Entrevistas
Juan Palomino nos abre esta ‘Cajita de fósforos’
Una cuidada selección de la mejor poesía infantil no rimada en Hispanoamérica, desde Jorge Luis Borges a María José Ferrada, enciende la llama de esta singular ‘Cajita de fósforos’. Así nos presenta la editorial Ekaré este fantástico libro ilustrado por Juan Palomino, con el que charlamos sobre su trabajo en este proyecto.
¿Cómo nace este proyecto? Juan Palomino: “Te puedo contar cómo llegó a mí, porque creo que su historia es muy larga, y empezó con una investigación de Adolfo Córdoba. Para mí comenzó cuando me contactó Pancha Mayobre, de Ekaré. Después de no habernos podido ver durante la FIL de Guadalajara en el 2018, nos encontramos más bien en la Ciudad de México, unos días después. Cuento esto porque creo que desde que nos vimos, en una reunión más bien festiva y cercana que lo que en general se espera de una junta de trabajo, se formó un vínculo íntimo entre nosotros y con el proyecto. Me explicaron ahí de qué iba todo, y me emocionó la noticia por varias razones: era un gusto poder trabajar con Ekaré, que tiene libros muy bonitos y cuidados, se trataba de ilustrar poesía, cosa que a mí me gusta aunque me da inseguridad hacer; era una selección de Adolfo Córdoba, que además de amigo es un gran conocedor de la literatura infantil, poeta él mismo; y, quizá la más importante, el reto era que la imagen, que me tocaba a mí hacer, tenía que generar un vínculo gráfico, entrelazar de algún modo los poemas, que aunque independientes, resuenan unos en otros. Para mí eso era una tarea muy interesante, aunque también difícil”.

¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? “Creo que el título del libro es muy afortunado. Tiene el espíritu de esas cajitas, algunas de fósforos y otras no, en las que de niños guardamos objetos que por alguna razón nos parecen valiosos. Son objetos de naturaleza diversa, pero cada uno es un pequeño universo, una experiencia, un recuerdo. Los une, de un modo misterioso, aunque con una armonía extraña, estar juntos ahí, ser la forma concreta de una red de la memoria, de sensaciones, de la experiencia íntima”.
“Este libro es una selección de poemas no rimados de autores y autoras de 10 países de Iberoamérica, que abarcan un siglo de poesía -continúa Juan Palomino-. Cada uno resuena en el anterior, y cada uno, como los objetos de una cajita de tesoros, es una huella, un fragmento de un mundo mayor que al mismo tiempo que se basta a sí mismo se abre hacia afuera, se expande y se comunica con los otros, del mismo modo en que en una cajita de tesoros los objetos son parte de una red que no se muestra mas que al verlos en conjunto”.
“Las imágenes que los acompañan buscan estar en armonía con el tono de cada uno, al mismo tiempo que conservan y potencian las conexiones sutiles entre ellos, en un juego de significación y resignificación de los objetos que aparecen, reaparecen y se transforman”.

¿Qué tiene de especial o diferente ilustrar poesía? “Ilustrar poesía, para mí, es donde el diálogo posible entre palabra e imagen encuentra su dimensión más rica. No quiero decir con esto que en otros diálogos texto-imagen no pueda darse el mismo juego, pero en el caso de la poesía ilustrada se evidencia su necesidad, y su potencia. Cuando empezaba a explorar este oficio, Fabio Morábito me dio la oportunidad de ilustrar un libro con sus poemas. Yo era muy novato e inexperto, y recuerdo de esa experiencia que él me dijo que un poema solo se puede ilustrar con otro poema. Creo que eso es cierto en la ilustración en general, y más claramente cuando se trata de ilustrar poesía”.
“En un poema el lenguaje se abre, se muestra en su aténtico carácter polisémico, inacabado. Un poema no es unívoco, no tiene un mensaje concreto, definido, qué transmitir -asegura Juan Palomino-. En el poema las palabras y los versos no son solo lo que inmediatamente leemos. En el poema hay juego, ritmo, música. Es al mismo tiempo el abismo que contienen las palabras y su pura superficie, su sonido. La imagen que ilustra un poema tiene que ser fiel a eso. Su pretensión no puede ser la de decodificarlo, traducirlo, explicarlo, completar su sentido. Hacerlo mataría lo que hay vivo en él, su naturaleza abierta, dinámica, floreciente. Para ilustrar un poema es necesario, creo, pensar que la imagen gráfica es también imagen poética. Lo que aparece en ella debe disparar hacia afuera y hacia adentro, no agotarse en lo que vemos. Tampoco puede ser el resultado de una autopsia del texto, ni su punto final. La ilustración de la poesía es más bien un diálogo de sensibilidades, de semillas que germinarán en la lectura. Su papel es el de ser una especie de caja de resonancia de lo que hay en el poema, y también el de generar su propia música, su propio juego”.
¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? “Creo que lo particular fue el proceso de generar una especie de universo compartido para las imágenes que acompañan cada poema, que no fue creado para leerse con los demás de esta antología. La forma que tenía la selección que hizo Adolfo fue un buen punto de partida. Lo que determina el acomodo particular de los poemas es que hay alguna palabra, alguna idea o metáfora que salta de uno a otro, como si la llama de cada fósforo encendiera al que tiene al lado. Lo que hice para pensar en el hilo de las imágenes de este libro fue apropiarme de ese principio, y establecer una serie de objetos que al mismo tiempo que se mantenían, de algún modo, se iban transformando en una especie de secuencia sugerida por los poemas, pero también por la lógica misma de las imágenes, de lo que había acontecido antes -nos cuenta Juan Palomino-. Lo que permitió este camino es que la forma final de las imágenes fuera el resultado de un juego que no estaba totalmente determinado por lo que pasaba en cada poema, que tenía su propio sentido misterioso y oculto incluso para mí. De este modo, había una especie de conjunto de reglas que disparaba las imágenes por fuera de la determinación absoluta que podía esperarse por su convivencia con un poema u otro, al mismo tiempo que, en cada caso, era como si en cada parada los personajes y objetos que aparecen en ellas tuvieran una conversación distinta, como si los poemas alteraran sus formas y significados sin eliminar su propia inercia, su camino futuro y su pasado. Al final, entonces, una misma forma acumula en la secuencia los sentidos que tuvo en las anteriores, en un juego de significados que acompaña el juego de los poemas y de los puentes más o menos arbitrarios entre ellos”.

¿Qué hay de diferente respecto a otros trabajos? “El proceso, totalmente -afirma Juan Palomino-. A pesar de lo que he dicho antes tengo, por personalidad y formación, el hábito perverso de intentar traducir en imagen todo lo contenido en los textos que ilustro. Me cuesta mucho trabajo darle espacio al juego y al accidente, y en general construyo imágenes como si fueran un mecanismo muy planeado de relaciones entre objetos, formas, colores.
En este caso, y dado que la tarea era ilustrar poesía, tenía la responsabilidad y la necesidad personal de enfrentarme con esos hábitos, y para esto, establecer una serie de reglas, un juego con sus reglas, me permitió generar un diálogo más interesante entre los poemas y sus imágenes, al mismo tiempo que era una forma de obligarme a tomar caminos cuyos finales no podía prever”.
“En cuanto a lo plástico, en este libro, como en otros también recientes, he intentado usar cada vez más materiales y técnicas tradicionales, con composiciones que tampoco están determinadas desde el principio, sino que se construyen más orgánicamente a partir de los elementos que sé que van a habitar cada imagen. De este modo hay caminos conceptuales y formales que escapan de mi control y permiten encuentros y valores más complejos”.
¿Con qué técnicas trabajaste? “En general son una mezcla de monotipias con dibujos hechos con distintos materiales. Cuando sabía más o menos qué va a haber en una imagen, hacía muchos dibujos separados que luego digitalizaba y componía para construir la ilustración final”.

Háblanos un poco del proceso de elaboración de este libro. “Para mí el peso más importante en el proceso de ilustración de un libro está en la lectura -confiesa Juan Palomino-. En darle la atención y el tiempo necesario para que esa lectura sea profunda, pero sobre todo íntima. Creo que cuando un ilustrador llega a este punto tiene recorrido gran parte del camino, porque las imágenes que surgen de una relación íntima con un texto, en la que se cruzan las sensibilidades de los autores, y no solo sus superficies, es posible crear imágenes que hablen también íntimamente a los lectores, y no se agoten de inmediato. Lo que siguió a eso fue, por un lado, empezar a pensar en una estructura gráfica que conservara y potenciara la lógica existente en la ordenación de los poemas, y que al mismo tiempo permitiera relacionarse con cada uno”.
“A mí me gustaba mucho la relación de los poemas con esos objetos que generalmente dejamos de tener cuando crecemos, pero que son tan importantes y preciados en la infancia. Empecé mi proceso pensando que quería usar en las imágenes objetos que hicieran referencia a los que solemos poner en este tipo de cajitas. Plantear un diálogo entre mis objetos de la infancia y sus significados posibles con lo que había en los poemas. Sin embargo, abandoné parcialmente ese camino cuando, leyendo el poema de María Elena Walsh que le da nombre al libro, tuve una especie de revelación sobre la naturaleza de las cajitas de tesoros, y su relación con la palabra en la poesía -cuenta Juan Palomino-. En él, María Elena dice que los adultos no saben apreciar los objetos que ponemos de niños en esas cajitas. Botones, pelusas, pedazos de hilo no tienen valor por sí mismos. Pero la razón por la que los ponemos ahí no necesariamente está basada en las formas de valoración adultas, consensuales. Son valiosos para nosotros porque encontramos en ellos algo particular, porque podemos verlos por sí mismos, pero también porque señalan otras cosas, nos gusta una canica porque es un pequeño mundo, un pedazo de hilo porque nos remite al lugar o la circunstancia en la que lo encontramos. De este mismo modo, creo, funcionan las palabras en los poemas, y los poemas mismos. En un poema las palabras y los versos se abren hacia afuera y hacia adentro de sí mismos. No son solo lo que inmediatamente nos parece que son, al mismo tiempo que un poema nos permite apreciarlas en su forma, en su sonido, en su superficie. La poesía las sacude y las vuelve a la vida”.
“A partir de esto, y de la lógica interna de la antología, en la que una palabra salta de un poema al otro, pensé en un juego gráfico posible en el que una serie de formas aparecieran y reaparecieran a lo largo de los poemas conservando a veces su significado, a veces transformándose. Así, el círculo que sugiere un globo es también la undulación que produce un objeto al caer al agua, y también es estrella, luciérnaga, ojo, fósforo apagado. Con este dispositivo podía dialogar de forma específica con los poemas, y también conservar algo de lo que había pasado en imágenes anteriores, o anunciar transformaciones futuras. Así, las formas y las imágenes serían como las palabras en los poemas, y también como los objetos en una cajita de tesoros”.
“A esta lógica le sumé un par de personajes, una niña y un niño, que interactuarían con las formas y con los poemas para tener un sentido más narrativo a lo largo del libro, una especie de hilo formal, conceptual, y también una especie de historia, un vaivén entre lo que hacía la niña y el niño, entre la noche y el día, entre lo claro y lo oscuro, entre el fósforo prendido y apagado. Al final son estas formas, y los poemas, los objetos dentro de la cajita, y el libro la cajita misma”.

¿Qué dirías que has aprendido con este proyecto? “Para mí, lo más interesante en el proceso que seguí con este libro, es que una vez que se encuentra o se determina una serie de reglas del juego que determinará el funcionamiento de la narrativa gráfica, es que lo que sigue es más una tarea de escucha, de obediencia y de cuidado de lo que está sucediendo, que un camino trazado conscientemente por uno mismo hacia un fin que aunque no conocemos se puede prever, y controlar. Creo que esto fue lo más valioso en mi aprendizaje. Por un lado, dejar de pensar, de una forma más radical y profunda, que una imagen tiene que decir lo mismo que dice el texto. Pensar en otras formas de acompañarlo, de dialogar con él, de plantear tensiones y armonías. Y por otro, encontrar maneras, trucos, trampas que se puede poner uno mismo y que permiten tomar esa distancia, recorrer el camino de la ilustración más como una exploración en la que vamos encontrando cosas, y en la que la tarea es más cercana a estar atentos a lo que sucede más que a construir con un plan, a pesar de lo que encontramos”.
“Últimamente pienso que dibujar, ilustrar, crear, es más una cuestión de establecer condiciones que permitan un acontecimiento que diseñar y llevar a cabo un camino preestablecido -firma Juan Palomino-. No creo estar todavía a la altura de mis propias ideas, pero ha sido revelador pensar mi trabajo desde ese lugar, que es bastante distante del que solía ser mi punto de partida”.
¿Con qué versos te quedas de los que aparecen en esta selección? “Me quedo con el poema de María Elena Walsh. Fue el que abrió la posibilidad de una relación íntima con el libro, y también el que inspiró el juego que determinó la forma en la que funcionarían las imágenes”.
¿En qué estás trabajando ahora? “Estoy trabajando en un par de libros álbum para niños. La pandemia ha volteado todo de cabeza, y ha sido complicado retomar ordenadamente los proyectos, pero espero terminarlos pronto. Por otro lado, doy clases en una universidad, lo cual es una dimensión importante de mi experiencia de la profesión. Lo que me interesa en estos momentos es tomarme un tiempo para asentar y poner en práctica las cosas que he aprendido teóricamente en los últimos años. Nunca he sentido que soy dibujante, y me gustaría aprender a dibujar más, sin la necesidad de textos o narraciones. También quisiera hacer un libro o una serie de libros que exploren las posibilidades del diálogo texto-imagen. Me interesa mucho el libro álbum como formato y como género, creo que hay muchas posibilidades por explorar ahí”, concluye Juan Palomino.
Cómic
Ricardo Cavolo debuta en el cómic con ‘Lola y Estrella’
‘Lola y Estrella’ son dos jóvenes amigas que viven juntas en la ladera de una montaña, un lugar hermoso y fantástico. Estrella tiene un poder muy peculiar, el de comunicarse con el micelio, o las mismísimas raíces de su planeta, Matria. La vida de las niñas es bastante apacible. Cuando no están con los gnomos comiendo fresas o jugando a las cartas, van a visitar a la reina Cabra o a comprobar si han llegado nuevos libros al pueblo. Pero una mañana todo cambia. Su valle y toda su comunidad se ven amenazados. Unas extrañas máquinas están destruyendo el terreno y acaban de dejar a los gnomos sin hogar. Ninguna de las chicas es especialmente aventurera, pero tienen claro que no pueden quedarse de brazos cruzados y deciden emprender un viaje para obtener respuestas. Un viaje que las llevará muy lejos de casa. Editado por Astiberri, ‘Lola y Estrella’ es el debut en cómic infantil del artista Ricardo Cavolo. Con él hemos charlado un poquito más alrededor de este libro.

¿Cómo se te ocurre este proyecto y también cómo te lo has pasado haciéndolo? Porque desde fuera parece que ha sido un proceso divertido. “Yo he chupado cómic desde antes de saber leer, de hecho mi padre tenía mucho cómic en casa. Es verdad que no era cómic infantil, porque tenía Conan y demás, pero bueno, cultura visual desde muy pequeño. Y siempre he tenido el cómic muy presente, independientemente de que me sirva para mi trabajo o no, como lectura constante, siempre ha habido cómics desde entonces”.
“Es un género que siento muy mío y que valoro mucho, y que además me ha dado cosas para mi trabajo. Nunca llegaba el momento de plantearme hacer un cómic, porque veía que era muchísimo trabajo, y al final ha sido un poco natural. Me envalentoné. Desde que estaba en la carrera, que descubrí Astiberri, tenía el capricho de poder hacer algo con ellos, porque valoro mucho lo que hacen”.
“Y sí que ha sido divertido, ha sido muy largo, han sido dos años, realmente nunca he trabajado dos años en un proyecto -continúa Ricardo Cavolo-. Nunca hago bocetos, por ejemplo, y aquí pues tuve que bocetar las 160 páginas. Normalmente hay que hacer un story, hay que trabajarlo bien, sobre todo teniendo en cuenta que es mi primer cómic y que encima es infantil. Entonces, ha sido un trabajo muy largo, pero como tú dices y se nota, ha sido muy divertido. Lo he disfrutado como un niño, y al final creo que se nota un poco desde fuera”.

No sé si el hecho de hacer un cómic infantil tiene que ver con el hecho de ser padre. “Bueno, creo que sí, porque igual hubiera empezado por otra cosa más de adultos. Cuando tienes hijos, de alguna manera, también empiezas a conectar más con tu niño interior, con el niño que eras. Siempre he tratado de cuidar al niño interior y de mantenerlo vivo para mi trabajo, porque me parecía muy bonito y muy interesante hacerlo. Es verdad que desde que tengo hijos, ya sea porque he tenido que consumir también cultura adaptada a sus edades, entre series y cómics, pues me parecía muy chulo que la entrada en el cómic fuera una cosa para niños. Y sí que hay cosas presentes, de hecho, las dos protagonistas en realidad son mis hijos convertidos en chicas, mi hijo Max es igual que Lola y mi hijo León es igual que Estrella”.
¿Qué se va a encontrar el lector en las páginas de este cómic? “Por encima de todo, fantasía y aventura, que es un poco el leitmotiv que siempre me ha gustado -confiesa Ricardo Cavolo-. Con ese marco de fantasía y aventura, tenía muy claro que quería empaparlo de mi visión crítica sobre la sociedad, es una cosa que también hago en mi trabajo habitualmente, y esta es una historia anticapitalista, con un discurso muy ecologista, que es una cosa que siempre me ha gustado de Tolkien. Además mis hijos me preguntan, pero ¿por qué son niñas? Si nosotros somos niños… Quería que el libro tuviera un espíritu feminista. Cuando yo leía cuentos e historias de niño, no había ni una sola niña heroína, ninguna niña resolvíanada, y es verdad que desde hace unos años, poco a poco van haciéndose su espacio y yo quería aportar mi grano de arena en ese sentido”.

Imagino que son cosas que también están en tu imaginario, pero es verdad que cuando estás leyendo el cómic, te recuerda un poco a El señor de los anillos, por ejemplo, hay cosillas que te recuerdan a Peter Pan… “Sí, y Nausicaä, hay de todo, por supuesto, La historia interminable también es uno de los pilares fundamentales. Me gusta mucho esa parte de La historia interminable en la que van de pueblo en pueblo, y en cada pueblo hay gente diferente, con unas características diferentes, y un poco mi cómic es eso. Justo antes de empezarlo tenía muy claro que tenía que leerme otra vez Nausicaä, de Miyazaki”, nos cuenta Ricardo Cavolo.
Háblanos un poco del desarrollo del cómic, de las técnicas que has utilizado. “Como sabía que esto implica mucho, mucho trabajo, lo trabajé en digital, porque me facilita y me ahorra muchísimo tiempo. He aprendido a generarme también mi cocina, como digo yo, mis alquimias y mis magias en digital, y estoy muy contento con ello”.

“El proceso ha sido para mí muy educativo, porque no es lo mismo ser lector de cómic que luego hacer un cómic, por muchos cómics que hayas leído es mucho más complicado, y aquí siempre me gusta mucho valorar a mi editora en Astiberri. Me he hecho un máster de cómic con ella, me ha ayudado muchísimo. La parte más divertida, cuando ya está todo decidido en boceto, la tinta y el color, que es donde yo luzco un poco, porque domino bien el color y domino bien la línea”, afirma Ricardo Cavolo.
Visualmente es muy tú, ves el cómic, y dices: es Ricardo. “Sí, quería que fuera muy visual, muy disfrutable visualmente. De hecho, el fondo de cada página tiene como un rayado sepia, cada página es diferente. He tratado de mimar mucho lo que he podido mimar y lo que sé que puedo mimar”.
Álbum Ilustrado
Josefina Tai y Larisa Cumin nos abren ‘Las Puertas’
¿Qué puede descubrir una niña curiosa del otro lado de las puertas de su nueva casa? ‘Las puertas’ nos muestra los hilos invisibles de todas las cosas que echan raíz: un trabajo, un hogar, una familia. Cada puerta es una invitación a la aventura, pues nunca sabemos qué nos aguarda del otro lado. Editado por Limonero, es un trabajo de Larisa Cumin y Josefina Tai. Con ellas hemos charlado un poquito más sobre este libro.
¿Dónde está el origen de este proyecto? Larisa Cumin: “Si tiene un origen, está en la infancia. En una voz que de chica fui inventando en el patio de mi casa bajo un árbol que no era nuestro, pero que nos daba sombra y flores y hojas. Y en el recuerdo que ahora puedo tener de lo que esa nena que alguna vez fui pensaba, decía, imaginaba. Con esa voz y con dos recuerdos atados a una misma puerta -quizás de los recuerdos más viejos que tengo- es que armé un poema largo. Ese poema le llegó a Jose a través de la editorial Limonero y ella lo ilustró maravillosamente”.

¿Qué encontrarán los lectores en sus páginas? Josefina Tai: “Los lectores encontrarán un libro nostálgico de una memoria cuidada, tanto por la escritora como por la ilustradora. De mi parte, indagué sobre la infancia de Larisa y de mi entorno, hurgando entre fotos y recuerdos, para crear el escenario un tanto ficticio de la protagonista”.
Larisa Cumin: “Para mí los lectores se van a encontrar con un libro que puede resonar tanto en adultxs como en niñxs. Se trata de un mundo imaginado que puede parecerse al de ellos, como no. Y posiblemente se encuentren con esas preguntas y silencios que a veces nos hacen la poesía”.
¿Qué son para cada una de vosotras las puertas? Larisa: “Para mí las puertas pueden ser múltiples cosas: inicios, posibilidades,salidas, fines, conexiones, encuentros… El poema juega con eso todo el tiempo, porque la nena que es la voz del poema mientras experimenta cambios va reflexionando mucho. En un momento dice por ejemplo:
“Las puertas como las monedas tienen dos caras
una para entrar, otra para salir.
Son caras que cambian dependiendo de si se quiera
entrar o salir al mundo; entrar o salir de una casa.”
Y los dibujos de Jose le siguen ese juego por caminos más oníricos”.

Josefina Tai: “Creo que conecté mucho con el poema desde el principio, justamente por el juego con las puertas; me da múltiples posibilidades para pensar en lo que puedo dibujar, lo que hay detrás de la puerta, lo que vaya a pasar una vez que la puerta se abra. Y este juego onírico creo que es algo bastante característico de mi trabajo”.
¿Cómo fue el trabajo previo al libro? Me refiero a esa fase de investigación, documentación, de pruebas, no sé si de dibujos en algún cuaderno… Josefina Tai: “Como mencioné antes, el trabajo previo a lanzarse a ilustrar fue la conversación con Larisa. Conocernos y escuchar de dónde viene ella y de dónde vienen sus palabras, investigar sobre los objetos que guarda en su memoria. Este fue un proceso clave para mi trabajo como ilustradora: poder visualizar el origen de la niña del libro y, a partir de ahí, empezar a construir aquella casa llena de puertas con los elementos que recolecté”.
Larisa: “En este sentido que nombra Jose, hay algo del libro que tiene que ver con lo recordado, con “volver a pasar por el corazón” algunas vivencias y volverlas vívidas al narrarlas e ilustrarlas. Conversamos mucho, pero no respecto a cómo o qué tenía que ilustrar Jose, sino que hablamos de nuestras infancias, de objetos que rodearon ese tiempo. La historia del poema sucede en una casa que se va construyendo de a poco a las afueras de una ciudad del interior de Argentina en los 90, es decir en un contexto donde se cruza lo urbano y lo rural. Entonces hay objetos muy ligados a lo analógico, ciertos colores, texturas particulares (algo de esos tonos lavados de las fotos de rollo de esa época), una vegetación particular, una dimensión del espacio que está marcado por eso”.

¿Cuál ha sido vuestro mayor descubrimiento tras todo ese proceso? Josefina Tai: “Lo que más aprendí en el proceso de ilustrar este libro fue a observar y a tener paciencia, tanto conmigo como con mis dibujos. En general, cuando tengo una idea, me apuro mucho a realizarla y no suelo hacer muchos bocetos. Sin embargo, para este libro, el proceso de los bocetos fue más largo, ya que no dependía solo de mi visión, lo cual, para mi sorpresa, me gustó muchísimo. Tuve que hurgar mucho más a fondo en mí para encontrar la imagen perfecta, aprendí que no hacía falta apurarme y quedarme con la primera idea, que a veces puede estar bien. También en el libro ilustro muchos objetos, cosas de la casa, y para esto, tuve que sentarme a mirar los objetos que me rodeaban, observar cómo son sus texturas, cómo se ven las marcas del tiempo en ellos, para que la imagen que yo ilustrara fuese rica visualmente. Así aprendí a detenerme, tanto en la vida real como en mi trabajo”.
Larisa: “Para mí fue maravilloso encontrarme con las imágenes que Jose trajo al poema. Es la primera vez que escribo y otro lo ilustra, hasta ahora había publicado libros para adultos sin ilustración, entonces ver el poema hecho libro me produjo un placer parecido a abrir un libro álbum por primera vez pero con la salvedad de que acá esas palabras las había puesto yo. También nos viene sorprendiendo el recorrido que el libro fue haciendo… a quiénes fue llegando, qué cosas cuentan los lectores que les produce. Y entre esas cosas maravillosas fue seleccionado entre los 100 Outstanding Picturebooks 2026 de D-pictus y hace poco las ilustraciones de Jose fueron elegidas para conformar el Catálogo Iberoamericano de Ilustración de publicaciones infantiles y juveniles de Iberoamérica Ilustra”.

¿Qué dirías que tienen de característico tus ilustraciones para este libro? ¿Qué hay de nuevo o diferente con respecto a otros trabajos? Josefina Tai: “Creo que en general mis ilustraciones suelen ser silenciosas. Me gustan los trabajos que me hagan suspirar por su belleza y sentir que todo el resto se apaga, y eso intento hacer con mis imágenes. Sé que son íntimas, porque intento buscar las imágenes a través de mi cuerpo y de lo que yo experimento con cierto sentimiento, para traducirlo a una imagen. Y creo que justo hace una buena dupla con el poema porque es igual de sensible e íntimo. Lo diferente a lo que vengo haciendo siempre es esto de haberle dedicado tanto tiempo, fueron como 8 meses de estar inmersa en este proyecto”.

¿Con qué técnicas trabajaste? Josefina Tai: “Trabajo digitalmente con Photoshop, desde la pantalla de la compu y usando una tableta pequeña de wacom. Uso casi siempre los mismos pinceles: uno de acuarela y otro de lápiz, así que un poco sigue siendo analógico ese proceso de trabajar en capas y generar texturas. También aprendí a ser más organizada con mi espacio de trabajo de Photoshop, porque son más de 100 capas y por momentos se me hacía difícil encontrar las cosas”.

Cuéntanos un poco más sobre el trabajo de elaboración de este libro. Josefina Tai: “Al principio me costó mucho encontrarle la voz de la imagen al libro, hasta que hice el boceto de la primera doble del libro, que es una niña asomándose, pero solo se ve su sombra. Un poco porque ilustrar personajes no es mi fuerte y otro poco para generar misterio. Cuando vi ese boceto, me di cuenta de que la poesía de las ilustraciones de este libro se va a trabajar a partir de las sombras (contar algo sin contarlo todo). Por lo que a lo largo de todo el libro, me enfoqué en encontrar las diferentes sombras posibles de una casa. Excepto la parte en donde todo el libro se apaga y, en vez de dibujar las sombras, dibujo las luces y creo que ahí se genera un juego interesante”.
“El libro está dividido en 4 partes, y lo mismo hice con las ilustraciones. Arranqué con esa paleta tierra que menciona Lari, por las baldosas terracota del piso que encontré en algún lugar; son baldosas que creo que ya no se usan y los colores funcionan perfectamente para hablar de un recuerdo, de algo que ya pasó. En la segunda parte, cuando la niña se muda a un lugar con patio, todo se vuelve vibrante y brillante, virando a los colores saturados. En la tercera es cuando todo se apaga, el rojo/rosado se entristece y vira a los violetas. Y por último, vuelve la luz y todo vuelve a ser brillante”.

¿En qué trabajáis ahora? ¿Algún proyecto nuevo? Larisa y Josefina: “Ahora estamos probando el camino inverso, que Jose ilustre y luego Larisa escriba. Este nuevo proyecto por ahora parece una continuación del anterior aunque se separa y prueba algo nuevo. Hay dos niñas y hay ventanas. No podemos contar mucho más”.
Álbum Ilustrado
Richolly Rosazza nos habla del trabajo tras ‘Tornare’
Cuando el invierno llama a las puertas de la ciudad, decide marcharse a un lugar donde aún es verano. Al regresar a casa, una sensación de inquietud la llevará a emprender nuevos viajes, en un intento por llenar el vacío que se ha instalado en sus pensamientos. Así comienza un viaje interior a través de las estaciones, entre partidas y regresos. Un relato poético de crecimiento interior, viajes y el descubrimiento de lo que verdaderamente importa. Así nos presenta Kite Edizioni ‘Tornare’, un álbum ilustrado de Nadia Al Omari y Richolly Rosazza. Con éste último hemos charlado un poquito más sobre este proyecto.
¿Cómo llega a tus manos este proyecto? “Tornare es un proyecto que nace inspirado en uno de mis cuadros y en la idea de trabajar sobre las estaciones. Después, Nadia me entregó el texto y empezamos a trabajar juntos sobre la idea general del proyecto”.

¿Qué es lo que más te gustó de este proyecto? ¿Qué te pareció la historia de Nadia la primera vez que la leíste? “Del proyecto me gustó mucho la idea del viaje y, sobre todo, que el lugar al que llega la protagonista es un lugar que Nadia y yo conocemos bien. Además de realizar nuestros proyectos juntos, somos pareja y estamos casados, así que es un lugar que forma parte de nuestra vida. Busqué representar, de alguna manera, ese lugar y llevarlo al mundo de la historia. La historia me gustó mucho desde el principio, pero, trabajando juntos en nuestros proyectos, sé que puede evolucionar un poco durante el proceso. Me gusta esa posibilidad de ir descubriendo cosas nuevas mientras trabajamos”, asegura Richolly Rosazza.
¿Qué se van a encontrar los lectores en sus páginas? “Los lectores encontrarán una historia introspectiva y poética, en la que podrán reconocerse, al menos en parte. Tornare habla de viajes, partidas y regresos, pero sobre todo de ese viaje interior que todos emprendemos en algún momento para intentar comprendernos y encontrar aquello que realmente importa. Una historia sobre el crecimiento, las relaciones y la búsqueda de un lugar al que, más que volver, sentir que pertenecemos”.

¿Qué nos cuentas de las ilustraciones? ¿Qué dirías que tienen de característico? “Busco crear en mis libros un escenario poético y onírico, donde lo cotidiano pueda convivir con lo fantástico. Me gusta crear imágenes que no lo explican todo, que dejan espacio a la imaginación y a la interpretación de cada lector -continúa Richolly Rosazza-. La naturaleza, las estaciones y los paisajes tienen un papel importante, porque acompañan y reflejan el mundo interior de los personajes. Intento que cada ilustración transmita una sensación o una emoción, más que simplemente representar lo que ocurre en la historia”.

¿Con qué técnicas trabajaste? “Para este libro utilicé acrílico y óleo sobre lienzo. Es una técnica que amo y que, hasta ese momento, había utilizado solo para mis cuadros. Sentía que Tornare necesitaba algo diferente, una técnica con presencia, que pudiera acompañar su parte más poética y emocional. Trabajar directamente sobre lienzo también me permitió disfrutar mucho de la materia y de la textura de la pintura”.
Háblanos un poco de ese recurso de la hoja a través de la que solo vemos el ojo o los ojos de los personajes… “Me gusta la idea de que la naturaleza forme parte de mis personajes, casi como una manera de fusionarlos con el entorno. La hoja funciona como una especie de máscara, con dos aberturas que son como ventanas o puertas: permiten al espectador acercarse y sentir curiosidad, pero también marcan un límite. Podemos ver los ojos del personaje, podemos intuir lo que siente, pero no podemos entrar en sus pensamientos sin su consentimiento”, afirma Richolly Rosazza.
“La idea nació de un cuadro que pinté durante el lockdown, cuando buscaba trabajar sobre algo enigmático y misterioso. Después sentí que este recurso podía encajar muy bien en Tornare, porque me permitía reforzar ese mundo onírico y dejar que algunas cosas permanecieran ocultas”.

¿Qué has aprendido con este proyecto? “He aprendido que limitarme pensando que una determinada técnica es adecuada para mis proyectos de ilustración puede ser un error. A veces salir de nuestra zona de confort y experimentar nos puede llevar a resultados inesperados y sorprendentes. Tornare me enseñó precisamente eso”.
Háblanos un poco del proceso de elaboración del libro. “En general, para todos los proyectos que he realizado junto a Nadia, el proceso es casi siempre el mismo. Ella escribe el libro, a veces inspirándose en uno de mis personajes o, como en este caso, en uno de mis cuadros. Después me entrega el texto, hacemos juntos la división en páginas y preparo un storyboard. Diría que esta es la parte más difícil del proceso, porque es cuando tengo que encontrar el ritmo de la historia y decidir cómo se desarrolla visualmente página a página”, nos cuenta Richolly Rosazza.
“Una vez que tengo el storyboard aprobado, paso a realizar las ilustraciones definitivas. En esta fase me doy la libertad de añadir pequeños detalles o hacer algunos cambios que no comprometan la esencia del proyecto, pero que pueden enriquecer las imágenes y aportar algo más a la historia”.

¿En qué andas ahora? ¿Algún proyecto nuevo? “Ahora mismo estoy evaluando algunas historias sobre las que me gustaría trabajar. Ya tengo algunas propuestas y estoy viendo cuáles pueden convertirse en mis próximos proyectos. Por ahora estoy en una fase de evaluación y de búsqueda, intentando encontrar aquellas historias que realmente me despierten algo y que me den ganas de trabajar visualmente sobre ellas”.
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