Entrevistas
Juan Palomino nos abre esta ‘Cajita de fósforos’
Una cuidada selección de la mejor poesía infantil no rimada en Hispanoamérica, desde Jorge Luis Borges a María José Ferrada, enciende la llama de esta singular ‘Cajita de fósforos’. Así nos presenta la editorial Ekaré este fantástico libro ilustrado por Juan Palomino, con el que charlamos sobre su trabajo en este proyecto.
¿Cómo nace este proyecto? Juan Palomino: “Te puedo contar cómo llegó a mí, porque creo que su historia es muy larga, y empezó con una investigación de Adolfo Córdoba. Para mí comenzó cuando me contactó Pancha Mayobre, de Ekaré. Después de no habernos podido ver durante la FIL de Guadalajara en el 2018, nos encontramos más bien en la Ciudad de México, unos días después. Cuento esto porque creo que desde que nos vimos, en una reunión más bien festiva y cercana que lo que en general se espera de una junta de trabajo, se formó un vínculo íntimo entre nosotros y con el proyecto. Me explicaron ahí de qué iba todo, y me emocionó la noticia por varias razones: era un gusto poder trabajar con Ekaré, que tiene libros muy bonitos y cuidados, se trataba de ilustrar poesía, cosa que a mí me gusta aunque me da inseguridad hacer; era una selección de Adolfo Córdoba, que además de amigo es un gran conocedor de la literatura infantil, poeta él mismo; y, quizá la más importante, el reto era que la imagen, que me tocaba a mí hacer, tenía que generar un vínculo gráfico, entrelazar de algún modo los poemas, que aunque independientes, resuenan unos en otros. Para mí eso era una tarea muy interesante, aunque también difícil”.

¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? “Creo que el título del libro es muy afortunado. Tiene el espíritu de esas cajitas, algunas de fósforos y otras no, en las que de niños guardamos objetos que por alguna razón nos parecen valiosos. Son objetos de naturaleza diversa, pero cada uno es un pequeño universo, una experiencia, un recuerdo. Los une, de un modo misterioso, aunque con una armonía extraña, estar juntos ahí, ser la forma concreta de una red de la memoria, de sensaciones, de la experiencia íntima”.
“Este libro es una selección de poemas no rimados de autores y autoras de 10 países de Iberoamérica, que abarcan un siglo de poesía -continúa Juan Palomino-. Cada uno resuena en el anterior, y cada uno, como los objetos de una cajita de tesoros, es una huella, un fragmento de un mundo mayor que al mismo tiempo que se basta a sí mismo se abre hacia afuera, se expande y se comunica con los otros, del mismo modo en que en una cajita de tesoros los objetos son parte de una red que no se muestra mas que al verlos en conjunto”.
“Las imágenes que los acompañan buscan estar en armonía con el tono de cada uno, al mismo tiempo que conservan y potencian las conexiones sutiles entre ellos, en un juego de significación y resignificación de los objetos que aparecen, reaparecen y se transforman”.

¿Qué tiene de especial o diferente ilustrar poesía? “Ilustrar poesía, para mí, es donde el diálogo posible entre palabra e imagen encuentra su dimensión más rica. No quiero decir con esto que en otros diálogos texto-imagen no pueda darse el mismo juego, pero en el caso de la poesía ilustrada se evidencia su necesidad, y su potencia. Cuando empezaba a explorar este oficio, Fabio Morábito me dio la oportunidad de ilustrar un libro con sus poemas. Yo era muy novato e inexperto, y recuerdo de esa experiencia que él me dijo que un poema solo se puede ilustrar con otro poema. Creo que eso es cierto en la ilustración en general, y más claramente cuando se trata de ilustrar poesía”.
“En un poema el lenguaje se abre, se muestra en su aténtico carácter polisémico, inacabado. Un poema no es unívoco, no tiene un mensaje concreto, definido, qué transmitir -asegura Juan Palomino-. En el poema las palabras y los versos no son solo lo que inmediatamente leemos. En el poema hay juego, ritmo, música. Es al mismo tiempo el abismo que contienen las palabras y su pura superficie, su sonido. La imagen que ilustra un poema tiene que ser fiel a eso. Su pretensión no puede ser la de decodificarlo, traducirlo, explicarlo, completar su sentido. Hacerlo mataría lo que hay vivo en él, su naturaleza abierta, dinámica, floreciente. Para ilustrar un poema es necesario, creo, pensar que la imagen gráfica es también imagen poética. Lo que aparece en ella debe disparar hacia afuera y hacia adentro, no agotarse en lo que vemos. Tampoco puede ser el resultado de una autopsia del texto, ni su punto final. La ilustración de la poesía es más bien un diálogo de sensibilidades, de semillas que germinarán en la lectura. Su papel es el de ser una especie de caja de resonancia de lo que hay en el poema, y también el de generar su propia música, su propio juego”.
¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? “Creo que lo particular fue el proceso de generar una especie de universo compartido para las imágenes que acompañan cada poema, que no fue creado para leerse con los demás de esta antología. La forma que tenía la selección que hizo Adolfo fue un buen punto de partida. Lo que determina el acomodo particular de los poemas es que hay alguna palabra, alguna idea o metáfora que salta de uno a otro, como si la llama de cada fósforo encendiera al que tiene al lado. Lo que hice para pensar en el hilo de las imágenes de este libro fue apropiarme de ese principio, y establecer una serie de objetos que al mismo tiempo que se mantenían, de algún modo, se iban transformando en una especie de secuencia sugerida por los poemas, pero también por la lógica misma de las imágenes, de lo que había acontecido antes -nos cuenta Juan Palomino-. Lo que permitió este camino es que la forma final de las imágenes fuera el resultado de un juego que no estaba totalmente determinado por lo que pasaba en cada poema, que tenía su propio sentido misterioso y oculto incluso para mí. De este modo, había una especie de conjunto de reglas que disparaba las imágenes por fuera de la determinación absoluta que podía esperarse por su convivencia con un poema u otro, al mismo tiempo que, en cada caso, era como si en cada parada los personajes y objetos que aparecen en ellas tuvieran una conversación distinta, como si los poemas alteraran sus formas y significados sin eliminar su propia inercia, su camino futuro y su pasado. Al final, entonces, una misma forma acumula en la secuencia los sentidos que tuvo en las anteriores, en un juego de significados que acompaña el juego de los poemas y de los puentes más o menos arbitrarios entre ellos”.

¿Qué hay de diferente respecto a otros trabajos? “El proceso, totalmente -afirma Juan Palomino-. A pesar de lo que he dicho antes tengo, por personalidad y formación, el hábito perverso de intentar traducir en imagen todo lo contenido en los textos que ilustro. Me cuesta mucho trabajo darle espacio al juego y al accidente, y en general construyo imágenes como si fueran un mecanismo muy planeado de relaciones entre objetos, formas, colores.
En este caso, y dado que la tarea era ilustrar poesía, tenía la responsabilidad y la necesidad personal de enfrentarme con esos hábitos, y para esto, establecer una serie de reglas, un juego con sus reglas, me permitió generar un diálogo más interesante entre los poemas y sus imágenes, al mismo tiempo que era una forma de obligarme a tomar caminos cuyos finales no podía prever”.
“En cuanto a lo plástico, en este libro, como en otros también recientes, he intentado usar cada vez más materiales y técnicas tradicionales, con composiciones que tampoco están determinadas desde el principio, sino que se construyen más orgánicamente a partir de los elementos que sé que van a habitar cada imagen. De este modo hay caminos conceptuales y formales que escapan de mi control y permiten encuentros y valores más complejos”.
¿Con qué técnicas trabajaste? “En general son una mezcla de monotipias con dibujos hechos con distintos materiales. Cuando sabía más o menos qué va a haber en una imagen, hacía muchos dibujos separados que luego digitalizaba y componía para construir la ilustración final”.

Háblanos un poco del proceso de elaboración de este libro. “Para mí el peso más importante en el proceso de ilustración de un libro está en la lectura -confiesa Juan Palomino-. En darle la atención y el tiempo necesario para que esa lectura sea profunda, pero sobre todo íntima. Creo que cuando un ilustrador llega a este punto tiene recorrido gran parte del camino, porque las imágenes que surgen de una relación íntima con un texto, en la que se cruzan las sensibilidades de los autores, y no solo sus superficies, es posible crear imágenes que hablen también íntimamente a los lectores, y no se agoten de inmediato. Lo que siguió a eso fue, por un lado, empezar a pensar en una estructura gráfica que conservara y potenciara la lógica existente en la ordenación de los poemas, y que al mismo tiempo permitiera relacionarse con cada uno”.
“A mí me gustaba mucho la relación de los poemas con esos objetos que generalmente dejamos de tener cuando crecemos, pero que son tan importantes y preciados en la infancia. Empecé mi proceso pensando que quería usar en las imágenes objetos que hicieran referencia a los que solemos poner en este tipo de cajitas. Plantear un diálogo entre mis objetos de la infancia y sus significados posibles con lo que había en los poemas. Sin embargo, abandoné parcialmente ese camino cuando, leyendo el poema de María Elena Walsh que le da nombre al libro, tuve una especie de revelación sobre la naturaleza de las cajitas de tesoros, y su relación con la palabra en la poesía -cuenta Juan Palomino-. En él, María Elena dice que los adultos no saben apreciar los objetos que ponemos de niños en esas cajitas. Botones, pelusas, pedazos de hilo no tienen valor por sí mismos. Pero la razón por la que los ponemos ahí no necesariamente está basada en las formas de valoración adultas, consensuales. Son valiosos para nosotros porque encontramos en ellos algo particular, porque podemos verlos por sí mismos, pero también porque señalan otras cosas, nos gusta una canica porque es un pequeño mundo, un pedazo de hilo porque nos remite al lugar o la circunstancia en la que lo encontramos. De este mismo modo, creo, funcionan las palabras en los poemas, y los poemas mismos. En un poema las palabras y los versos se abren hacia afuera y hacia adentro de sí mismos. No son solo lo que inmediatamente nos parece que son, al mismo tiempo que un poema nos permite apreciarlas en su forma, en su sonido, en su superficie. La poesía las sacude y las vuelve a la vida”.
“A partir de esto, y de la lógica interna de la antología, en la que una palabra salta de un poema al otro, pensé en un juego gráfico posible en el que una serie de formas aparecieran y reaparecieran a lo largo de los poemas conservando a veces su significado, a veces transformándose. Así, el círculo que sugiere un globo es también la undulación que produce un objeto al caer al agua, y también es estrella, luciérnaga, ojo, fósforo apagado. Con este dispositivo podía dialogar de forma específica con los poemas, y también conservar algo de lo que había pasado en imágenes anteriores, o anunciar transformaciones futuras. Así, las formas y las imágenes serían como las palabras en los poemas, y también como los objetos en una cajita de tesoros”.
“A esta lógica le sumé un par de personajes, una niña y un niño, que interactuarían con las formas y con los poemas para tener un sentido más narrativo a lo largo del libro, una especie de hilo formal, conceptual, y también una especie de historia, un vaivén entre lo que hacía la niña y el niño, entre la noche y el día, entre lo claro y lo oscuro, entre el fósforo prendido y apagado. Al final son estas formas, y los poemas, los objetos dentro de la cajita, y el libro la cajita misma”.

¿Qué dirías que has aprendido con este proyecto? “Para mí, lo más interesante en el proceso que seguí con este libro, es que una vez que se encuentra o se determina una serie de reglas del juego que determinará el funcionamiento de la narrativa gráfica, es que lo que sigue es más una tarea de escucha, de obediencia y de cuidado de lo que está sucediendo, que un camino trazado conscientemente por uno mismo hacia un fin que aunque no conocemos se puede prever, y controlar. Creo que esto fue lo más valioso en mi aprendizaje. Por un lado, dejar de pensar, de una forma más radical y profunda, que una imagen tiene que decir lo mismo que dice el texto. Pensar en otras formas de acompañarlo, de dialogar con él, de plantear tensiones y armonías. Y por otro, encontrar maneras, trucos, trampas que se puede poner uno mismo y que permiten tomar esa distancia, recorrer el camino de la ilustración más como una exploración en la que vamos encontrando cosas, y en la que la tarea es más cercana a estar atentos a lo que sucede más que a construir con un plan, a pesar de lo que encontramos”.
“Últimamente pienso que dibujar, ilustrar, crear, es más una cuestión de establecer condiciones que permitan un acontecimiento que diseñar y llevar a cabo un camino preestablecido -firma Juan Palomino-. No creo estar todavía a la altura de mis propias ideas, pero ha sido revelador pensar mi trabajo desde ese lugar, que es bastante distante del que solía ser mi punto de partida”.
¿Con qué versos te quedas de los que aparecen en esta selección? “Me quedo con el poema de María Elena Walsh. Fue el que abrió la posibilidad de una relación íntima con el libro, y también el que inspiró el juego que determinó la forma en la que funcionarían las imágenes”.
¿En qué estás trabajando ahora? “Estoy trabajando en un par de libros álbum para niños. La pandemia ha volteado todo de cabeza, y ha sido complicado retomar ordenadamente los proyectos, pero espero terminarlos pronto. Por otro lado, doy clases en una universidad, lo cual es una dimensión importante de mi experiencia de la profesión. Lo que me interesa en estos momentos es tomarme un tiempo para asentar y poner en práctica las cosas que he aprendido teóricamente en los últimos años. Nunca he sentido que soy dibujante, y me gustaría aprender a dibujar más, sin la necesidad de textos o narraciones. También quisiera hacer un libro o una serie de libros que exploren las posibilidades del diálogo texto-imagen. Me interesa mucho el libro álbum como formato y como género, creo que hay muchas posibilidades por explorar ahí”, concluye Juan Palomino.
Álbum Ilustrado
Pierre-Emmanuel Lyet nos habla de su trabajo en ‘Indomable’
Una niña toma una decisión: abandonar el mundo de los adultos y fundar su propio reino. Salvaje, valiente e indomable, construirá una fortaleza en su cabaña del árbol y gobernará con sus propias leyes. Allí todo estará permitido: no habrá horarios, ni órdenes ni reglas. Rodeada de sus peluches, se siente feroz como una leona, guerrera y libre. Sin embargo, incluso los reinos más poderosos esconden desafíos inesperados cuando cae la noche… ¿Qué estarán haciendo los demás? ¿Se habrán acordado de ella? ‘Indomable’ es un álbum sobre el deseo de libertad, la imaginación infantil y el delicado equilibrio entre la independencia y el cariño de quienes nos esperan en casa. Con estas palabras describe la editorial Kókinos este libro de Morgane de Cadier y Pierre-Emmanuel Lyet. Con éste último charlamos un poquito más sobre este proyecto.

¿Cómo surgió este proyecto? “El proyecto comenzó cuando la editorial me invitó a ilustrar el libro y me envió el texto de Morgane”.
¿Qué podemos encontrar en este libro? “El libro reúne un texto poético e ilustraciones vibrantes que, espero, transporten poco a poco al lector a otro mundo”, nos cuenta Pierre-Emmanuel Lyet.
¿Cómo nació este personaje? “El personaje fue tomando forma a medida que trabajaba en las ilustraciones. Es curioso, porque al principio imaginaba algo más dramático, más cercano al universo de Miyazaki. Pero, sobre la marcha, me inspiré más en ‘Donde viven los monstruos’ (‘Where the Wild Things Are’), de Maurice Sendak. Me encantó la idea de un personaje que se disfraza de animal para parecer salvaje. Para mí, es una niña pequeña —indomable, por supuesto—, pero creo que su disfraz también le confiere un carácter universal. Cualquiera puede identificarse con ella”.

¿Qué pensaste de la historia de Morgane cuando la leíste por primera vez? “El texto de Morgane me cautivó desde la primera lectura; fue lo que me convenció de ilustrar el libro -confiesa Pierre-Emmanuel Lyet-. Me pareció potente y profundamente poético, y despertó mi imaginación al instante. Había en él una fuerza y una libertad enormes, una oleada de energía, casi como un grito. Me pareció maravilloso y no veía la hora de empezar”.
¿Cómo fue el trabajo previo, me refiero al proceso de investigación, documentación, bocetos en algún cuaderno…? “Me lancé a crear las ilustraciones con mucha rapidez, trabajando de forma muy espontánea. Me pareció lo más adecuado para el texto: quería responder a su energía con algo instintivo, en lugar de planificarlo todo intelectualmente de antemano. Me encantó la energía que se desprendía, sobre todo en los colores, que quería que fueran muy vivos. Envié dos o tres ilustraciones a mis fantásticos editores de HongFei para mostrarles la dirección que tenía en mente, y la acogieron de inmediato. Fue una colaboración preciosa”.

¿Podrías contarnos algo sobre las ilustraciones? “La ilustración permite explorar aspectos que no se mencionan explícitamente en el texto, creando una especie de eco entre las palabras y las imágenes -asegura Pierre-Emmanuel Lyet-. Lo que me encantó del texto de Morgane fue su poesía y el espacio que dejaba para la interpretación. Eso me dio libertad para desarrollar a los personajes, en particular a esa niña con su disfraz de animal, cuyos peluches cobran vida y se convierten en sus compañeros. Aunque estos elementos no aparecen descritos explícitamente en el texto, la autora hace referencia a amigos imaginarios; así que los imaginé y les di una presencia física. Mi idea era construir, poco a poco, un mundo a su alrededor, explorando esa incertidumbre sobre si lo que ocurre es real o puramente imaginario. Eso es precisamente lo que me resultó tan apasionante”.

¿Qué técnicas has utilizado en este libro? “He ilustrado este libro mediante pintura digital, una técnica que disfruto especialmente porque me permite trabajar con trazos rápidos, audaces e instintivos. Es muy distinta a mi trabajo con lápices de colores, que resulta más lento y minucioso. En ambos casos busco la luz y el color, pero trabajar directamente sobre una tableta gráfica me otorga una gran libertad para crear las atmósferas que imagino. Puedo experimentar, realizar ajustes y volver atrás siempre que lo necesite. Es una técnica que se presta muy bien al trabajo con la luz. La utilizo con frecuencia en mis proyectos cinematográficos —sobre todo en animación— y también he ilustrado varios libros de esta manera. Es un enfoque diferente al de los lápices de colores, pero que disfruto tanto como aquel”.
¿Cómo fue el proceso general de creación del libro? “Fue muy bien, y además bastante rápido -continúa Pierre-Emmanuel Lyet-. Por supuesto, siempre hay que compaginar un libro con otros proyectos, pero mantuve un diálogo excelente con la editorial, y Morgane confió plenamente en mí. Eso me dio libertad para proponer imágenes bastante atrevidas, especialmente para la portada. No tenía ninguna certeza de que aceptarían, pero tanto la editorial como Morgane quedaron encantadas desde el primer momento. Me alegré muchísimo”.

¿En qué estás trabajando ahora? ¿Tienes algún proyecto nuevo? “Sí, tengo entre manos algunos proyectos maravillosos. En el ámbito editorial, estoy escribiendo e ilustrando el primer libro de una serie sobre un perro mágico, que publicará la editorial Little Urban. Es una historia que me encanta y en la que llevo pensando mucho tiempo. Espero que sea el primero de muchos. Además, estoy creando ilustraciones para Hermès. Es un encargo maravilloso: valoran mucho la artesanía y las imágenes bellas, y trabajar con ellos me resulta muy gratificante”.
“Estos son mis dos proyectos principales en este momento, pero hay muchos otros en camino, incluidos más libros ilustrados y mi primera novela gráfica para adolescentes y adultos. Es un gran desafío y espero poder hacerla realidad pronto. También tengo algunos proyectos de cine de animación en desarrollo, aunque estos siempre llevan más tiempo. Espero poder contarles más al respecto pronto”.
Álbum Ilustrado
Sandra Castaño nos habla de su trabajo en ‘Alas’
¿No te parece extraño darte cuenta, de repente, de que no tienes alas? ¿Qué pasaría si a todo el mundo le saliesen alas? O mejor, ¿y si todas las cosas tuviesen alas? Todo sería tan distinto… Con este planteamiento la Editorial Thule nos presenta ‘Alas’, un álbum ilustrado de Sandra Castaño. Con ella hemos charlado un poquito más en torno a este libro.
¿Cómo nace este proyecto? “El proyecto de “Alas” nace en una clase que impartía Pato Mena. Exactamente a raíz de una maravillosa propuesta, que era nada más y nada menos que crear un álbum ilustrado desde cero. Creé varias propuestas diferentes y terminé por desarrollar “Alas”. El resto de las propuestas las dejé archivadas para otro momento y me enfoqué en la idea elegida para llevarla a cabo de la mejor manera posible”.
¿Qué se van a encontrar los lectores en sus páginas? “Los lectores encontrarán una dinámica de causa consecuencia que se resume en unos personajes de granja a los que les salen alas y la manera en la que actúan éstos con esas alas. A lo largo del libro, hay pausas que dan ritmo a la historia, humor, reaparición de personajes… “Alas» es un álbum divertido que contiene ciertos detalles escondidos en las páginas que le añaden coherencia a la historia. Por no hablar de las guardas, las cuales son dignas de analizar”, nos asegura Sandra Castaño.

¿Qué nos cuentas de las ilustraciones? ¿Qué dirías que tienen de característico? “Las ilustraciones hablan por sí solas. Son dibujos muy visuales que muestran claramente la acción que está ocurriendo, de hecho, se podría considerar que existe una sinergia entre el texto y la imagen, que hace muy cómoda y dinámica la lectura. Lo característico de estas ilustraciones es la simpleza que muestran y lo bien que funcionan sin necesidad de ser más detalladas”.
¿Con qué técnicas trabajaste? “Como bien he mencionado anteriormente, el proyecto de “Alas” nació en el aula y en ese momento estábamos trabajando de una manera digital. Por lo tanto, utilicé una técnica digital que trata de simular parches con textura, superponiendo capas una encima de otra y dándoles forma cautelosamente hasta encontrar una armonía general que funcione. La intención de esta técnica era simular el collage y considero que el acabado ha sido todo un acierto, ya que es una técnica que la propia historia pide a gritos”, nos cuenta Sandra Castaño.

Si Sandra tuviera alas… “Si tuviera alas, considero que vería la vida desde arriba, como un personaje secundario que observa y analiza a la protagonista de la historia. Vería todo con más perspectiva, y dejaría caer desde lo alto del cielo todos los miedos y preocupaciones, para así quitarme pesos innecesarios y volar con esas alas a donde quiera que me lleven. También me haría mi propio nido en la copa del árbol más alto de mi pueblo (aunque creo que ya está ocupado por las cigüeñas)”.
¿Qué has aprendido con este proyecto? “Este proyecto me ha enseñado muchísimo. Me ha enseñado que hay que probar maneras diferentes de ilustrar una idea hasta encontrar la más afín, pero, también me ha enseñado a parar de probar cuando te enamoras de una de las ideas, porque ésta ya habla por sí sola -continúa Sandra Castaño-. “Alas” también me ha enseñado a trabajar en equipo con el editor, cosa que me ha encantado y que me ha aportado puntos de vista muy interesantes para enriquecer la historia. El trabajar de esta manera te hace sentir acompañada en todo momento y eso se agradece”.
“No obstante, el mayor aprendizaje ha sido el descubrir que ésta es mi pasión, que me lo paso como una niña pequeña creando álbumes ilustrados y que sé con certeza que “Alas” será el primero de muchos álbumes ilustrados que haré a lo largo de mi vida”.

Háblanos un poco del proceso de elaboración del libro. “Ya he comentado anteriormente que la técnica final ha sido digital. Sin embargo, la creación de personajes, pruebas de color y textura, o bocetos relacionados a las imágenes las realicé sobre papel. Primero, dibujé 12 dobles páginas en las que creé una composición que daba ritmo a la historia: en la página derecha el personaje sin alas abajo y el texto arriba; y en la página izquierda el personaje con alas en la parte de arriba y el texto abajo”.

“Una vez elegida esa dinámica, empecé a pensar personajes que podrían funcionar: un perro, una oveja… incluso metí una pelota que con alas se convertiría en una snitch dorada de Harry Potter pero que terminé retirando.Tras elegir los personajes, empecé a bocetar cómo serían. Ésto diría que fue la parte más complicada ya que no quería que fueran muy detallados, pero, a la vez quería movimiento, vivacidad y expresividad. Finalmente opté por la técnica de la superposición de capas y no puedo estar más contenta con la decisión tomada. Cuando todas las páginas, las guardas y la portada/contraportada cogieron forma, hice una maqueta de cómo sería el álbum en conjunto y, es esa la maqueta que mostré y gustó. Antes de publicarlo se realizaron adaptaciones de color, algún cambio de personaje y corrección de texto, para que finalmente naciera Alas”, afirma Sandra Castaño.

¿En qué andas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Sí, estoy trabajando en la realización de las ilustraciones para un texto de una tercera persona. Es un proyecto que se convertirá en álbum ilustrado, pero de momento no hay editorial de por medio. Además, tengo varias maquetas de álbumes ilustrados que voy realizando en casa y que me gustaría publicar, en especial dos: uno al que he llamado: “La curiosidad sorprendió al gato”, un álbum con poco texto, pero que interactúa mucho con el lector. Por otro lado, “El cartero”, un álbum ilustrado sobre un cartero que se encarga de repartir el correo en el pueblo, y al que de repente, le aparece un misterioso paquete frente a la puerta”.

“Tengo en una libreta apuntadas muchas ideas de álbum ilustrado que quiero desarrollar y eso es algo que me encanta, ya que me mantiene constantemente activa respecto al álbum, haciéndome experimentar, probar, borrar, colorear y sobre todo disfrutar y mejorar, porque vivimos en un constante aprendizaje”.
Álbum Ilustrado
Manuel Marsol reflexiona en torno a ‘El cielo en casa’
Cuando tenía veinte años, Manuel encontró una fotografía en la vieja casa familiar. La fotografía mostraba a un hombre lanzando un penalti. Había también un portero a contrapié y un balón detenido en el aire. Ninguno de los jugadores que aparecían en la foto le resultaba familiar, excepto uno, el que chutaba el balón. Era su padre, que murió cuando Manuel era un niño. ¿Cómo saber entonces si aquel penalti se convirtió en gol? Como un detective que siguiera la estela borrosa de sus propios pasos en la nieve, Manuel Marsol se sirve de unas pocas películas, de una canción legendaria de Gino Paoli y del penalti fallado por Roberto Baggio en la final del Mundial 94 para contestar la pregunta más apremiante que le plantea su corazón de niño: ¿puede el ser querido seguir vivo en el misterio? Editado por Fulgencio Pimentel, hemos charlado un poquito más sobre ‘El cielo en casa’ con Manuel.

En el origen sobre todo, hay una fotografía. Me gustaría que me hablaras un poquito de eso, del origen, del embrión de este proyecto. “Es una fotografía que yo encuentro. Tendría unos 20 años. La encontré en una casa familiar. Había muchas fotos de fútbol de mi padre, que murió cuando yo tenía 11 años. Encontré muchas fotos de él jugando en campos de arena entre los años 60 y 70. Y me quedé atrapado con esta, porque el balón estaba ahí, era un penalti que él lanzaba, y el balón estaba ahí parado a mitad de camino entre la portería y el punto de penalti, y no se sabía si el balón entraba o no. Como él había muerto cuando yo era pequeño, era una metáfora de todos esos misterios, de todas esas cosas que yo no iba a poder preguntar. A partir de ahí, empecé a trabajar en el libro”.

¿Qué se va a encontrar el lector cuando empiece a pasar las páginas de El cielo en casa? “Se va a encontrar una investigación, pero no la que haría un detective, sino más bien una investigación hacia dentro de uno mismo, hacia la memoria. Me di cuenta que tampoco el libro debía ir tanto sobre esa búsqueda, sino sobre todos los recuerdos que yo tenía con mi padre”, nos cuenta Manuel Marsol.
“Es un libro que está enfocado para el público adulto. Es el primer libro que no hago, digamos, para todos los públicos, por el tono, la manera de contarlo. Y es un viaje hacia el interior, hacia recuerdos con él, películas que veíamos juntos… El formato es de álbum ilustrado, pero tiene una longitud más propia de la novela gráfica. Hay mucho más texto de lo que acostumbro en mis libros”.

“Primero, hay una parte en la que imagino cómo fue ese penalti, cómo pudo suceder. Hay otra parte en la que ya cada vez me voy alejando más de ese balón, y ese balón se va convirtiendo casi más en una estrella en el cielo. Y voy mirando más al pasado, a las películas que veíamos juntos, que tienen resonancias con esta historia. Al final es una historia que habla sobre el estar y el no estar, sobre lo que está adentro y lo que está afuera, como un penalti que marca la diferencia… El gol es la vida y el fallo es la muerte. El ser o no ser. En un penalti está recogidas un montón de metáforas”, continúa Manuel Marsol.

“Por ejemplo, una película como ‘Centauros del desierto’, que es una peli que era de sus favoritas y que veíamos juntos, yo la narro desde los ojos del niño. Y hay cierta simbología con el dentro y el fuera. Es una peli que habla del regreso al hogar, de la casa. Se abre con un plano desde dentro de una casa y se cierra igual. Siempre está presente ahí el marco, lo que entra, lo que sale. Es como si en ese balón cupiesen muchísimas asociaciones. Entonces voy tirando de ese hilo, de ese balón, donde cabe todo lo que hacíamos juntos, canciones que escuchábamos…”.

“Y luego ya hay una relación con el famoso penalti de Baggio en el Mundial del 94, que por una casualidad de fechas tiene mucho que ver con mi padre. Desde que se lanzó el penalti hasta que murió mi padre pasó justo un año. A través de ese penalti, que en su momento yo había visto con otros ojos, desde que Baggio nos había eliminado, y le tenía hasta cierta manía, pues de repente ese penalti se fue cambiando a raíz de ese descubrimiento de las fechas y volviéndose también parte de ese balón suspendido en el aire. Todo sirve para hacerme preguntas de todo tipo”, afirma Manuel Marsol.

Manuel, y en cuanto a las ilustraciones, no sé si has trabajado con alguna cosa diferente o más o menos en la línea en la que venías trabajando hasta ahora. “Yo diría que es una línea un poco distinta, digamos más realista de lo que acostumbro. Es una historia que no es como las anteriores, de fantasía y tal, aunque la hay, hay una parte de fantasía, pero esta necesitaba que estuviese pegada a la realidad. Primero por la foto. La foto es una foto real y a la hora de representarla la dificultad era justo esa… Un equilibrio entre esa parte más expresionista mía y un realismo que necesitaba la historia”.
¿Y técnicas, Manuel? “Es pintura sobre papel. No tiene óleo, no hay collage, no hay digital tampoco. Es todo acrílico, acuarela y lápiz sobre papel”, indica Manuel Marsol.

Estoy viendo ahora una de las imágenes que muestra la editorial del libro y que habla del cine. Se ve en la ilustración incluso el logotipo de La 2 de Televisión Española. “Es porque hay muchos recuerdos… Los objetos guardan como una especie de memoria. El niño que yo fui, el adulto que soy ahora, ve esos objetos de la casa familiar y están cargados de muchos recuerdos. Uno de esos objetos que salen en el libro es la cinta del VHS de Centauros del Desierto. A la hora de hacer el libro la llevé a una tienda, la digitalizaron, y me volví a ver Centauros en calidad VHS”.
“De ahí salieron muchos símbolos, lo que te contaba antes del dentro, del fuera. La búsqueda, porque también está buscando a una niña, que la secuestran los indios, y es una búsqueda sin saber muy bien si la niña está viva o muerta. Es un poco como la búsqueda del balón, algo que tú buscas y buscas, pero no sabes si tiene solución”.
-
Álbum Ilustrado4 semanas agoRaquel Catalina nos presenta a ‘Nina y Tita’
-
Encuentros1 mes agoJohn Romita Jr., Pepe Larraz y Jorge Jiménez en la primera jornada de San Diego Comic-Con Málaga
-
Encuentros4 semanas agoCierre de la San Diego Comic-Con Málaga con muchos nombres propios
-
Álbum Ilustrado4 semanas agoRicholly Rosazza nos habla del trabajo tras ‘Tornare’
-
Encuentros1 mes agoCinco dibujantes hispanohablantes de DC en la segunda jornada de San Diego Comic-Con Málaga
-
Álbum Ilustrado3 semanas agoJosefina Tai y Larisa Cumin nos abren ‘Las Puertas’
-
Álbum Ilustrado2 semanas agoManuel Marsol reflexiona en torno a ‘El cielo en casa’
-
Cómic3 semanas agoRicardo Cavolo debuta en el cómic con ‘Lola y Estrella’

