Entrevistas
Concha Pasamar nos habla de ‘Tiempo de otoño’
Tiempo de otoño es un álbum atemporal que recorre la belleza de los momentos aparentemente insignificantes y anima a vivirlos desde una mirada atenta al presente. Esa consciencia de lo pequeño que consigue suspender la fugacidad del instante se muestra aquí en un breve itinerario por los estímulos y sensaciones que la llegada del otoño provoca en la protagonista. Los cambios en el entorno y la naturaleza, que modifican también nuestras rutinas diarias, se presentan en un lenguaje poético, con ilustraciones en las que los colores se dosifican y acompañan un dibujo suelto y expresivo a carboncillo. La paleta cálida y la técnica natural refuerzan así el sentido de los textos que, sin mencionarlo, apuntan al hecho de que vivir es un recorrido en el tiempo. Este no es sino una sucesión de pequeños presentes llenos de sentido. Con estas palabras presenta la editorial Bookolia este álbum ilustrado, un trabajo de Concha Pasamar, con la que hemos charlado.

¿Cómo nace este proyecto? Concha Pasamar: “En esto ‘Tiempo de otoño’ no difiere de mi anterior libro como autora: surgió como trabajo personal del curso de álbum ilustrado de Marián Lario y, de hecho, es anterior a ‘Cuando mamá llevaba trenzas’, aunque se haya publicado más tarde. Pasó algo parecido en este caso: dejé preparado texto, storyboard, y algunas definitivas, y ahí quedó todo. La idea de “mover” el proyecto no era entonces prioritaria, y siempre tenía algo más entre manos que me justificaba en la postergación de la tarea de enviarlo a editoriales. En fin, el libro fue también fruto de un proceso de aprendizaje en el que elegí hablar de las sensaciones que esta estación produce y producía en mí. Me apeteció más emprender un álbum íntimo que fabular. Aunque hubo algunos ejercicios más propiamente narrativos e infantiles en aquel curso, elegí como asunto del álbum aquello de lo que me apetecía hablar en ese momento -era otoño, y el cambio me encanta, pero también me pone algo nostálgica-: los momentos sencillos, su belleza y su densidad”.
¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? “Creo que hallarán algunos puntos de conexión en aquello que experimentamos si vivimos en un entorno con estaciones bien marcadas, pero eso es tal vez lo más superficial. Creo que encontrarán, sobre todo, una llamada a vivir con atención al detalle, a dotar de intensidad a lo cotidiano. Esa intensidad, creo, puede compensar lo fugaz del paso del tiempo; al menos, a mí me permite prolongar el tiempo de otra manera, hacia el interior. Creo que el libro puede ser como un pellizquito para que uno se detenga más a menudo a disfrutar de una luz, una sensación, una compañía… Al parecer, encontrarán también algo de poesía en la combinación de imagen y texto, pero eso no lo he dicho yo 😉.”

¿Cómo son y cómo eran tus otoños? “Bueno, eran muy normales, en realidad -nos confiesa Concha Pasamar-. Como para todos, creo, suponían la vuelta a la rutina escolar, que nunca fue un motivo de tristeza para mí: se terminaban algunos privilegios del verano, pero llegaba el reencuentro con los amigos, los cuadernos nuevos, el frío en la cara, los colores cálidos, las salidas a buscar setas, el calor del hogar…; en fin, lo que aparece en el libro. Y no son muy diferentes ahora, la verdad: mi vida ha seguido siempre el ciclo escolar. Primero como alumna y luego como profesora, el año se renueva para mí al llegar el otoño (también literalmente, porque mi cumpleaños a menudo coincide exactamente con el equinoccio)”.
¿Qué fue lo más difícil en este proyecto? “Desde el punto de vista de la creación, no recuerdo que fuera un proyecto especialmente difícil de sacar adelante…No había ninguna presión y vi la forma que quería que tuviera enseguida. En el texto sí es cierto que hubo una reelaboración, porque primero hice una versión mucho más escueta, algo poética, pero más conceptual y por ello más opaca. Creo que fue bueno que Marián me señalara que podría ganar con mayor carga narrativa -aunque realmente tampoco hay mucha en la versión final-”.
¿Cómo estás llevando este último año extraño que hemos vivido y que seguimos viviendo? “Bueno, no puedo quejarme, porque he seguido trabajando; con cambios que requieren tiempo y esfuerzo, pero trabajando y en contacto también físico con los alumnos -nos cuenta Concha Pasamar-. Eso es mucho. También me ha acompañado hasta el momento la salud, a mí y a los míos. Y eso es muchísimo. Por lo demás, tengo la paradójica sensación de que el tiempo va a la vez despacio -no hay apenas hitos que despunten en las rutinas- y deprisa -¿ha transcurrido ya un año sin hacer nada especial en todo este tiempo?-. Siento que hay aspectos positivos, que me he refugiado aún más en lo sencillo y en la naturaleza, pero es inevitable el cansancio: echo de menos la compañía de muchas personas queridas, y la sensación de libertad. No es que quiera hacer nada demasiado especial -ahora mismo encuentro especial viajar a más de 50 km de mi casa, ver a mis amigos, asistir a un concierto, celebrar con la familia- ; pero sí me gustaría recuperar esa sensación de saber que si quisiera podría hacer todo eso, que ha ganado en significado, e incluso algo más”.

¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? Nos llama la atención también el uso del color que has hecho… ¿Con qué técnicas trabajaste? “Tal vez su naturalidad y su calidez, en varios sentidos. Creo que dibujé este libro de una manera muy intuitiva; cuando lo hice solo había hecho un curso breve de composición (era toda mi formación en ilustración) y no había abierto nunca un programa de ilustración digital -ni tenía intención de hacerlo, qué ilusa-. El carboncillo es un material que se ajusta bien a mi dibujo suelto, que permite rápidamente contrastes, que llena y que siempre me gustó (mi madre dibujaba con carboncillo a veces y lo probé muy pronto). Este álbum fue mi primer proyecto de ilustración, y me sentía más cómoda en una paleta limitada –sigo estándolo-, así que pensé que la calidez de la estación la podría poner el papel, la expresividad el trazo del carbón y los toques de color el pastel. Me costó mucho más dar con la forma para ‘Cuando mamá llevaba trenzas’. Digamos que en el uso del color me reconozco más aquí”.
¿Qué hay de diferente respecto a otros trabajos? “Realmente, no lo sé bien. Yo lo siento un trabajo muy muy mío –en la línea de ilustración que luego tuvieron también las imágenes de 9 Lunas (Poemas para esperarte), de Mar Benegas (Litera)-. Como cronológicamente es el primero y no pensaba tampoco en su publicación, desde mi perspectiva diría que lo que este álbum tiene de especial para mí es que fue un acercamiento totalmente libre y personal al género -afirma Concha Pasamar-. Desde ese mismo punto de vista, casi diría que los diferentes son algunos de los que vinieron después, aunque se publicaran antes, sobre todo aquellos en los que utilicé una paleta amplia y viva – digital o manual-. Si hablamos del álbum en su conjunto, podría decirse que tal vez sea más sensorial -aunque igual de íntimo- que ‘Cuando mamá llevaba trenzas’”.


Háblanos un poco del proceso de elaboración de este libro. “Como he comentado, seguí a rajatabla las pautas del curso de álbum durante unas semanas en las que estudié personaje y ambientes, hice y revisé el storyboard y llegué a terminar unas siete u ocho ilustraciones. Luego el libro quedó en barbecho y seguí con mis cosas”.
“Se lo mostré a Luis Larraza, de bookolia, si no recuerdo mal, mucho después, tras terminar ‘Cuando mamá llevaba trenzas’, y lo quiso publicar –tengo que agradecer esa confianza en estos álbumes de sensaciones-. Así que tuve que retomar las ilustraciones restantes varios años después (en otoño de 2019) -continúa Concha Pasamar-. Temí que mi manera de hacer hubiera cambiado, pero creo que el propio material me condujo enseguida al mismo trazo. Como ya todo estaba planteado, fue rápido –el material se presta también a ello, creo-. A continuación replanteé las guardas, la página de créditos/portada y la cubierta. Además, preparé numerosas sugerencias para enlazar la lectura y la experiencia, que están accesibles a través del QR de la cubierta.

¿Qué dirías que has aprendido con este proyecto? “Lo aprendí casi todo sobre la elaboración de un álbum en cuanto a su estructura y su proceso, también sobre el engarce de texto e imagen en el libro álbum”.
¿En qué estás trabajando ahora? “He entregado ya las ilustraciones para un álbum de Paula Merlán con Cuento de Luz y estoy terminando de dar forma con Luis Larraza, de bookolia, a un romancero de Paloma Díaz-Mas; ambos libros verán la luz a principios de este otoño. Dos trabajos muy ilusionantes y diferentes que me han hecho disfrutar mucho, de maneras muy distintas. También estoy en fase de documentación y planificación de un libro de no ficción para A Fin de Cuentos sobre un tema apasionante -tiene que ver precisamente con el poder transformador de la palabra escrita-, y retomando un proyecto precioso -ya encauzado- con texto de Pablo Echart, que saldrá con Triqueta en 2022”.
“Y sin preverlo, resulta que de otro curso fantástico de Marián Lario ha salido una nueva idea a la que he conseguido poner palabras y un primer storyboard, y parece que ya ha encontrado casa -afirma Concha Pasamar-. Voy escribiendo también otras cosas, sin prisa…Veo con claridad que, si se riega y se cultiva con constancia, la creatividad no deja de dar brotes, aunque haya estado en letargo mucho tiempo, como en mi caso”.
“Y recibo otras propuestas interesantes e ilusionantes, pero una llega a lo que llega y debo dosificar. Mi trabajo me impone muchas limitaciones porque la docencia y la investigación –actividades que tienen también sus dosis de creatividad- terminan siempre robando espacio al tiempo libre, especialmente en estos dos últimos cursos tan extraños y demandantes, así que iremos poco a poco con unas cosas y otras, porque sencillamente vivir también es importante”.
Cómic
Mathias Martinez nos invita a su singular parque de atracciones
‘¿Qué hora es? ¡Es la hora de divertirse!’. Ese es el lema de CLOCKI, la mítica mascota con forma de despertador que durante décadas marcó la hora de la merienda a millones de niños frente al televisor. Nacido como héroe de cómic, alcanza la fama en 1932 con Clocki y el reloj parlante, el primer cartoon sonoro y en color de la historia del cine, y se convierte en una auténtica estrella. En 1955, en la cima de su popularidad, se inaugura Clockilandia, un parque de atracciones que promete ser el paraíso definitivo del entretenimiento. Pero tras ese relato de ensueño podría esconderse una realidad mucho más oscura.

En ‘Clockilandia’, Mathias Martinez reconstruye la memoria de un parque imaginario para mostrar la cara oculta de su éxito. Cada capítulo sigue a un personaje distinto -una mascota, un aficionado a las atracciones, una ex empleada y una niña- que da testimonio de un momento clave de su historia. Inspirado en cartoons de los años 30 de los estudios Fleischer, Martínez retuerce ese imaginario hasta lo grotesco: dibujos que gotean, decorados que se derriten y perspectivas deformadas como una película quemada en el proyector, creando una atmósfera tan fascinante como inquietante. Con Mathias hemos charlado un poco más sobre su trabajo en este proyecto.
¿Cómo nació este proyecto? “Desde niño, siempre me han fascinado los parques temáticos, pero siempre he sentido cierta inquietud al ver sus maquetas de cartón y sus sueños empalagosos. Quería hablar de este sentimiento que creo que comparten muchas personas, y de la felicidad un tanto forzada que se siente en estos lugares, ¡porque la entrada es carísima! En lugar de apoderarme de un parque ya existente, decidí crear el mío propio, como un niño jugando con bloques Kapla o Lego. ¡Disfruté muchísimo siendo un poco megalómano en este proyecto!”, nos cuenta Mathias Martinez.

¿Qué encontraremos en este libro? “Esta novela gráfica narra la historia de Clockilandia, un parque temático analizado desde sus inicios y su época dorada hasta su declive y su inevitable final, porque, obviamente, todo lo bueno tiene un final. También encontrarás las emotivas historias de las personas involucradas con el parque: sus empleados desilusionados, sus mascotas melancólicas, sus niños desencantados y sus padres hastiados. Pero también descubrirás hermosas historias de amor y amistad”.
¿Cómo fue el proceso de creación del libro? Me refiero a la fase de investigación, las pruebas, incluso los bocetos en el cuaderno… “Pasé mucho tiempo buscando la forma ideal para la mascota de mi parque, algo que evocara a Mickey Mouse sin ser demasiado similar, y que no se alejara demasiado de mi idea inicial de crear una historia sobre el fin de la infancia y esos espacios atemporales que son los parques de atracciones. Mientras buscaba ideas visuales para el libro, redibujé muchas mascotas antiguas japonesas y estadounidenses, y cuando no se me ocurría ninguna buena idea, redibujé un pequeño despertador Fisher-Price que tenía en mi escritorio. Entonces se hizo evidente: la mascota de Clockilandia tenía que ser un despertador”, asegura Mathias Martinez.

Cuéntanos algo sobre las ilustraciones. “Quizás el carácter altamente ilustrativo de Clocki sea aún más evidente porque está inspirado más en los libros ilustrados infantiles que en los cómics. Una de mis principales inspiraciones para este trabajo son los libros de principios del siglo XX de Benjamin Rabier, o los libros de Bécassine; no sé si son conocidos en España, pero les animo a leerlos o releerlos. En estas historias, el texto está en voz en off, como en algunos capítulos de Clocki. También hay un aspecto ligeramente megalómano en ello; es como si me dirigiera directamente al lector como autor. Este estilo narrativo un tanto anticuado me resultó divertido”.

Cuéntanos algo sobre la técnica utilizada en este libro. “El libro fue dibujado completamente con tinta azul y luego coloreado en Photoshop -continúa Mathias Martinez-. Mi cómic, con sus tonos naranjas y azules, recuerda a los antiguos libros infantiles de los años 50, y también evoca el año en que se creó la mascota Clocki y los dibujos animados que la inspiraron. Mis editores franceses, Misma, hicieron un trabajo increíble en las páginas para lograr colores intensos y diferenciarlos, y mis editores españoles, La Granja, mantuvieron la misma dirección artística y añadieron un mapa real del parque, ¡que me parece fantástico!”
¿Cómo fue el proceso de creación de este libro? “Me llevó tres largos años crearlo. Hubo momentos increíblemente alegres y otros muy estresantes. Mis editores me ayudaron muchísimo durante todo el proceso, que a veces resulta desalentador, ¡pero realmente vale la pena! Después de terminar mis estudios de arte, cuando empecé con Clocki, estaba buscando mi propia voz, ¡pero encontré en Clocki caminos que me encantan! Fue una experiencia muy formativa para mí. Creo que se puede sentir esta progresión narrativa, cómo gano más confianza a medida que avanzan los capítulos, lo cual me gusta mucho”, confiesa.

¿En qué estás trabajando actualmente? ¿Un nuevo proyecto? “Actualmente estoy trabajando en otra novela gráfica que publicará la misma editorial. Tratará sobre ratones, un libro hecho de queso, la transmisión del conocimiento y la memoria colectiva. Será un libro sobre libros y un homenaje a sus lectores más fieles: ¡estará dedicado a quienes aman tanto los libros que literalmente devoran sus páginas! No diré nada más sobre este futuro proyecto, y me llevará tiempo terminarlo, ¡pero estoy deseando enseñárselo!”
Álbum Ilustrado
Ramón París acompaña en su viaje a ‘Amiga gallina’
Perro, cerdo y gallina no conocen nada más allá del cercado de su corral. Un día, muertos de aburrimiento, sienten que ha llegado el momento de salir a explorar. Aunque a gallina esta idea no parece hacerle ni pizca de gracia. Acompaña a estos tres amigos en una aventura a través de ríos, montañas y bosques y déjate guiar por la determinación de perro, el asombro de cerdo o la cobardía de gallina. ‘Amiga gallina’ es un cuento dulce y divertido que nos recuerda que lo más importante son los amigos, a pesar de sus defectos o, quizás, exactamente gracias a ellos. Un álbum ilustrado de Juan Arjona y Ramón París que edita A buen paso. Con Ramón hemos charlado un poquito más sobre este libro.
¿Dónde está el origen de este proyecto? “Arianna Squilloni, la editora de A buen paso, y yo coincidimos en una feria de libros en Miami y me comentó que tenía un proyecto en el que había pensado en mí. Una vez de vuelta ambos en Barcelona nos reunimos y me propuso trabajar una reedición de este cuento”.

¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? “Una historia de tolerancia, aceptación y amor incondicional de la amistad. Pero dicho así suena muy formal; es una aventura de 3 amigos que salen de viaje con muchas, muchas ganas hasta que las cosas se tuercen y la solución a sus problemas llega de la manera más inesperada”, afirma Ramón París.

¿Cómo fue el trabajo previo al libro? Me refiero a esa fase de investigación, de pruebas, no sé si de dibujos en algún cuaderno. ¿Cómo nacen estos personajes? “Una vez me leí la historia y supe que los personajes eran un cerdo, un perro y una gallina, empecé a hacer bocetos en distintos cuadernos, papeles, técnicas, sin demasiado orden; sencillamente todo lo que dibujaba en mis momentos de ocio eran esos 3 animales. Nunca dibujé el entorno o dónde iban a convivir, creía que eso llegaría luego. Hasta que en un momento dado empezaron a aparecer los mismos, es decir, los hiciera como los hiciera empezaban, sospechosamente, a parecerse: el mismo cerdo, el mismo perro, la misma gallina. Casi como si se impusieran en mí. Así que los dejé ser; «supongo que estos son», me dije”.

¿Con cuál de los tres te identificas más? “Supongo que con el cerdo, que se apunta a cualquier plan y vive un poco más distraído -confiesa Ramón París-. Así voy yo por la calle: sé hacia dónde quiero ir pero me pierdo en el contexto”.
¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? ¿Qué hay de nuevo o diferente con respecto a otros trabajos? “Creo que el recurrente universo animal, que claro, trabajando para literatura infantil no es que sea el más original. Pero sí, dibujo muchos animales todo el tiempo, hago serigrafías de ellos, talleres; a lo mejor debí estudiar zoología o algo parecido, aunque uno nunca sabe si hubiera acabado en el mismo sitio. Lo que sí es que experimenté con una técnica nueva, por más que la realicé en digital. ¿Se puede hablar de diferentes técnicas si tu entorno de realización casi siempre es digital, en una tableta? Hmmm… bueno, igual sí, o por lo menos yo lo sentí totalmente diferente -continúa Ramón París-. En el libro anterior, El hombre dorado, había usado una escala cromática muy limitada buscando una metáfora de la estampación serigráfica. Para ‘Amiga Gallina’ son lápices de colores, trazos con más textura, colores menos planos y línea más discontinua. Vuelvo a usar la doble página para hacer ilustraciones desplegadas a todo lo ancho y largo de página y contar desde la totalidad del formato”.

Cuéntanos un poco más sobre el trabajo de elaboración de este libro. “Una vez tuve los personajes empecé con la travesía; literalmente, de eso va: es un viaje, una road movie. Perro y cerdo, que se mueren de aburrimiento, deciden echarse una escapada para ver qué hay más allá; querían tener una aventura que los sacara de su hastío. Gallina duda, pero ante el temor de quedarse sola prefiere irse con sus amigos y vivir la experiencia con angustia. Partiendo del relato de Juan Arjona y de las evocaciones al entorno que hacía, decidí unirme a la aventura a ver adónde me llevaban los animales y realicé una primera secuencia de imágenes a ver como funcionaba la historia, más machas y composición que otra cosa. Luego busqué inspiración en los campos en los alrededores de donde vivo, Cardedeu, y fui construyendo una ruta imaginaria con ancla en la realidad”.


“Siempre trato de dibujar desde mi experiencia personal porque me sirve de apuntador. Hay imágenes que pertenecen a mi entorno y hay otras que quisiera que ya pertenecieran, aderezadas con recuerdos de mi infancia, paisajes en los que estuve. Y así salieron los entornos por los que discurre la historia. Lo demás, un poco más de lo mismo: horas de trabajo hasta que terminaba de perseguirme y dejaba tranquila cada ilustración para que viviera su vida sin mis constantes intervenciones”, nos cuenta Ramón París.

¿En qué trabajas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Acabo de terminar un libro para una editorial americana sobre el sonido; después de un par de meses de intensidad estaba en proceso de recuperación. Y el futuro lo tengo lleno de proyectos, a ver cuál termino: suelo ser bastante disperso y salto de un lugar a otro todo el tiempo, por eso me cuesta sentarme a desarrollar cada proyecto, y si a eso le sumamos todos los micro proyectos en el área de animación y diseño para mantenerme a flote, pues muchos quedan en el tintero. Espero poder terminar una biografía ilustrada que estoy haciendo de un científico del siglo XVIII, la cual además estoy escribiendo yo mismo. Ya veremos…”
Cómic
Antonio J. Jiménez y el miedo a las bombas literales y metafóricas
La vida de varios personajes se cruza un día cualquiera, un 22 de marzo, en el que, como en todos, el sol viene por el este y, antes de que se vaya por el oeste, habrá quien se enamore, quien pierda a un amigo, quien cuide de su madre enferma, quien nazca, quien llegue al trabajo tarde y cansado de todo. Un día en el que todo puede cambiar, mientras en otro lugar (siempre en otro lugar), las bombas caen, y el fin del mundo parece posible. Mientras los medios de comunicación informan de los conflictos que asolan medio mundo, varios personajes nos muestran cortes de su cotidianeidad: sus trabajos, sus relaciones sociales, sus desamores. En el futuro, en forma de un magistral prólogo, la amenaza se materializa en forma de bombas cayendo y vidas en peligro. El fin del mundo que nadie quiere ver.
Cada capítulo de ‘Viene del Este’ recorre las 24 horas del día y aborda una problemática contemporánea: el individualismo; la ceguera mental; la enajenación que provocan las nuevas tecnologías; la percepción selectiva. Mecanismos de evasión para seguir con la vida. De este cómic hablamos con su autor, Antonio J. Jiménez.

Lo primero, cuéntanos cómo nace este proyecto. “La forma primigenia de este proyecto era la de una recopilación de las distintas historias cortas que había ido dibujando desde que empecé a hacer cómics. Muy pronto, debido a mis propias inquietudes, esto derivó en algo mayor: el contar un día completo en una ciudad indeterminada, a través de las rutinas entrelazadas de sus habitantes. Este escenario común, temporal y físico, me permitía añadir muchas más capas de información a las tramas básicas de esas historias que ya tenía dibujadas. Además, al entrecruzarlas, todas se enriquecían recíprocamente”.
¿Qué encontrarán los lectores en las páginas de este libro? “Salvando las distancias, un espejo de la sociedad actual, con sus defectos y sus virtudes. Condensado, como decía antes, en el paso de un día completo en una ciudad occidental. Creo que en función del diálogo que el lector mantenga con el libro, el reflejo de ese espejo será más fidedigno o distorsionado”, afirma Antonio J. Jiménez.
Actualmente y desde hace, por desgracia, bastante tiempo, ese sonido de bombas se escucha en muchos puntos del mundo. ¿Cómo influye todo eso también en este cómic? “Vivimos tan sobreinformados que cada vez es más difícil hacernos reaccionar. Las palabras se repiten hasta el punto que han perdido su significado, como dice el prólogo. Estamos insensibilizados. Parte de este libro se ha construido a partir del miedo a las bombas literales y metafóricas de las que nos advierten constantemente; pero también a partir de la reflexión sobre la indiferencia que hay cuando las bombas no caen sobre nuestras propias cabezas”.
Todo esto se refleja también en tu trabajo de una forma singular, por ejemplo con las noticias de la radio que en el cómic se convierten en frases que atraviesan las viñetas… Háblanos un poco de este recurso. “Hilando con la pregunta anterior, el contexto informativo de aquel día concreto fue vital en mi proceso creativo. Las noticias que podemos ver de fondo en las historias no alteran las tramas de los personajes, pero sí provocan un runrun de fondo, que pretende trastocar el cómo el lector se relaciona con el libro -continúa Antonio J. Jiménez-. Como en nuestro día a día: puede que nuestra rutina sea la misma hoy que dentro de tres semanas, lo que cambia de ese día es el cómo percibimos la realidad del mundo a través de los móviles, noticias, informativos, publicidad, etc.”

¿Cómo fue el trabajo previo al libro? Me refiero a esa fase de investigación, de documentación, de pruebas, no sé si de dibujos en algún cuaderno… “Como dije al principio, algunos de los capítulos ya estaban dibujados como historias cortas. Una vez que decidí que quería que todas formaran parte de algo mayor, empezó una revisión y reestructuración de estas, manteniendo la esencia original de cada una. Esta revisión incluyó una sincronización de todas en el tiempo, junto con algunas nuevas que terminaron de hilarlo todo. Con un guión más o menos armado, elegí el día en el que sucedería la historia: el 22 de marzo de 2024. En este se daban varias condiciones que me resultaban evocadoras. Así, recopilé toda la información que pude sobre los eventos que discurrieron por aquellas 24 horas. Y con todo esto, empecé a dibujar. Finalmente en la novela gráfica ha acabado entrando una pequeña parte de todo lo recopilado, pero creo que a mí, a nivel vital, me influenció en mi proceso creativo. De algún modo mitifiqué el día”.
¿Qué dirías que ha sido lo más difícil a la hora de acercarse a este proyecto? “La propia constancia que supone hacer algo largo. El sacar tiempo y dedicación para ver cómo avanza muy poco a poco. Sacar adelante un proyecto así me ha hecho relacionarme con él de una manera, en ocasiones, obsesiva. Llegue exhausto al final del proceso”, confiesa Antonio J. Jiménez.

¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? ¿Qué hay de nuevo o diferente con respecto a otros trabajos? “Creo que este libro me ha servido para terminar de definir mi propia voz. A nivel artístico siempre he tenido el mismo estilo, pero aquí he podido experimentar con muchos tipos de composiciones de página, microcambios estilísticos, uso del color o calidad de línea. Además de definir el cómo se pueden contar infinidad de cosas a través de una escena aparentemente cotidiana”.
Una de las cosas que más nos llaman la atención y también más nos gustan es ese salirse de la viñeta tradicional, hay muchas páginas que son una sorpresa, pueden ser los planos cenitales siguiendo los pasos de algún personaje, los sonidos, los tamaños cambiantes de las viñetas, bocadillos que se cortan, los mensajes de WhatsApp,… danos algunas pinceladas de estos recursos. “La idea formal de la que parte el libro es que cada historia jugara con una estructura básica de viñetas, que fuera distinta entre ellas, en función de cómo se percibía el paso del tiempo en cada rutina. Esta estructura la rompo siempre que es necesario, a favor de la narración. De ahí que haya ciertas sorpresas para el lector, como las que comentas. Del mismo modo, quería que el libro reflejara esa sobreestimulación en la que estamos inmersos, ese querer profundizar en algo que nos ha llamado la atención, pero perder el hilo de pensamiento porque un nuevo estímulo nos llega por otro lado”, nos cuenta Antonio J. Jiménez.

Y otro recurso son esos cuadrados que te llevan como a otra escena, a otro espacio, a otra historia… “Ese recurso es algo que me sale de manera muy natural. Es un modo de hacer una descomposición más detallada del tiempo o de un espacio, contando varias cosas en paralelo, algo que solo permite el cómic. Volviendo a esa sobreestimulación de la que hablaba antes, este recurso podría ser una síntesis de cómo percibimos la realidad actualmente, con capas y capas de información”.
Y las páginas de la librería… juegas con la distribución de la página y con portadas de otros cómics y libros que esbozas, podríamos decir, pero que son identificables, al final parece que las viñetas son estanterías… Háblanos un poco de cómo se te ocurrió esta idea y del modo de resolverla… “Dicha doble página es una pincelada a la cantidad de novedades que salen hoy día, con una calidad indudable, y que a veces pasan desapercibidas por el ritmo de publicación frenético de algunas editoriales. El porqué están dibujadas así prefiero no revelarlo pues, por poco que el lector se fije en las páginas previas y posteriores, intuirá la razón. En general en el libro no hay ninguna decisión estilística y narrativa que no estén ahí sin una razón, descubrirlas es parte del juego que propongo, y de algún modo va en contra de ese consumo rápido en el que nos están domesticando. Aun así, siendo consciente de la realidad, intenté hacer un libro que fuera agradable desde su primera lectura”, asegura Antonio J. Jiménez.

¿Con qué técnicas trabajaste? “Debido a que viajo bastante y mi zona de trabajo suele cambiar constantemente, estoy acostumbrado a hacer todo en digital. Aunque, ya que al principio trabajaba en analógico, en mi método sigo las fases típicas del proceso de hacer un cómic: guión, storyboard, lápices, tinta y color. No obstante mantengo un diálogo bastante fluido entre todas estas partes, permitiéndome improvisar más o menos en función de cómo quiero contar cada página”
¿En qué trabajas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Actualmente he retomado la fase de investigación y guión de un proyecto que tenía a medias antes de embarcarme con ‘Viene del Este’. Puedo decir que está conectado con él y en algunos aspectos es su antítesis, pero está en una fase muy precoz como para dar más pistas. Todo ello lo estoy compaginando con diversos encargos de ilustración que voy recibiendo”.
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