesta creativa ha sido muy motivador y enriquecedor, sobre todo pensando en que pueda inspirar a otras personas a mirar la física con otros ojos”.
¿En qué trabajas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Actualmente estoy ilustrando un nuevo álbum con Quinto Quarto, la editorial que publicó el título original en italiano. En esta ocasión trabajo sobre un texto e idea de otra autora: un libro que explora los diferentes tipos de corazas y armaduras, desde las que existen en el mundo natural hasta las creadas por el ser humano. En paralelo, estoy desarrollando otro proyecto con la editorial que lo publica en España, Zahorí Books, en coedición con el CSIC, para la colección Mentes Curiosas”.
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